La tradición de la literatura erótica en lengua española tiene quizá su mejor expresión en la literatura cubana. De Lezama Lima y Virgilio Piñera a Guillermo Cabrera Infante y Pedro Juan Gutiérrez, el tema del erotismo ha sido desarrollado en diversos géneros y con una gran riqueza de registros. Abilio Estévez se inscribe en esa vertiente con su más reciente novela, El año del calipso (Tusquets, 2012). Nacido en La Habana en 1954, Estévez ha escrito magníficas novelas unánimemente aclamadas por la crítica y traducidas a más de ocho idiomas, entre las que destacan Tuyo es el reino (1997), merecedora del Premio de la Crítica Cubana 1999 y del Premio al Mejor Libro Extranjero 2000 en Francia, y Los palacios distantes. Es también autor de Inventario secreto de La Habana, del volumen de cuentos El horizonte y otros regresos, de las prosas poéticas Manual de tentaciones –ganadoras del Premio Luis Cernuda 1986 y del Premio de la Crítica Cubana 1987–, y de varios textos teatrales, entre ellos los monólogos Ceremonias para actores desesperados. En El año del calipso, Estévez aborda el despertar erótico de un joven cubano, el descubrimiento de su homosexualidad y la intensidad que estas nuevas experiencias añaden a la vida. Abilio nos concedió esta entrevista desde Barcelona, donde ahora reside, con la que abrimos nuestro dossier sobre literatura erótica, coordinado por Pedro Samper Murillo.

PS: En su novela describe al voyeurista como un ser cuyo “oficio principal es la pasividad”. ¿Qué tanto de voyeurismo hay en el ejercicio de la escritura, en el oficio de escritor, en la escritura erótica?

Abilio Estévez. Foto: Marek Malusek, www.radio.cz

Abilio Estévez. Foto: Marek Malusek, www.radio.cz

AE: Cuando era muy joven, me angustiaba mucho descubrir que no podía dejar de mirar las cosas, las personas y los hechos, como si debiera fijarme bien, “anotar”, para hacer algo con aquello después. No me podía entregar ni al placer ni al disgusto en lo que yo creía que constituía “toda su intensidad”, porque una parte de mí se mantenía alerta y observaba. Luego, poco a poco comprendí que era inevitable y útil y dejó de angustiarme. Luego supe para qué me servía ese lado despierto y distanciado. Luego entendí que sentido tenía ese permanente “registro” de gestos, miradas, voces, olores… Lo de “pasivo”, es casi una boutade, y se refiere más bien al lado físico o notarial del asunto.  Agregaría que es pasividad activa (y valga la paradoja) por medio de la cual uno va tomando nota para escribirlo después. No sé cómo se puede escribir sin tener un lado voyeur muy desarrollado. Un lado flâneur, el “observador apasionado”, que decía Baudelaire. Ese mirar constante, implacable sobre todo es lo que permite que la literatura esté bien encarnada.  Hasta donde sé, sin ese voyeurismo no se puede escribir ninguna literatura, mucho menos la erótica que es una literatura que se basa en los sentidos. Bueno, como todas, pero en un grado más intenso quizá.

PS: ¿Cuáles son, para usted, los hitos de la literatura erótica? ¿Los autores imprescindibles?

AE: Hay libros que no son eróticos en el sentido en que se entiende el término en la actualidad, y que para mí están repletos de erotismo, como Las mil y una noches, el Satiricón, ciertos pasajes de Daphnis y Cloe. Momentos inolvidables del Decamerón. Las Memorias de Casanova, que dijo aquello tan definitivo de que “el mejor momento del amor es cuando se suben las escaleras”. Restif de la Bretonne, mucho más interesante que Sade, a mi modo de ver. O mi Vida secreta, ese libro inglés, anónimo de fines del siglo XIX. Guillaume Appolinaire; D.H. Lawrence, cuya El amante de Lady Chaterley, tanta imaginaciones provocó; George Bataille, con su extraordinaria Historia del ojo.

PS: ¿Y en cuanto a la tradición cubana y latinoamericana, más específicamente?

AE: En la tradición cubana hay un libro perturbador: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.  Un libro que leí muy joven y cuya primera lectura todavía hoy, más de cuarenta años después, no puedo olvidar. Paradiso, de Lezama Lima es un libro cargado de erotismo, y no hablo sólo por su famoso capítulo VIII. Una novela cubana, que no es erótica, y que tiene un capítulo VIII también muy famoso por su erotismo es Las honradas de Miguel de Carrión. Creo que hay que tener en cuenta el Elogio de la madrastra de Vargas Llosa, a Alberto Ruy Sánchez, un libro muy hermoso de Luis Rafael Sánchez, La importancia de llamarse Daniel Santos.

PS: La iglesia tiene un par de apariciones en su novela, ¿cuál es su posición como artista frente a la iglesia católica?

AE: Voy a decir, y perdóname la solemnidad, que  la misma posición que se puede tener frente a todos los represores. La iglesia católica, el cristianismo, o mejor todavía el judeocristianismo, nos han jodido la vida durante veinte siglos con una hipocresía que ha llenado al cuerpo de vergüenza y de pecado. Sin embargo, y ahora paso de solemne a cínico, creo que en gran medida gracias a esa represión existe la literatura erótica. Y existen los placeres ocultos, la satisfacción maravillosa de la transgresión. Cuando Oscar Wilde decía (con acierto y tal vez con un toque de cristianismo y un trasfondo de culpa) que “la lujuria es la madre de la melancolía”, podía haber agregado que esa melancolía es la que se convierte luego en muchas cosas y, entre ellas, en literatura.  De modo que odio la represión católica y cristiana en general (creo que el protestantismo es, en eso, más radical) pero al mismo tiempo le agradezco la posibilidad de permitirnos ser rebeldes y malditos y hasta sutiles, como pudo ser el caso de un poeta erótico llamado San Juan de la Cruz, y que escribió aquello de “Oh, llama de amor viva, que tiernamente hieres…”

PS: Jonás, personaje de su novela, reflexiona sobre lo que podríamos llamar el arquetipo del cuerpo como un jardín (la vida, incluso, como un jardín). ¿A qué debemos y por qué resulta tan sugerente la comparación de lo corporal con lo natural? ¿El lazo entre paisaje y cuerpo?

AE: No sé qué responderte que no sean otras preguntas: ¿no es evidente que un cuerpo desnudo es un paisaje? Tradicionalmente, ¿no hay en un cuerpo montes, elevaciones, valles, troncos, cavernas…? ¿Y no será que en esa comparación entre lo corporal y lo natural, como dices, hay un atisbo de panteísmo? ¿No habrá el deseo de abarcar en un cuerpo todo el mundo? Me uno a este cuerpo y esa unión se quiere total, con el mundo entero. Y puede que también uno se adentre en un cuerpo como quien viaja, o como quien se pierde durante un viaje. No sé. Creo que la comparación entre cuerpo y paisaje es ambiciosa y tentadora. Y creo que nos acompaña desde los ritos paganos a los dioses de la fertilidad. Quizá es lo que nos queda de esos ritos en Occidente.

PS: El personaje principal de su novela está en una etapa de descubrimiento. Aunque sus descubrimientos son, sobre todo, de naturaleza erótica, la última escena revela el descubrimiento de algo muy distinto. ¿Cuáles cree usted que son esos rasgos abstractos de nuestro carácter que se descubren de la mano del erotismo?

AE: Aunque parezca una banalidad (y lo es), es evidente que el descubrimiento del erotismo es como el descubrimiento de la vida. Sin embargo, cuando ese descubrimiento es “contraproducente”, porque comprendes que no entras en la norma, que tu erotismo discurre por otros caminos, que eres homosexual, vaya, para decirlo rápido y fácil, pues entonces ya eso tiene unas implicaciones mayores, conflictivas. No sólo te obliga a plantearte tu relación con otro cuerpo, sino tu situación en el mundo y tu relación con los demás. Por el descubrimiento del sexo se pueden hacer muchos descubrimientos, cierto, pero el descubrimiento de la propia homosexualidad (al menos y como hasta ahora están aún planteadas las reglas del juego, a pesar de cuanto se ha logrado), es un hallazgo mucho más grande, definitivo problemático, que obliga a un ejercicio de aprendizaje que puede ser arduo, porque te descubre cuántas cosas, ajenas al erotismo, tienen que ver con ese “detalle”. A partir de esta revelación, hay una luz diferente para entender todo lo demás. Y se hace precisa una estrategia para vivir. O para morir.

PS: La literatura erótica, o amorosa, en general, sobre todo aquella que, como en su novela, se dirige a un tú glorificado (Moby), puede muchas veces relacionarse con las tradiciones místicas. ¿Se alimenta de alguna manera su obra de esta tradición?

AE: Sin duda. Sospecho que el misticismo es una sublimación del erotismo. Y uso el término de aquel a quien Gore Vidal llamó “el novelista austríaco”, Sigmund Freud. Del mismo modo que identificamos a Dios con el Amado, como hacen los místicos, o el Amado con Dios como hacen los boleristas, que son místicos de cantina:

“Desmiento a Dios, porque al tenerte yo en vida

No necesito ir al cielo tisú…”

O:

“Por alto está el cielo en el mundo,

Por hondo que sea el mar profundo,

No habrá una barrera en el mundo

Que mi amor profundo

No borre por ti…”

¿Quieres algo más místico que arrodillarse frente a otra persona?

Abilio Estévez. Foto: Marek Malusek, www.radio.cz

Abilio Estévez. Foto: Marek Malusek, www.radio.cz

PS: La vida erótica de los cubanos en su novela es desenvuelta y atrevida. ¿Responde esto a la realidad o es una hipérbole para satirizar la situación real de la Cuba bajo el régimen castrista?

AE: La vida erótica de los pueblos de cultura caribeña (y cuando me refiero a cultura caribeña lo hago en un sentido muy amplio), por lo que alcanzo a comprender, y por experiencia personal, es más desenvuelta y atrevida que la otros lugares. Tengo la impresión de que la tradición negra que se incorporó con la llegada de los esclavos, atenuó mucho la rigidez católica. No es lo mismo un negro del Calabar que un castellano de la meseta más árida de España. No es lo mismo. Eso le ha infundido, creo yo, un cierto paganismo a la vida de las colonias con cultura de plantación.  Quizá en la novela el descaro de las relaciones sexuales está exagerado. Eso tiene que ver quizá con mi exageración natural. No obstante, tampoco está muy lejos de la verdad. Si algo no pudo controlar nunca el régimen castrista fue nuestra vida erótica, aun cuando durante muchos años ese régimen se comportó con una moral pacata y pequeñoburguesa, nada “revolucionaria”. Nuestro espacio de libertad fue, durante años, el cuerpo, el encuentro de los cuerpos. Como decía Virgilio Piñera en La isla en peso:

“No hay que ganar el cielo para gozarlo,

dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,

la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.

¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!”

PS: Freud señaló que el hombre en sociedad reprime sus impulsos como garantía para la convivencia armoniosa, y que esto conduce a la infelicidad. ¿Relaciona usted erotismo con felicidad? ¿Cree usted que hay una diferencia entre las sociedades más occidentales y las más tropicales en su manera de concebir lo erótico que las hace experimentar la felicidad de modos distintos?

AE: Sí, sí, por supuesto, relaciono el erotismo (satisfecho) con la felicidad. Claro que veo una diferencia abismal entre las sociedades calvinistas, protestantes, católicas, frías, de cierta Europa, donde el cuerpo es algo que merece ser ocultado y castigado, con las regiones más tropicales, no sólo por una situación meteorológica, claro está, sino por el mestizaje cultural, tan beneficioso. Aunque también es cierto que el excesivo calor en países como el mío, por ejemplo, obliga a despojarse de la ropa lo más posible, y obliga a la pereza y a la somnolencia y a la delectación morosa. Esto parece un tópico y quizá lo sea, pero también pienso que por algo los tópicos llegan a serlo. El erotismo ha salvado a Cuba de la desesperación de una historia muy agresiva. Aunque también se puede mirar desde otro punto de vista y decir que no ha sido exactamente su salvación sino su evasión.  Es evidente que el cuerpo tiene razones que el corazón y la razón desconocen. Y si no se atienden a esas razones se puede llegar a ser muy desdichado. Para la “convivencia armoniosa”, tampoco hay que llegar al extremo del cinturón de castidad. Se puede mantener una convivencia armoniosa sin la fantasía de la represión total. Recuerdo que Santa Teresa decía: “Más cómoda, rezo mejor”. Si parafraseamos esto, también encontraremos una excelente respuesta en la santa, tan extasiada en la estatua de Bernini.   

PS: Bakhtin rescató en muchos sentidos el valor de lo carnavalezco en la literatura, la reivindicación de lo corporal. ¿Sería adecuado leer su novela como el relato de un carnaval?

AE: Leí por primera vez a Bakhtin cuando estaba en la Universidad, hace ya cuarenta años. Y descubrí que su concepción de lo carnavalesco tenía mucho que ver con lo que yo sentía y vivía. Recuerdo los carnavales de mi niñez como una época de libertad extraordinaria, donde las máscaras te permitían cualquier delirio. Hay que tener en cuenta que en Cuba el carnaval casi coincide con una fiesta de la esclavitud que era el Día de Reyes (hay un estudio extraordinario de Don Fernando Ortiz), donde los esclavos tenían el único momento de libertad (de relativa libertad) y gozaban de su fiesta de tambores y bailes excesivos. Es el momento, por tanto, en que a los marginados, los excluidos, se toman la revancha del contradiscurso. Es el momento de invertir  las normas, aunque sea por unos días. Desde ese punto de vista, claro que sería posible ver mi novela como un relato de carnaval. Y casi te diría que no sólo El año del calipso, sino todo lo que he escrito hasta ahora. La búsqueda de una liberación temporal de la supuesta verdad del orden establecido.