A continuación un fragmento de la novela Las extranjeras, del escritor argentino Sergio Olguín, publicada este año por la editorial Suma de letras. Esta novela es una historia policial, un cuadro de costumbres de una sociedad impune; sus personajes, como vemos a continuación, encarnan lugares recónditos de la conciencia y el deseo es uno de los motores principales de sus vidas.  En el 2004 Olguín recibió el premio Konex y su novela Oscura monótona sangre recibió el premio Tusquets Editores de novela en 2010.

Scandinavian blonde

I

Cuando al mediodía Verónica se vio tomando sol al borde de la pileta con las chicas en tetas, sintió un déjà vu. Eso había ocurrido el día anterior y pasaría al día siguiente a no ser que el otoño se lanzara sobre ellas y comenzara a hacer frío, o lloviera. Así que mientras almorzaban ensaladas en la galería, Verónica les dijo que estaría bueno seguir viaje. Salir en dos o tres días tal vez. Petra y Frida estuvieron de acuerdo.

(…)

Verónica escuchaba el relato como si fuera parte de la música. Se sirvió otro whisky. Frida y Petra seguían tomando vino y contándole de su viaje. Verónica se sentía en estado de éxtasis oyendo sus voces, el cuerpo distendido en el sillón grande con Petra frente a ella, del otro lado de la mesa, y Frida sentada a su lado. Se incorporó para tomar otro trago, y entonces se dio cuenta de que ya había vaciado el vaso. Se sintió mareada, pero decidió servirse otra medida de whisky. Dio un sorbo y se recostó, dejando el vaso en el suelo. Cerró los ojos.

Las Extranjeras. Sergio Olguín. Suma de letras, 2014. 440 pp.

Las Extranjeras. Sergio Olguín. Suma de letras, 2014. 440 pp.

Ahora Frida y Petra hablaban de una chica maravillosa, misteriosa, que cargaba con tristeza en sus ojos, que tenía secretos que no compartía con nadie, ni siquiera con ellas, tan cercanas y tan lejanas a la vez, ideal para que se abriera, se dejara llevar. No había que dejarse ganar por el dolor, ni por la tristeza como ella hacía. ¿Qué podía hacer ella para detener el dolor que le nacía tan profundamente? Verónica tardó unos segundos o unos minutos en darse cuenta de que no era un diálogo sino que todo lo anterior era un monólogo de Frida. Y entendió que las palabras de Frida estaban dirigidas a ella. Debía abrir los ojos. Pero no lo hizo. No le sorprendió que el perfume de Flowerpower lo fuera cubriendo todo. Ni tampoco que los labios de Frida se apoyaran en su boca. Ni siquiera era un beso. Solo el contacto de los labios. Ese gesto solo se convertiría en un beso si ella reaccionaba. Y lo hizo. Movió sus labios, sintió la boca de Frida, el aliento cálido, la piel perfumada. Verónica abrió los ojos. No iba a dejar que eso fuera como un sueño, como una ola que la empujara sin que ella hiciera nada. Se alejó levemente y tomó el rostro de Frida entre las manos. Recién ahora descubría que tenía los ojos grises, o tal vez tenían un tono verde apagado. Ojos nórdicos. Ojos así habían amado a vikingos, a valkirias y ahora la miraban a ella. No quiso que Frida pensara que ella estaba dudando mientras observaba sus ojos. La trajo hacia ella y volvió a besarla.

Una mano de Frida descansaba en su rodilla y comenzó a subir por la parte interior de su muslo. Se detuvo en el borde de su shorcito. Verónica buscó con los ojos a Petra. No estaba en el sillón de enfrente. ¿Habría salido a fumar como la noche anterior? ¿Estaba en otro lugar del living viéndolas? Los dedos de Frida le acariciaron el muslo y recorrieron al borde de la bombacha. Luego retiró la mano, desabrochó el short de Verónica y con la ayuda de ella se lo quitó. Frida la acariciaba, las piernas, el vientre, las tetas. Verónica no sabía qué hacer. Nunca había estado en una situación así. Estaba disfrutando los besos, las caricias, el perfume de Frida; le encantaba sentir la suavidad de la piel de la chica, pero no le interesaban especialmente las tetas o bajar su mano hasta la concha, como ahora hacia Frida con ella que había metido la mano por debajo de la bombacha y había comenzado a pajearla muy lentamente, casi de manera distraída, como se acariciaba ella a solas. Ahora sí Verónica quería saber si Frida estaba tan caliente como ella. Le acarició los pezones y Frida emitió un gemido en un tono extraño. Como si los gemidos fueran distintos de un idioma a otro y ella gimiera en noruego. Verónica quería saber si Frida estaba tan húmeda como ella. Pasó su mano por debajo de la minifalda que ya estaba casi toda subida, acarició el pubis y bajó hasta notar la humedad del cuerpo de Frida. Comenzó a acabar en ese instante. Apretó la mano de Frida entre sus piernas y no la soltó hasta haber terminado con su orgasmo. Sintió que el cuerpo se le aflojaba, que volvía a caer sobre ella todo el alcohol que había tomado esa noche. Frida volvió a besarla en los labios y ella cerró los ojos. Si no los abría pronto, se iba a quedar dormida. Y no los abrió.

 

II

Cuando se despertó unas horas más tarde estaba sola. Casi no quedaban luces encendidas, salvo una lámpara de pie en un rincón del living. No se sentían ruidos en la casa. De afuera llegaba el sonido de los grillos. Sentía que el cuerpo le pesaba cien kilos. Se olió la mano. Tenía el aroma de Frida. Se sentó en el sillón. Pisó su short tirado en el piso. Lo levantó y tomó la suficiente fuerza como para ir hasta su cuarto. Se tiró boca abajo sobre la cama y se volvió a dormir. Se despertó cerca del mediodía, cuando el canto de los grillos había dejado paso al de las cigarras.

(…)

Después de enviar el mail se duchó y juntó fuerzas para salir del cuarto. Oyó que alguien chapoteaba en la pileta. Fue hacia la cocina. Petra estaba preparando café y le ofreció. Petra le alabó la remera que tenía puesta. Una GAP violeta que le había traído su hermana Daniela cuando estuvo en Miami. Petra le preguntó por sus hermanas. Se comportaba como si no se hubiera enterado de lo que había ocurrido la noche anterior. Fueron juntas a la pileta y ahí estaba Frida. Nadaba. Cuando notó la presencia de ellas dos se detuvo y las saludó alegremente. Salió del agua, se secó apenas con el toallón y se recostó boca arriba en una de las reposeras, al lado de la que había elegido Verónica.

–¿Estás bien? –le preguntó Frida.

Bien. Con un poco de resaca.

–No hay que mezclar vino con whisky.

–¿Vos estás bien?

–Sin resaca. Debe ser que no mezclé.

Fue una tarde como cualquiera, yendo del sol a la galería, de ahí a la cocina en busca de algo para tomar o comer. Después de un primer momento, Verónica comenzó a sentirse mejor. Le resultaba cómoda esa indiferencia por lo ocurrido. Incluso empezó a disfrutar observando a Frida y a Petra en su ir y venir. Las vio distintas, atractivas. ¿Le gustaban ahora las mujeres? ¿Le habían gustado siempre? ¿O simplemente le resultaba erótica la compañía de esas dos chicas? Como fuera, se sentía bien.

Se imaginó la misma situación con dos tipos: estar tirada en bikini, mejor dicho, en tetas, tomando sol mientras los tipos iban y venían, se metían en la pileta, traían un termo con café. No podría estar tranquila, ni cómoda, ni siquiera ante la fantasía de enfiestarse con los dos. Se sentiría todo el tiempo emitiendo señales sexuales. En cambio con Frida y Petra era distinto. Todo era mucho más natural, menos cargado de mensajes. Estaban ahí pasándola bien. Punto. No había que preocuparse por nada más.

Al caer la tarde, Verónica se fue a su cuarto. Se pegó una ducha y se puso la crema hidratante. Tenía la piel algo sensible por el tiempo pasado al sol. Debería haberse puesto más temprano el protector solar. Había esperado demasiado tiempo a que Frida se ofreciera a untárselo en el cuerpo, pero fue Petra la que se dio cuenta de que estaba sin protector cuando ya había pasado un buen rato bajo el sol. Era lindo sentir las manos de Petra. Suaves como las de Frida, aunque tal vez no tan cargadas de su energía inquietante.

Se puso un vestido liviano, corto y sin mangas que no usaba habitualmente en Buenos Aires, pero que le parecía ideal para después de una jornada de sol. Cuando salió al living se cruzó a Petra que estaba más arreglada de lo habitual y parecía preparada para salir. Por un momento Verónica pensó que las chicas habían preparado una salida nocturna, algo que a ella no le hubiera gustado mucho.

–¿Tenemos salida? –tanteó Verónica.

–Tengo –fue la respuesta de Petra. (…)

Petra había pedido un taxi que ya estaba en la puerta de la casa. Le dio un beso a cada una de ellas y se fue. Verónica y Frida se quedaron paradas como personajes de una mala obra de teatro. Del equipo de música salía una voz grave de hombre.

–Quiero ir a la playa –dijo Frida.

–¿Qué?

–Iggy Pop, ¿te gusta?

–Me gustaba más cuando era rockero.

No, no era una mala obra de teatro. Era una película de vaqueros. Cuando el muchacho se enfrenta al malo, se miden, se dicen cosas pero atentos a lo que está por venir, al momento en que sacan las armas y se disparan. Era un duelo, pero a Verónica no le quedaba claro quién de las dos era el muchacho y quién el malvado.

–Vi que en el freezer hay salmón. Puedo hacer unos emparedados.

–Todavía no tengo hambre.

–¿Una caña?

–¿Una qué?

–¿Una cervecita?

 –A veces pienso que si hablaras en noruego te entendería más.

–Tror ikke det.

Frida fue hacia la cocina a buscar unas Coronas. Verónica pensó en seguirla, pero iba a parecer una pesada siguiéndola a todos lados. Se sentó en el sillón grande. Frida apareció con dos botellas y le pasó una, pero no se sentó a su lado sino en el sillón de enfrente. Por lo visto quería tomar distancia, no quería aprovechar para sentarse a su lado y meterle mano. O era muy educada, o ya no le gustaba. Lo primero podía corregirlo, pero si era lo segundo cualquier esfuerzo que hiciera por seducirla caería en saco roto. ¿Cuántas veces ella se había besuqueado con un tipo y al rato no quería saber nada de él? Y si bien nunca le había pasado al revés (que un pibe huyera después de unos besos), estaba la posibilidad de que Frida sí quisiera tomar distancia, no saber nada de ella, sexualmente hablando. Tal vez Verónica se había comportado como una tonta en los manoseos de la noche anterior. Tal vez Frida esperaba más u otra cosa de ella. Las mujeres son incomprensibles, pensó. Frida tomaba su cerveza de a traguitos y la miraba. La escrutaba. Ahora sí, habían vuelto a ser una obra de teatro mala con dos sillones y música de fondo.

–Un chelín por tus pensamientos –dijo Verónica después de darle un buen trago a su Corona y diferenciarse de los tragos de pajarito que le daba Frida a su botella.

 –¿Un qué?

Verónica le repitió la frase en inglés.

–Ah, no pensaba nada en especial. Disfrutaba de la cerveza y de la vista.

Definitivamente, el malvado de la película de vaqueros era Frida. Estaba jugando con ella como el gato maula del tango con el mísero ratón. ¿Petra se había ido porque realmente tenía una cita o para dejarlas a solas? ¿Frida le habría pedido que se fuera? ¿Quería quedarse a solas con ella? ¿Para qué, para mirarla tomar cerveza?

–Me gusta ese vestido Liberty. Me encantan las flores.

Verónica se miró su propio vestido tratando de llegar a alguna conclusión. Un varón le hubiera dicho que le gustaba cómo se le veían los muslos desnudos con ese vestido cortito. Definitivamente, los hombres eran mejores.

–Yo tengo un vestido parecido. Solo que con mangas –y como si se le ocurriera una idea genial le dijo–. Oye, tienes que verlo, es muy parecido. Ven que te lo muestro.

Sin esperar respuesta Frida dejó la botella casi vacía y fue hacia su habitación. A Verónica no le quedó otra que hacer lo mismo. Era la primera vez que entraba al cuarto de Frida y le llamó la atención que tuviera ropa tirada por todos lados. Ella también solía dejar todo así, pero se había imaginado que una chica noruega sería más ordenada. Frida fue hacia el placar, lo abrió y se quedó mirando. Verónica se había detenido apenas traspasada la puerta.

–Ahora que lo pienso, ese vestido me lo dejé en Noruega.

–Va a ser un poco difícil que lo vea.

–No importa, bonita. Quítatelo.

–¿Qué?

–Que te saques el Liberty. Quiero ver qué tienes abajo.

Verónica quiso hacer algún comentario que la mostrara irónica, o al menos graciosa. Decir, por ejemplo, el viejo truco del vestido olvidado en Noruega, pero solo atinó a reír nerviosa. Se odió de solo escuchar el sonido de su risa.

–En serio, quítatelo.

Verónica se sacó el vestido por su cabeza y lo dejó caer a un costado. Tenía un juego de ropa interior blanco, sencillo, de algodón, un blanco que resaltaba su bronceado de esos días. Frida se acercó, la miraba con los ojos de alguien que va a dar un veredicto sobre la calidad de la ropa, o sobre la consistencia de sus tetas, o sobre la discreción de su corte de pelo. Pero no hizo nada de eso. Estiró los brazos, apoyó las manos en su cadera y pasó los dedos entre el elástico de la bombacha y su cuerpo. La acarició, tomó la prenda y comenzó a bajarla hasta que poco antes de llegar a las rodillas cayó sola. Para hacer esto se había puesto en cuclillas y ahora observaba el pubis de Verónica. Había llegado al punto donde Frida hacía una evaluación de conocedora. Levantó la vista y le dijo mirándola a los ojos:

–Me gusta que no te depiles toda. Dan más ganas de acariciarte –y pasó ligeramente la punta de sus dedos por el pubis hasta llegar al ombligo.

Verónica la tomó de los hombros y la hizo poner de pie. Mientras se deshacía de la bombacha pateándola a un costado empujó suavemente pero con firmeza a Frida hacia la pared.

–Me gustás mucho, pero no me sale jugar de niña inocente. O te sacás la ropa vos también, o me visto y voy a emborracharme al parque.

–Verónica, la niña mala. Entonces quítame la ropa vos.

–Ah, ahora sabés usar el vos.

Verónica desabrochó el shorcito que llevaba Frida y se lo quitó junto a la pequeña bikini que tenía debajo. Le hizo levantar los brazos para sacarle la remera y cuando estaba con los brazos en alto la besó. Revoleó la remera con fuerza mientras Frida hacía lo mismo con la parte superior de su ropa. La remera y el corpiño de Verónica volaron a la otra punta de la habitación. En un remolino de besos cayeron en la cama. En ese momento, Verónica no era consciente de que estaba por primera vez con una chica. El instinto le indicaba perfectamente lo que tenía que hacer. No era una discípula, o una joven virgen a la que había que educar sexualmente. Sus manos buscaban la concha de Frida con las mismas ganas que tomaba una verga. El placer de descubrir el cuerpo del otro, de poder acariciarlo, de satisfacerlo, era similar. Frida la besaba, le comía las tetas y ella sentía que esa piel deslizándose por su cuerpo era lo más espectacular que le podía pasar a cualquiera. Frida había bajado dejando un hilo de saliva que iba del ombligo al clítoris y de ahí al culo. Si seguía unos segundos más haciendo eso, Verónica iba a acabar. La tomó de los pelos para que subiera y la lengua de Frida ahora recorrió con la misma dedicación su boca. El cuerpo de Frida se frotaba contra el de ella. Su mano derecha tomó la mano izquierda de Verónica y la condujo hasta penetrarla. Le marcaba el ritmo de los movimientos, le hacía acariciar los labios para volver a meterse dentro de ella. Verónica tenía la cara perdida en el cuello de Frida. Le gustaba su olor. Hubiera recorrido todo su cuerpo oliéndolo, si no fuera porque los movimientos de los dos cuerpos habían alcanzado un ritmo parejo que les hizo acabar a las dos juntas, ambas con una sonrisa. Debía haber alguno en su vida, pero no recordaba a ningún hombre que acabara sonriendo.


Texto reproducido con autorización del autor