Es viernes 12 de septiembre por la tarde y tenemos entradas para el primer concierto del Riot Fest en Chicago. Son las cinco y seguimos en Iowa City. Mientras está tocando Failure, comemos cookies en el Capitol Mall: nos separan de la música cuatro horas de viaje con tráfico normal. No llegamos ni de coña. ¿Ni a Gogol Bordello?

No.

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Britney nos va a llevar en coche. Después de tres horas de campos de maíz y humus con galletas, estamos en Chicago, por lo visto, pero no. Britney solo nos lleva hasta el suburbio de Bartlett, a una hora de la ciudad. Allí debemos coger un tren. No hemos terminado de subirnos a este cuando un yugoslavo nos habla, no deja de hacernos preguntas. Alba quiere saber si este tren se parece a los antiguos de la Unión Soviética. No debería ser tan amable con él. Camila dice que no le dé conversación a desconocidos. Tiene razón.

A las once de la noche estamos en Union Station. Falta un viaje más para llegar a donde Zohar, nuestro anfitrión. No hay nadie en el centro y tampoco debe de quedar nadie ya en Humboldt Park, donde tiene lugar el festival. ¿A quién le preguntamos dónde está la línea roja? Caminamos diez cuadras. Cogemos el metro. Nos acompañan los que regresan del Riot Fest. Está grande Chicago.

A la salida del metro Addison, un hombre nos pregunta si queremos pasarlo bien. Solo queremos dormir. Caminamos, caminamos, caminamos. En Broadway nos espera Zohar, pero Zohar no está esperándonos. ¿Cómo será este Zohar? Jugamos a adivinar cuál de los hombres que deambulan por allí será. Seguro que es ese. Pero ese pasa de largo. Aquel entonces. Nada, aquel ni nos mira. Por favor, que no sea este. ¿Qué hacemos si es este? En serio, ¿qué hacemos? Pero afortunadamente tampoco es este. Quince minutos después, Zohar llega con dos amigos y nos conduce amablemente a su casa: nunca habíamos usado CouchSurfing, la página web que te consigue dónde dormir gratis en cualquier parte del mundo.

Hablamos por cortesía, pero solo queremos dormir en el colchón de aire que nos ha preparado. En el dormitorio se oye una tos de mujer. Es mi amiga. Está enferma. Ohh, I’m sorry, poor her. Yeah. Buenas noches, Zohar. Gracias de nuevo. No problem, guys. See you tomorrow. Hasta mañana. ¿Por qué vinieron? Riot Fest. Cool. Las ventanas están abiertas y hace frío.

***

Zohar nos despierta el sábado por la mañana y propone caminar junto al lago. Los conciertos no empiezan hasta por la tarde. Camila y Zohar hablan, se caen bien. Yo estoy concentrada en evitar que un corredor o una bici me atropellen. No es tarea fácil. Aparece un bello skyline de la ciudad y sacamos una foto con el único propósito de adjuntarla a esta entrada. En ese mismo instante en que vemos Chicago como una postal, una pareja de novios se casa frente al mar y entre las rocas unas gaviotas picotean una mancha de sangre. Emocionadas por la riqueza sensorial del momento nos envalentonamos: ¿está muy lejos Millenium Park de aquí? No, dice Zohar. Él se va y nosotras seguimos caminando.  

Zohar ha mentido. Llevamos otra hora y media caminando y aún estamos lejos. Tenemos hambre. Busquemos un sitio donde comer. Aquí no hay bares. ¿Dónde estamos? Chanel, Prada, Jimmy Choo. Nos van a clavar. En esta calle hay más diamantes que en toda Angola. Me muero de hambre. Vale. Entramos al bar más cutre, compartimos un sándwich y pedimos dos cervezas. Pagamos treinta dólares y salimos medio llorando. Tenemos que administrar mejor el dinero.  Al otro día nos dicen que almorzamos con los millonarios de Chicago en la Magnificent Mile.

En el mapa, Humboldt Park está solo a cinco manzanas. ¡Caminemos hasta allá! Después de un rato entendemos que no todas las calles están reflejadas en el plano… Igual, no debe de estar lejos. Pensamos en la cerveza. La cerveza en el Riot Fest tiene que ser cara. Compremos unas cervezas para el camino. Está prohibido beber en la calle. Bueno, ya veremos.

Entramos a una tienda, tiene letreros en español, estamos en el barrio latino, nos sentimos en casa y seguras, mira por dónde. Una mujer dominicana no nos quiere vender cerveza porque tenemos pasaporte extranjero y no se fía. Alba se ofende. Prefiere la dignidad al licor. La otra cajera tiene más iniciativa empresarial y nos cobra. Además, nos mete las cervezas en unas bolsas marrones para que nadie sepa lo que llevamos. Tan querida, le digo a Alba.

Es obvio que estamos bebiendo cerveza. Para qué si no la bolsa marrón. Nos da la risa y nos hacemos una foto. En realidad tenemos miedo de que venga la policía. Pero, en serio, en el Riot Fest la cerveza tiene que ser demasiado cara.

Y así es. Después de mucha más caminata, un vendedor de ropa de segunda mano y un autobús, llegamos a Humboldt Park. Las cervezas, tamaño muy pequeño, valen siete dólares. Imposible emborracharnos. Mejor, ¿o no? Una botella de vino, dice un cartel, vale veinte dólares. Las dos vemos clara la inversión. Pedimos el vino y nos dan un tetrabrik de 33cl. No, no, te has equivocado, esto no es una botella. Nos devuelven el dinero y compramos dos cervezas, las únicas de la noche. Hay que hacer que duren.

En el Riot Fest hay siete escenarios con nombres que empiezan por R. En el Roots Stage rapea Wu-Tang Clan. Miles de personas afirman con la cabeza una y otra vez. El rap se baila estando de acuerdo. En el Radical Stage, uno mucho más modesto, lo dan todo los Crombies, que ya tienen unos años, pero nos hacen bailar. Nos abrazamos y gritamos. ¡Por fin aquí! Nos quedamos un buen rato con estos viejitos y saltamos con cuidado de no derramar la cerveza. Vemos otros grupos, otros escenarios. Pero hoy hemos venido con una misión concreta: The National.

Quedan dos horas para que salgan al Riot Stage los hombres trajeados de Ohio y nosotras ya estamos esperando en primera fila. No es fácil. No se crean. No nos podemos sentar porque el suelo está mojado. Nuestros pies están empapados a estas alturas. Y llenos de barro. Hay gente que tiene barro hasta en la cara. Son más rockeros que nosotras.

Cada vez se acercan más personas y nos resulta difícil defender la posición. Estamos en el peor sitio, si hay una avalancha, moriremos. No, tonta, estamos en el mejor sitio. De acuerdo. Pero no somos las únicas fans locas. Se nos presenta Rachel: ha visto a The National cuarenta veces en los últimos años. Ajá. Asentimos. Voy a cantar mucho, nos dice, me tendréis que perdonar. Ajá. Asentimos. The National se retrasa quince minutos y cuando por fin salen al escenario salta a la vista que Matt Berninger está hasta arriba. Se mueve sin parar, frenético, suda y bebe directamente de una botella de vino, ¡de las de verdad!

Da igual. Terrible love. I need my girl. I should live in salt. Somos felices. La banda da la entrada a Graceless y Berninger se lanza sobre su público, pero no se tiene en pie y se le ven los calzoncillos. La gente se acerca a tocarlo y, en efecto, se produce la avalancha temida. En serio, ¿la gente quiere tocar a alguien y luego no volverse a lavar la mano en la vida? Nos aprietan, nos vamos a caer. Matt Berninger, o bien se encuentra cómodo entre su público, o bien no sabe cómo salir de la que ha liado, porque ya lleva dos canciones por aquí y, por supuesto, no canta. Los de seguridad conseguirán llevarlo de nuevo al escenario para que termine el concierto. Les debemos quince minutos, Chicago, dice. Ajá. Asentimos.

Nos vamos a casa con una pequeña frustración, la felicidad de haber sobrevivido a la primera fila y los pies hipotérmicos.

***

El domingo hacemos lo que hacen los turistas en Chicago: Art Institute, Millenium Park, The Bean. Estamos tan cansadas que pensamos en volver a Iowa. Echamos de menos Iowa. Esto es muy duro de decir. Esta vez vamos directamente en autobús a Humboldt Park y, con todo, llegamos tarde al concierto de Patti Smith. En las últimas canciones anima al público a hacer una revuelta. Estaría bien, pensamos, no hemos visto ninguna revuelta en el Riot Fest, esto es puro postureo, pero justo entonces dos mujeres de cincuenta años pasan ante nosotras sin poderse sostener y tiran la bebida a un hombre que estaba por allí esperando a que empezara The Cure, y hay desafío, pero no llega a nada, las mujeres se caen al suelo y ruedan. Ahora entendemos lo del barro en la cara. Están tendidas frente a nosotras y son una imagen que nos aterra de lo especular que se vuelve. Oímos a The Cure, en serio, son demasiado viejos, y salimos pitando para alcanzar a escuchar algo de Weezer antes de coger el tren a Barlett, donde nos espera Britney para volver a Iowa. Oímos Island in the sun y empezamos a gritar como locas para que toquen Beverly Hills. La gente nos mira mal, nos sentimos en el riot del que ellos presumen. Es imposible que Weezer haya podido escucharnos, pero tocan Beverly Hills. Nos damos por satisfechas. Adiós, Chicago.

Al fin y al cabo al día siguiente tendremos que volver a la universidad y hacer como que aquí no ha pasado nada.