Como cada año, se celebra en Iowa City el “Iowa Book Festival”, que durante 4 días acoge a escritores de toda índole para ponerlos a dialogar en esta, la ciudad de los libros, la ciudad literaria, cuando entra el otoño con sus hojas pálidas y sus vientos fríos.

Book fest

Es así la noche del viernes 3 de octubre. Todos llevamos nuestros abrigos de otoño, también Marilyn Robinson cuando la veo, alta, eminente, pausada, entrando por la puerta giratoria del Englert Theatre. Marilyn, oh Marilyn, ¿qué sería de Iowa sin ti? Esa parece ser la opinión generalizada del público que la recibe, con un aplauso caluroso, largo, larguísimo, con gritos de aliento. Ella es alta, tiene el cabello largo blanco, trae un vestido negro, un collar rojo y un saco violeta, combinación elegante y sencilla, colores que se ven muy bien en la oscuridad del escenario, alumbrada tan solo por una luz que la señala a ella mientras empieza a leer un fragmento de su nueva novela Lila. Una mujer embarazada, casada con un predicador, habla con un chico itinerante, quien ha escapado de casa porque cree haber asesinado a su padre cuando, en una trifulca, lo golpeó con un leño cuatro veces. Lila le dice al joven que tome su abrigo, que no puede quedarse en el establo sin abrigo porque el invierno en Iowa es muy difícil y en este momento el público del teatro ríe (como si el invierno fuera gracioso). Él dice que no puede usar el abrigo de una mujer. Ella dice que lo use como cobija. El chico se niega. Marilyn termina el capítulo, «pero ella volverá a cubrirlo con el abrigo», dice, y luego se sienta a conversar con su ex-alumna del workshop, Ayana Mathis.

«Me parece que escribo cosas y luego encuentro explicaciones para ellas», dice Marilyn modestamente, sonriendo, respondiendo a las preguntas de Ayana quien, a decir verdad, parece pensar con el micrófono: sus preguntas parecen reflexiones más que preguntas, dan cuenta de su mente atiborrada. «¿A quién no le resulta tediosa la rutina humana?», continúa Marilyn, «hacemos un esfuerzo, todos trabajamos por crear algo que nos resulta aburrido la mayor parte del tiempo. Escribo porque puedo habitar en ese mundo imaginado». Y cuando se la compara con Dostoievski y Tolstoi, en su manera de acercarse a “lo divino”, de retratarlo en lo cotidiano, dice «sí, claro, veo lo divino en cada pequeño detalle, me gusta disfrutar de buena compañía», y recalca que quisiera que su escritura fuera un acercamiento a eso.

El sábado en el Pomerantz Center, Reina Grande, escritora de origen mexicano pero radicada ahora en Estados Unidos, habla de su libro The Distance Between Us (La distancia entre nosotros), memoria sobre su experiencia cruzando la frontera entre Estado Unidos y México, cuando tenía nueve años, indocumentada. «La escritura para mí es una catarsis», dice sonriente. «Primero traté de escribir el libro cuando tenía 22 años pero me di cuenta de que era muy joven, estaba literalmente sangrando sobre el papel… Tenía que ir a lugares muy oscuros a los que muchas veces no quería ir, pero me forcé a hacerlo… Mi madre llegó al capítulo 8 y no pudo seguir, era demasiado doloroso». Este libro fue seleccionado por el Centro para los Derechos Humanos de la Universidad de Iowa, recibió el galardón “One Book, One Community”. A Reina le interesan los problemas migratorios, se le nota conmovida cuando habla de la Quínoa, pues hace poco se enteró de que el boom del grano en Estados Unidos está causando que las familias campesinas ya no puedan consumirlo, y esto genera miseria en los países del sur.

Hubo charlas, lecturas, conferencias, Iowa City fue, una vez más, carnaval de escritores y letras. Lastimosamente quienes no se vieron muy beneficiados por el clima fueron los vendedores de libros, porque en el Ped Mall, el sábado, el viento frío no fue acogedor para los transeúntes: siete u ocho carpas, poco más de una docena de vendedores cubiertos con gorros, guantes y abrigos, vieron solos las hojas deslizarse frente a ellos, las de los árboles y los libros, porque a diferencia del año pasado, a esta venta no acudieron muchos, prefirieron quedarse en las aulas, entre el calor de las multitudes y el fervor de las charlas.