Todo empezó con la decisión de X, sí, llamémosle X, de volver caminando a su apartamento esa noche en que no debió haber salido. Sus movimientos eran erráticos, su mirada lenta y las palabras no salían de su boca de la manera en que debían salir. Había bebido demasiado, ya deben haberlo notado. Demasiado. Y no quiso escuchar la recomendación del bartender de esperar ahí a que llegara su amigo, el que debía ser su compañero de juerga esa noche, para que éste lo llevara a casa. De ninguna manera, dijo, con un gesto más teatral que elegante. Otro le había sugerido llamar un taxi e incluso se había ofrecido a llamarlo él, pero a éste X le brindó menos atención que al bartender y se limitó a repetir el gesto teatral y poco elegante.

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La calle, a esa hora de la madrugada, le pareció desolada pero no peligrosa y se sumergió en ella como quien entra a una catedral: cauteloso pero también confiado. A pocos metros de iniciada, notó que el ritmo de su caminata debía ser distinto al habitual sólo porque su corazón empezó a latir más fuerte y rápido. Se detuvo un instante para comprobar cuánto espacio había recorrido y pudo ver, una cuadra más allá, el balcón del bar y las luces de colores que salían por una de las ventanas. Por el gesto en su rostro –la boca estirada y la mejilla izquierda levemente contraída hacia arriba–, pareció defraudado por lo poco que había avanzado y para compensarlo decidió no detenerse más y continuar su marcha hasta su apartamento. Pero al volverse ahí estaba el hombre.

Aquí es donde la historia se torna confusa porque para contarla dependemos del punto de vista de X, nuestro personaje principal, quien en ese momento apenas abría los ojos para descubrir que más que ebrio se sentía estúpidamente derrotado y con un terrible dolor de cabeza. En primer lugar, desconocemos lo que pudo haber ocurrido entre X y el hombre que se le apareció de repente en aquella calle desolada esa noche en que no debió haber salido de su casa. Desconocemos también qué hacía X atado de pies y manos en ese cuartito por el que apenas entraba un poco de luz de luna. Para entender mejor qué es lo que sucede, quizá debamos retroceder en el tiempo y situarnos de nuevo en la perspectiva de X, pero esta vez con respecto a los hechos ocurridos la mañana del día que nos ocupa, el día en cuya noche decidió salir de su apartamento en busca de un bar para olvidar los problemas y encontrarse a sí mismo, como suele decirse.

Veamos. Esa mañana X, a quien, para evitar la incomodidad de pronunciar una sola letra, a partir de ahora llamaremos Xavier, sostuvo una discusión, aparentemente sin mayores consecuencias, con uno de los guardias de seguridad del edificio en donde vive. No entraremos en detalles, primero, porque no los conocemos, y luego, porque no es necesario conocerlos para suponer que ese incidente de la mañana tuvo algo que ver con lo que le ocurrió en la madrugada, cuando salía del bar. El caso es que Xavier, sí, Xavier es como le llamaremos en adelante, acabó atado de pies y manos, cubiertos con un vendaje los ojos y encerrado en un cuartito por el que apenas entraba un poco de luz lunar, aunque esto último Xavier era incapaz de percibirlo.

El fuerte dolor de cabeza no le permitía pensar con claridad pero aun así, acostado de lado sobre el piso sucio del cuartito, concluyó que había recibido un buen golpe y que la protuberancia que este golpe le había dejado tardaría, sin hielo, un buen rato en desaparecer. Concluyó también que su situación era consecuencia directa de haber discutido con el guardia de seguridad del edificio en donde vive. Hasta ese momento, no recordaba quién le había dado el golpe en la cabeza, cómo había llegado ahí, quién lo había atado y le había vendado los ojos, pero nada lo distraía de pensar que todo era culpa del guardia. ¡Maldito guardia!

Inmerso en la espesura de la situación, Xavier no dejaba de pensar en el guardia, ese tipo fornido y bajito, probablemente ex militar, al que siempre había tratado con amabilidad y del que sin embargo, sólo recibía miradas cargadas de desconfianza, de sospecha, de odio. La pistola a un lado de su cintura le daba al tipo un aire siniestro que contribuía a mantener entre los habitantes del edificio la idea general de que no podían estar mejor protegidos, pero Xavier sólo sentía por el guardia lo mismo que percibía de las miradas diarias de éste: desconfianza, sospecha, odio.

En algún momento la puerta del cuartito se abrió y entró alguien, un hombre, con la voz joven, que le ordenó que se levantara. Él obedeció y se incorporó con dificultad, arrimado a una pared, hasta que el hombre se le acercó y le soltó las ataduras de los pies para luego darle un leve empujoncito hacia la puerta.

Al salir del cuartito Xavier experimentó tres sensaciones: la de la primera luz de la mañana que bañaba su rostro vendado, la del aire, más limpio y respirable que el del cuartito, y la de que ahora sí iban a matarlo. Entonces ya no pensó en el guardia sino en lo distinta que hubiese sido su vida si en lugar de optar por la eterna soltería hubiera aceptado, en aquella oportunidad que le concedió el destino, dejarse ir hacia los misterios del amor que le ofrecía esa muchacha graciosa que lo invitó a pasar con ella el resto de la semana y de su vida justo al amanecer de un día caluroso allá por 1999, cuando apenas empezaba él a creer que la vida consistía solamente en amanecer cada vez junto a un cuerpo distinto. Pero ahora ella se había casado con otro y él era un cuarentón resignado a amanecer cada día con una resaca distinta, con una rabia distinta, con una tristeza distinta.

El hombre lo dirigía por lo que podía ser un solar de alguna zona despoblada en las afueras de la ciudad; sobre su espalda sentía la presión de un objeto duro, que supuso el cañón de un arma de fuego. La caminata duró poco porque una voz, la de otro hombre, le ordenó detenerse. Luego entre ambos lo sujetaron de los brazos que mantenía atados a su espalda, le presionaron la cabeza hacia abajo y lo introdujeron en un vehículo, probablemente una camioneta, pensó Xavier, en cuyo asiento lo mantuvieron acostado durante aproximadamente dos horas. Al final del trayecto notó que el carro se detenía, escuchó otras voces afuera y luego el carro avanzó otro poco hasta acabar siendo estacionado en un sitio que Xavier, no sabemos por qué, imaginó como un taller de mecánica, pero ya no pudo comprobarlo porque antes de sacarlo del vehículo le apretaron la boca y la nariz con un pañuelo impregnado de lo que supuso –porque lo había visto en las películas– era cloroformo.

Aquí se produce un nuevo salto en la acción de esta historia pues ignoramos lo que pudo haber sucedido en el resto de ese día en que a Xavier lo trasladaron del cuartito oscuro al probable taller de mecánica. Sólo sabemos –porque eso sí pudimos constatarlo– que lo dejaron tirado, inconsciente, en la acera del bar en el que había estado bebiendo la noche anterior, justo frente a las graditas de la entrada. Lo encontraron dos de los primeros clientes de esa otra noche, quienes primero pensaron que se trataba de un borracho que había escogido ese inapropiado sitio para caer, como dicen, fondeado, pero casi de inmediato reaccionaron al verle la cara, que correspondía, ahora lo sabemos bien, al Xavier que todos, o casi todos los clientes consuetudinarios de ese bar conocíamos perfectamente. Melvin, que por entonces regentaba el bar, ayudó a levantarlo. Lo subieron entre los tres por las graditas estrechas y ya arriba lo acostaron en un sofá y lo reanimaron con agua en la cara y un algodón mojado con tequila Puerta Negra en la nariz.

Todo empezó por esa mala decisión de haber salido de mi apartamento anoche, dijo Xavier, ahí empezó todo… Y ahí, en un rincón del bar, él sentado en el sofá y nosotros a su alrededor, mientras los demás clientes seguían en lo suyo, nos contó lo que recordaba y lo que ya les he contado yo antes de llegar a este punto.

Al terminar su historia, todos nos vimos y lo vimos a él como preguntando ¿y ahora qué?, pero nadie supo decir nada; poco a poco el grupo se fue disolviendo y yo pude ver a Xavier, con una Miller Lite en una mano y un cigarro en la otra, dirigirse al balcón. Ahí estuvo acodado durante largo rato, alternando la cerveza y el cigarro, mientras el humo de éste ascendía lentamente con el aire nocturno. Su cuerpo era una silueta apenas identificable ahí afuera, con sus líneas remarcadas por la luz de un farol que le daba de frente, al otro lado de la calle en donde la noche anterior había sido sorprendido por un desconocido. Yo lo miraba desde mi lugar en la barra y no podía pensar sino en lo que le había sucedido y en lo despreocupado que parecía estar ahí en el balcón, sin prisa aparente por querer marcharse. El resto de la noche se la pasó entre el balcón y la barra, solo o intercambiando breves palabras con Melvin, bebiendo y fumando. Yo, me fui del bar a medianoche, y abajo, mientras abría la puerta de mi carro, vi hacia arriba un momento para asegurarme de que Xavier siguiera ahí. Ahí estaba y parecía no tener intención de hacer otra cosa que permanecer eternamente en ese sitio. Esperé que bajara la vista y me viera, para despedirme, pero no lo hizo; su mirada parecía querer abrirse paso por esa calle desolada y peligrosa que tenía enfrente. Había más de aquella breve historia nocturna pero lo que sabemos lo hemos sabido por Xavier y todos la recordaremos así. Fue la última vez que lo vi, que lo vimos todos, porque no volvió a aparecerse por el bar. Alguien dijo alguna vez que se lo había tragado la noche, esa última noche, pero eso no podía ser cierto, en algún sitio debía estar, viéndolo todo o recordándolo todo, una y otra vez.