A continuación un capítulo de la novela Hasta que pase un huracán, de la colombiana Margarita García Robayo, publicada por Tamarisco en 2012 y recientemente reeditada por Laguna. En esta novela los temas de la emigración y de la iniciación son tratados con brutal honestidad, rompiendo las convenciones y los lugares comunes. La vida del extranjero es retratada con crudeza, con un estilo directo que deja entrever las fibras emocionales de personajes que buscan sus sueños tras ser decepcionados por su tierra natal.

 

Johnny conocía a un tipo. A secas. Johnny era así, uno le decía: me encantaría multiplicar mis ahorros por mil. Y él: conozco a un tipo. Me encantaría viajar a Cuba, comprar unos habanos y volver. ¿Para qué? Para venderlos. Conozco a un tipo. Me encantaría hacerme un tatuaje. ¿Dónde? En la nuca. Conozco a un tipo. Me encantaría quedarme acá para siempre. Y ahí Johnny ya no conocía a nadie. Decía: este es un país muy duro. Pero él vivía como un magnate, cambiaba de carro cada seis meses y seguía pagando el mismo leasing; cobraba un subsidio de desempleo que nadie le controlaba y era con eso que pagaba los moteles donde tirábamos, o las langostas que nos comíamos en Key West, o los VIP passes de los bares de salsa a los que le gustaba llevarme en Calle Ocho. Johnny vivía a expensas de su mujer –mitad gringa, mitad ecuatoriana– y compraba hasta los calzoncillos de marca: alimentaba rigurosamente su pequeño sueño americano como si temiera que, si un día se olvidaba de hacerlo, se desplomara a sus pies como un pajarito famélico.

Quizá tengo que dejar de andar contigo y buscarme un gringo para casarme, le decía yo. Y Johnny se me mandaba encima, me apretaba contra la pared y me metía la mano debajo de la falda: ven pacá, negra. Porque Johnny era una puta, todo lo quería resolver en la cama. Que me sueltes, malparido: lo empujaba, me iba.

Cada vez volvía de peor humor al vuelo de regreso, y el capitán empezó a notarlo: ¿Se peleó con el novio? –el capitán no me tuteaba–. No, señor, no tengo novio. Qué desperdicio. En ese vuelo íbamos cuatro azafatas, dos viejas y Susana y yo. Susana insistía en que el capitán estaba enamorado de mí. Yo sabía de qué parte de mí estaba enamorado el capitán, le costaba sacarme los ojos del culo; pero él no tenía nada que ofrecerme a cambio.

Entonces mi hermano coronó. Me escribió un mail diciéndome que se casaba: se llamaba Odina y era puertorriqueña, pero vivía en Los Ángeles. La había conocido por chat; como él no tenía visa, ella había venido a verlo y, listo el pollo, sellaron su amor. No me la presentó porque yo estaba volando, eso le había dicho mi mamá. Me la describió como una mulata preciosa y pencuda, que venía con su dote: la green card. Llamé a la aerolínea, dije que estaba muy enferma y me encerré tres días a llorar: 88, 87, 86… Así me dormía, con mi hermano entre ceja y ceja. Pensé que lo de alentarme a ser azafata había sido su estrategia para sacarme del único computador que había en la casa, donde él chateaba todo el día, año tras año, buscando esposa, hasta dar con esa portorra lameculo.

Se casaron acá por la Iglesia y allá por lo civil. Mi hermano, en su correspondencia, se había descrito como muy creyente. Por parte de Odina, vino una comitiva grande de amigos y parientes. Corronchísimos todos. Por parte nuestra, vinieron unos primos segundos que vivían en un pueblo. Corronchísimos también. Todos tenían hijos, y a todos los vistieron igualito. En la Iglesia una niña se me sentó al lado y me dijo que cuando creciera se iba a venir a la ciudad a trabajar en una empresa. Tenía el pelo peinado en unos gajos duros por la laca. La imaginé en la ciudad, con unos años más, trabajando de sol a sol en una oficina chiquita y calurosa a la que iría y volvería en buseta. Almorzaría en tupperwares y se teñiría el pelo de ese rubio barato que, con el sol de acá, se volvería anaranjado. Entonces optaría por el caoba cobrizo.

El cura dio un sermón que hablaba del amor bueno, destinado a procrear, y del amor malo, destinado al goce. Después una monja esquelética cantó el Ave María.

La fiesta fue en un caserón antiguo del centro de la ciudad, la pagó la familia de Odina, porque, según la tradición, la novia se encargaba de la fiesta y el novio de la luna de miel, que no habría, por el momento, porque Odina tenía que volver a trabajar. Odina era enfermera. Odina era gorda, no pencuda. Y los papás de Odina eran los clásicos wannabe. Los míos no sabían lo que era ser wannabe, pero también lo eran. Esa noche, las lucecitas blancas que adornaban el patio del caserón bastaban para sentirse parte de alguna realeza caribeña. El bufé era una L que contenía cientos de platos fríos y calientes: mariscos, sobre todo. Gustavo había sido el proveedor, aunque hacía años que mi papá no le compraba pescado porque se había puesto muy caro; lo invitaron, pero se disculpó: no voy a fiestas, dijo. Nadie le insistió. Habría sido raro justificar la presencia del viejo greñudo, hediondo a pescado y curtido por el sol, arrumado en un rincón con su botella de ron. Y su novia negra.

¿No invitaron a Olga?, le pregunté a mi mamá. ¿Qué Olga?, dijo ella. La novia de Gustavo. Mi mamá no entendió de quién le hablaba.

En los baños había perfumes de toda clase para ganarle al sudor del baile. En las mesas había cámaras de fotos para uso de los invitados. En la pista de baile había orificios diminutos por los que salía un vapor de flores. A media noche lanzaron fuegos artificiales que estamparon en el cielo los nombres de los novios; después lanzaron otros que decían: Just married. Un trío cantó boleros, siguió una orquesta y después de la comida se sumó un DJ que inundó el aire perfumado y elegante de la fiesta de reggaetón. “Odi” era fanática. Odi meneaba ese culo como una serpiente venenosa y, aún así, mi mamá y mi papá la contemplaban como los pastorcitos a la Virgen de Fátima; cada tanto dejaban escapar suspiros y se miraban y asentían, pensando para sí: coronamos. Odina les decía mami esto, papi lo otro, y a mí me decía helmana. Me lanzó el ramo directo a los brazos, pero yo me eché hacia atrás y cayó al piso. Hubo dos segundos de perplejidad en los que todos esperaron que yo me agachara a levantarlo. Me di vuelta y caminé hacia la puerta.

Justo venía entrando Toño: había dicho que no iba porque tenía que trabajar hasta tarde en la papelería. El tío lo había hecho socio, gran cosa. Tenía, como los demás, pantalón blanco y guayabera de color –azul turquesa, en su caso. Tenía, como los mafiosos, el pelo engominado y peinado hacia atrás. Se había dejado la barba tipo candado y, aunque me abrazó y me dio un beso en la mejilla, todavía me miraba con rencor. Le pregunté por qué llegaba tan tarde, y dijo: recién me desocupé y pensé ¿por qué no ir a darle un abrazo a mi compadre? Ahora eran compadres, pero cuando Toño salía conmigo mi hermano lo consideraba un pobre diablo, un pata en el suelo, un mondao, un pela bola, un fokin looser, un peor es , un tipo que nunca me daría lo que yo me merecía. ¿Y yo qué me merecía? Mi hermano enumeraba cosas –cosas que ya no conseguía recordar–, mientras yo iba trazando una línea entre ellas, cosiéndolas, dibujando en el aire una telaraña enmarañada. 

¿No vienes?, Toño seguía en la puerta, mirándome. De adentro salía la voz de mi hermano, grave, casi afónica, cantando: cantando quiero decirte lo que me gusta de ti. Te perdiste la foto del periódico, le dije. Él no dijo nada. Apretó los dientes.

Julián había salido con la encargada de la sección de sociales del periódico, y dijo que ella le había prometido media página. No era un trámite fácil, había filas de gente esperando a que estamparan su caras ahí.

La noche de la boda, la foto fue esta:

En el centro, los novios, de blanco inmaculado, salvo por los labios de Odi, rojo encendido. Después las señoras –dos madres y una abuela–, vetustas amazonas: sus vestidos de organza estampados en flores selváticas. Los dos papás, de guayaberas coloridas: una verde loro, otra naranja encendido. El padrino, Julián, acompañado como siempre por sus bíceps obscenos, de los que esta vez colgaba una flaca revejida, envuelta en amarillo. Las madrinas: en un extremo la tal Tanya, amiga de Odi, cubana candente y escotada, todo brillos; en el otro extremo yo, vestido negro luto, champaña en mano, mirando a cualquier lugar distinto al lente.

El día del periódico la foto fue la misma, pero en blanco y negro. La influencia de Julián no llegaba hasta la página en color.

Entremos, insistió Toño. Yo le di la espalda y prendí un cigarrillo.

El sonido de sus zapatos nuevos entrando a la fiesta, alejándose otra vez de mí, me hizo doler la barriga de tristeza. Pero no por mí, ni por él, sino por la playa de pescadores donde tirábamos, que ahora era un hotel. Y por la terraza del hotel donde tirábamos, que ahora era un baldío. Por los años gastados.

Después de esa noche no lo vi más. O sí, pero faltaba mucho.


Texto reproducido con autorización de la autora