Empieza mal. No sé si por ignorancia o maniobra, pero que el libro se llame Autoayuda es un primer mal paso: la única autoayuda posible ya la escribió Lorrie Moore.

Luego, debes sobrevivir el primer capítulo. Qué pasa acá, quién es este tal Mena, dios, nadie piensa así. Pero ya está. Pasás eso y encontrás los momentos de lucidez de Matías Correa en la lora y el hombre-monstruo que acompañan al protagonista.

Autoayuda, Matías Correa. Chancacazo, 2014. 196 pp.

Autoayuda, Matías Correa. Chancacazo, 2014. 196 pp.

La historia es de esas que inspiran a comprar un libro de autoayuda. Hombre que cree que no ama a su mujer es abandonado por ella y, como dice el merengue, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde: deja su vida, engorda, renuncia a su trabajo y se mete droga a dos manos. Lo usual de los despechados. Da con su vecino, que en algún momento pensó también en dejar su vida, y consigue con quién pasar la pena. Bromance que llaman. De niños treintañeros, que solo han lavado platos sucios cuando sus papás los mandaron de intercambio y que se debaten entre ser hipsters o millenials. Mena se da el lujo de no trabajar como por un año o lo que sea y le sigue alcanzando para domicilios de pizza y cocaína.

Entre pases, borracheras, días de desesperación, el protagonista entiende que la vida no puede seguir así y necesita a su mujer. Scott, el vecino, lo ayuda. Es un experto en el tema: escribe libros sobre eso.

Ya está: entre darse a la pena y recuperar la vida pasan una filipina, un dealer, una pelea, un veterinario, un tatuaje, una exposición de arte, la mujer ida, el nuevo novio de la mujer ida, Google, y un final confuso.

Que no está mal el libro, pero tampoco es memorable. Los buenos momentos se pierden en el montón de ideas que Correa tenía para sus 196 páginas. Una lástima: los personajes secundarios son su acierto. Ellos tienen la historia. Hubiese salido mejor si el abandonado se
hacía al lado.

Busqué en Google la confirmación de mis teorías pero todo lo que encuentro dice que leí lo que no era: las críticas son generosas y esta, la segunda novela de Matías Correa, es considerada “un libro implacable y urgente sobre estos días que aún no entendemos del todo”. El escritor estuvo en una residencia en el International Writing Program de la Universidad Iowa y Alberto Fuget presentó esta novela: una promesa de la literatura chilena. Pero en esas promesas no creo porque no me gusta Bolaño (pido perdón, humanidad), y aún así confié en su criterio (le gusta a todos, ¿no?) cuando recomendó a Pablo Simoneti, que, ¿cómo te digo?, no salió como esperaba.

Las críticas también dicen que esta es una escritura más depurada y simple, y bueno, ¿me pueden definir depurada y simple? Porque ni lo uno ni lo otro: las situaciones pasan de un día común a la inverosimilitud total en unos segunditos que nadie se cree. El escritor es filósofo y creo que eso no se le ha quitado del todo: son muchas cargas y problemas para los personajes y al final, todo queda igual de superficial. Las reflexiones no son nada del otro mundo.

Me pregunto si Correa quería un libro de autoayuda disfrazado. Dijo en una entrevista que es autoficción. ¿Habrá seguido alguno de los consejos? ¿Le funcionaron? Su versión literaria no supo contarme. Pero, después de verlo en las fotos, lo pongo en la cara de Mena y siento honestidad. Situaciones reales en lo que escribió. Tengo debilidad por los corazones rotos y los escritores que se me hacen la misma persona en los libros y la vida real. Sí, leeré su tercera novela. Cuando sea que salga.