Publicamos una muestra inédita de la poesía de Manuel Vilas. Confluyen aquí el erotismo desparpajado, el amor y el desamor, la lucha existencial que genera el encuentro de estas fuerzas sublimes. La voz de Vilas nos habla sin tapujos desde un lugar oscuro de la consciencia, arroja luz sobre la naturaleza del deseo, sus demonios, sus deleites, y lo hace con la originalidad que caracteriza el lenguaje de sus escritos.

Henri Cartier-Bresson: Las piernas de Martine, 1967

Henri Cartier-Bresson: Las piernas de Martine, 1967















HISTORIA DE UNA CAMARERA

Encima de la cama estoy, sin sueño, está amaneciendo en Cádiz,

se oyen gaviotas trayendo el nuevo día, que yo no sé si viviré,

porque tengo ganas de morir, y llaman a la puerta, y es el servicio

de habitaciones, que me trae un desayuno delicioso: pruebo

un poco de todo, y he salido desnudo a recibir mi bandeja,

y una camarera veinteañera se ha ruborizado, es la playa y el mar,

le he dicho con acento francés, fingiendo ser un turista,

y ella iba tan guapa con su bata azul, y tan limpia y tan mona,

y cómo se notaba lo bien que había dormido; ven, pasa,

le he dicho, enséñame el color de tus bragas y te daré diez

billetes, sólo quiero saber de qué color son y tal vez si están

ya un poco viejas, cuánto te pagan en el hotel, enséñamelas

y luego te dejaré mi cartera y coges lo que te dé la gana.

Está bueno el café, el cruasán lleva miel y las frutas están

maduras, y ella ha puesto una pierna sobre la silla y se ha subido

la falda y no llevaba bragas, me ha enseñado su culo,

su precioso culo de camarera y se ha reído un buen rato,

y casi me ha apetecido tocarle el culo pero para qué hacerlo,

para qué acariciar una bestia salvaje como ésta que se esconde

bajo la apariencia de una inocente camarera, con ver

el capricho de su ausencia de bragas, su descaro virginal,

su carne dulce y su muslo firme, el vello suave, ordenado, me basta,

y le he dado un cheque de cien billetes porque pensaba

morirme esta mañana, pero la sorpresa de que mi camarera

no llevase bragas, ni rojas ni negras ni blancas, me ha devuelto

el interés por la vida, porque la vida es una inacabable fantasía.

Me despido de ella y le digo lo que el espectro del padre

de Hamlet a su hijo "recuérdame" y pongo voz grave y teatral,

y ella me sonríe de nuevo, y se va contenta con su pequeña fortuna.

Y otra vez vuelvo a ser feliz, y dejo el café con leche y las tostadas

y me pongo ginebra en el vaso del zumo de naranja, y ya hace calor,

y miro el mar desde la terraza de mi habitación, y me afeito

y me ducho, y paseo desnudo por la habitación, y bebo más,

y me pongo un exquisito traje de verano, y salgo a la calle.

31/12/2003

Las nutritivas cabezas de las cigalas, restos

de sus sesos viajando desde tus labios con carmín

a la blanca servilleta, amor mío,

dame un beso, amor mío,

no me hagas esperar.

 

Esas santas luces de Navidad en las ciudades son santos resucitados.

 

Los árboles con bolas rojas. Los hospitales

y el turno maldito de esta noche.

Los huesos del cordero en el cubo de basura mezclados

con las patas rotas de las cigalas.

Los lavavajillas encendidos, potentes, serenos.

Gente que quedó atrapada esa noche en un ascensor

y nadie vino a rescatarles, y no hicieron el amor,

y era lo único que podían haber hecho de verdad

para que aquella noche

hubiera sido innoblemente inolvidable.

 

Estarás pensando que sólo soy un hijodeputa, pero no lo soy,

es que te quiero, y voy a darte fuerte por detrás, a ver si araño

la felicidad o la resurrección,

y los huesos del cordero en la basura

mezclados con las botellas vacías,

con limones exprimidos.

                           

El cielo y la tierra, metáforas duras.

El santo humo de las calefacciones

inundando la atmósfera de nuestra celebración de la carne,

el sexo caliente, ese humo del gasoil o del gas

que sube hasta las caras

de los ángeles que vagan por el cielo.

 

Y la paga de Navidad, cómprale algo a tu chica.

Y tu chica que se va con otros, por fin. Y los otros

que se fueron con otras. Y están follando ahora mismo

encima de la mesa de la cocina, los culos de las mujeres

resplandeciendo como lunas,

mírame a la cara y deja que mire

los dedos de tus pies cuando lo hacemos,

quieres mirar tantas cosas que no atinas con la principal.

Todos se están follando a tu chica, y tu chica te llama al móvil y te lo dice.

Bueno, es una forma de la felicidad, pero creo en Dios, y resucitaré.

 

Me gusta el vino blanco. Me gustan las medias blancas,

diles que te den fuerte

si es que saben esa panda larga de maricones.

 

Amor humano, largo y tornadizo.

Amor humano, inexistente y resistente.

 

Eh, chaval,

la ciudad entera es tuya, está vacía esta noche, 

ponte el cuero, mira a ver si te invita una viuda centenaria a ostras

y champán francés,

a cama y flores,

a danza del vientre y lenguas chinas,

anda hazme feliz un poco,

necesito mucho amor esta noche.

EL ENAMORADO                                                                                                               

   Ya sabes, amor mío, porque te lo he contado varias veces, que la desesperación de los hombres maduros ante las mujeres jóvenes y nuevas, bendecidas por la vida, es el tema de Susana y los viejos, un célebre cuadro de Tintoretto.

 

   Te fuiste con otros tantas veces.

 

  Qué bien que te fueras con otros, porque mi amor es más extenso en el tiempo y en el espacio que tus infidelidades y ya es decir; mi amor está más allá, en las remotas regiones de una plenitud desconocida, sobre todo para ti, tan joven y tan guapa y tan dulce.

 

  La destrucción, el deterioro y el alcoholismo final, eso me dejaste. Tres árboles negros, con flores rojas.

  Tuyo era el poder y tuya mi vida.

  Te adoraba. 

 

  Así que te fuiste con otros, con docenas, mejor no los cuentes, amor mío, y fuiste muy feliz con ellos. Y yo imaginaba esa felicidad y te concedía una rara bendición.

 

  A mí me parecía que no valían nada  esos chicos guapos, con los que te ibas hasta el amanecer, insípidos, jóvenes sí, pero inanes, y sí, altos, nueva raza de españoles a quienes la estatura física situó en la vanguardia de la evolución de la especie, aunque no sabían decirte nada bonito.

 

  Eso solo sabía decírtelo tu novio maduro, o sea, yo. Las cosas bonitas te las decía yo y nunca las habías oído antes y nunca te las habían dicho esos chicos nuevos, y eso me daba pena, porque está claro que vienen tiempos feroces para el amor. Y cómo ardías en mis palabras. Mías eran las palabras, pero los besos duros se los dabas a ellos, a los otros.

  Yo te exaltaba, pero a ti no te exaltaban los chicos a quienes amaste, tristemente.

 

  Claro que envidiaba a esos chicos a quienes hacías cosas muy alejadas, pero que muy alejadas, de los abrazos casi fraternales que guardabas para mí. Y temía que te hiriesen, porque tú eres frágil, y esos chicos jóvenes, atléticos y musculosos, tienen vergas muy largas y racialmente ofensivas, y yo padecía, sufría por tu cuerpo delicado y suave. No podía soportar que te embistiesen como si fueses un animal perecedero.

 

  Pero yo también fui un Rey. Gran Rey de mi derrota, que es un universo al que nunca estuviste invitada.  Allí, planetas, continentes, soles radiantes, orquestas y bailes hasta el amanecer, océanos dorados, todo ocurre para mi solitario amor: El amor, única luz del mundo.

 

  Y me dejabas solo en casa. Y te inundaba a sms que tú no contestabas.

 

Estabas con otros. Y yo quería abrazaros a ti y a ellos, porque me daba igual. La verdad es que da igual, ya acabarás comprendiendo que da igual, si el amor es grande.

 

  Quería ver cómo abrazabas y besabas a esos chicos y hacías el amor con ellos y no conmigo, el hombre viejo.

 

  Cuando tengas mi edad, amor mío, cuando seas vieja, cuando tus 27 años, por arte de magia,  se conviertan en 72, imagínate lo muerto que estaré yo entonces, gracias a Dios y a su mismísimo hijo Jesucristo.

 

  Qué bien no volver a verte hasta el Big Crunch, dentro de 72 mil millones de años, allí nos juntaremos todos otra vez y tus chicos serán igual de viejos que yo, será imposible distinguir nada, a ellos de mí.

 

  Querrás besarlos, y me besarás a mí, finalmente.

 

  Y a mí no me gustan las viejas decrépitas,

amor mío de 27 años.

 

  Pero te quiero tanto.

 

  Te adoro, tristemente.

 

   Mi alma es tuya.