En la siguiente selección de escenas de A dónde van los corazones rotos asistimos a los últimos instantes de una tarde en la playa, en la que los miembros de una familia incompleta develan sus temores bajo el ritmo lento del viento y la arena. Cynthia Edul, actual residente del Programa Internacional de Escritores en Iowa, nos muestra su dramaturgia directa y sensible, en la cual personajes típicos de la cotidianidad destapan, como sin quererlo, lo atípico de sus vidas.

 

(Selección de Escenas III y IV)

“Empezaba a comprender que nada es
más inhabitable que un lugar donde se ha
sido feliz”
Cesare Pavese

“Entonces, ¿era esto el Faro? No, también
eso otro era el faro”
Virginia Woolf

Silvana (Madre)
Marina (hija mayor)
Santiago (el hijo)
Agustina (la hija menor)

Una playa. Primeras horas de la tarde. Viento fresco que poco a poco levanta arena.

Algunas sillas desparramadas, unas lonas, una heladera portátil, revistas tiradas, ojotas, unas canastas y bolsos. Poca gente alrededor.

A lo lejos, un grupo de jóvenes que  juegan un partido de fútbol; más allá, el faro.

Silvana y Santiago miran el mar. Marina lee un libro. Agustina, acurrucada, tapada con una toalla, escucha música con su walkman. Una pelota irrumpe en la inmovilidad de la escena y la golpea. Los demás permanecen impasibles.

 

III. Ahora cae el sol.

Marina: Ya no puedo leer.

Silvana: Yo no sé…

Agustina: Me hubiera traído un par de medias si sabía que la tarde se iba a poner así de fresca…

Montaje de “A dónde van los corazones rotos” (2012) por Fernanda Alvarez.

Montaje de “A dónde van los corazones rotos.” Foto: Fernanda Alvarez

Silvana: Vení, vení, acurrucáte entre nosotros… Vení.

Marina: No parece verano esta tarde.

Agustina se envuelve con unas toallas, mira el horizonte.

Santiago: ¿Qué lees?

Marina: Un libro.

Santiago: No me digas.

Marina: Es que no me quiero poner a explicar.

Santiago: Yo no sé cómo hacés para leer en la playa.

Marina: No sé. Ahora ya no puedo leer.

Silvana: Yo no sé…

Santiago: ¿Qué hora es?

Silvana: Lo tengo presente, presente. Mirá que no pensé que lo tenía tan así.

Marina: ¿Que cosa?

Santiago: ¿Así cómo?

Silvana: Presente.

Santiago (a Agustina): ¿Qué estás escuchando ahora?

Marina: Se despeja. Se va a ver el atardecer. ¿Viste?

Silvana: ¿No se quieren abrigar un poco más? 

Marina: Cuando éramos chicos…

Santiago: ¿Qué hora es?

Silvana: En un rato se va a encender la luz del faro.

Marina: En un rato sí.

Silvana: Yo no sé…

Santiago: Me parece que deberíamos ir yendo.

Marina: No, no. Se va a ver el atardecer. De a poco está despejando.

Silvana: Mirá. Parece como si fuera hoy.

Santiago: ¿Qué cosa?

Marina: Cuando éramos chicos.

Silvana: Bajaban a la playa.

Santiago: Los tíos, sí.

Silvana: Y yo los esperaba a ustedes con las toallas preparadas. Tu padre los lanzaba al mar.

Santiago toma el libro de Marina. Lo abre en una página que tiene la punta doblada.

Marina: De a uno, en fila india.

Silvana: En fila india, sí.

Santiago: ¿Quién escribe?

Marina: ¿Qué cosa?

Santiago: ¿Es mujer o hombre?

Marina: ¿Y si leés la tapa a vos qué te parece?

Santiago mira la tapa y vuelve a la hoja.

Santiago: “Por fin, cesó de pensar: permaneció sentado con la mano en el timón bajo los rayos del sol, contemplando el faro, incapaz de moverse, incapaz de espantar con un papirotazo esos granos de aflicción que se posaban, uno tras otro, sobre su mente.”  ¿Qué es papirotazo?

Marina: Como de un golpe. De un zarpazo.

Santiago: ¿Zarpazo es golpe?

Silvana: Como de un golpe. Como de un papirotazo.

Santiago: ¡Qué palabra!

Marina: Es por la traducción. Es española.

Santiago: “incapaz de espantar con un papirotazo esos granos de aflicción que se posaban, uno tras otro, sobre su mente”

Santiago se queda pensando y luego retoma la lectura.

Santiago: “Le parecía estar sujeto ahí por una cuerda, y que era su padre  el que la había atado, y sólo podría escapar cogiendo un cuchillo y hundiéndolo. Pero en ese instante giró la vela lentamente extendiéndose despacio, y el barco pareció sacudirse y emprender su ruta medio dormido, hasta que, despertándose, se lanzó a través de las olas. Sintieron un alivio extraordinario. Les parecía encontrarse, de nuevo, con holgura, separados los unos de los otros. Las cañas hacían un ángulo a lo largo del barco. Pero su padre no se sacudió. Se contentó con levantar misteriosamente la mano en el aire, dejándola caer de nuevo sobre la rodilla como si estuviera conduciendo alguna sinfonía secreta”

Silvana: Es lindo. Dice que van en un barco, ¿no es así?

Marina: En un velero.

Silvana: ¿Cómo dice de las olas?

Santiago permanece en silencio. Repasando algo de la lectura.

Silvana: De las olas, ¿cómo dice?

Santiago: “Se lanzó a través de las olas”.

Silvana: Se lanzó a través de las olas…

Santiago: ¿Por qué mejor no vamos?

Silvana: No, no. Ahora se pone el sol.  ¡Qué lindo está el cielo! Mirá. ¿No te gusta?

Marina:  Ahí empieza a bajar.

Agustina: Empieza, sí.

La pelota irrumpe en la escena y golpea los pies de Agustina.

Agustina: Es de no creer.

Agustina le entrega la pelota a Santiago que la devuelve a su lugar. Ella se sacude la arena.

 

IV. Ya cayó la tarde.

Silvana: Mirá qué maravilla. Rosa, anaranjado, lila. Ahora se esconde. En unos segundos. Así. Contás hasta diez y se escondió. Uno. Dos. Tres. Así hasta diez.

Marina: Qué lindo color…

Silvana: Un color que no vi nunca. Como un verde. Verde pastel. Ya no queda casi nada del sol. Mirálo ahí chiquito. Contá. Cuando termines de contar se escondió. Uno, dos. (Se quedan en silencio). Ya está. Ahí se va…

Otra escena de "A donde van los corazones rotos" (2012) por Fernanda Alvarez.

Otra escena de “A dónde van los corazones rotos.” Foto: Fernanda Alvarez

Marina: Ya van a encender la luz del faro.

Silvana: Ahora la encienden sí.

Marina: Cuando empieza a oscurecer.

Agustina: La arena me viene a los ojos.

Silvana: Tapáte. Tapáte. Ponete una toalla.

Agustina: No, dejá, dejá. Toalla no.

Silvana: Ponete así no te lastima. ¿Quién te va a ver? Ya no queda nadie.

Santiago: Ya es hora de ir entonces.

Silvana: Siempre se quedaba para ver la luz del faro encenderse.

Santiago: Ya cayó la tarde.

Silvana: ¿Viste que se empieza a ver todo distinto? Todo tiene otro color.

Santiago hace una seña a lo lejos, saludando al grupo de chicos que ya se alejan.

Santiago (a Agustina): Ahí se van tus amores.

Agustina: Sos un pesado Santiago.

Santiago: Ahora los vas a extrañar.

Agustina: ¿Qué decís?

Silvana: Porque te quiero te aporreo.

Agustina: ¿Qué decís mamá? Por favor.

Silvana (mirando al mar): ¿Qué es eso?

Marina: ¿Qué cosa?

Silvana: Eso, ahí, en el agua.

Marina: Unas gaviotas.

Silvana: No, no las gaviotas. Más adentro. ¿Quién es?

Santiago: Parece un buzo.

Marina: ¿Un buzo en esta zona?

Santiago: Es todo negro.

Marina: Entra y sale.

Silvana: ¿Qué hará un buzo en esta zona? ¿Quién será?  A estas horas en el agua.

Agustina: No es un buzo. Es una tonina.

Santiago: Acá no hay toninas.

Agustina: Se alimentan de las cosas que tiran de los barcos.

Santiago: Es un lobo de mar. Mirálo. Ahí asoma la cabeza.

Silvana: Un lobo de mar, sí.  Es verdad.  ¿Está solo?

Santiago: Yo no veo ninguno más.

Silvana: Mirá, mirá. Si mirás fijo  asoma la cabeza. Parecía un buzo, tenías razón. Un lobo de mar. Es grande… Ahí se asoma de nuevo… Ahora no…Ahí … Ahora no está… ¿Dónde se metió?

Santiago empieza a guardar las cosas. Agustina permanece acostada cubierta por todas las toallas que llevaron. Santiago se le acerca. Intenta sacarle una lona para doblarla.

Agustina (incorporándose):¿Qué pasa?

Santiago (señala a Silvana y baja la voz): Vamos guardando, ¿dale? Dame esto.

Agustina se corre. Santiago empieza a doblar las toallas.

Silvana: Ahí van las gaviotas a acompañarlo…  Se va para las rocas… (continúa mirando) Me dijo, paso, paso y no pasó…

Santiago: No iba a pasar el tío, nunca hace lo que dice…

Silvana: Pero me dijo paso, paso. Es más, me dijo qué lindo verlos a los chicos, hace tanto no los veo. Me preguntó por todos. Por Agustina, por Marina, por vos… Le dije, vamos a estar en la playa de siempre, me dijo, paso.

Santiago: Tal vez pensó que hoy no era día de playa.

Silvana: ¡Qué manía de decir una cosa por otra!

Santiago: Siempre fue así.

Silvana: Se quedó callado cuando le dije que habíamos puesto en venta la casa. No se lo esperaba. Le dije, las cosas no están fáciles y los chicos están grandes. Cada uno hace su vida. Y yo sola no puedo.

Santiago: Bueno, mamá, no es así…

Silvana: No, yo sé, yo sé. Yo no lo dije mal… No lo dije por mal. Yo sé, la vida es así, las cosas cambian. Acá cambió todo. Cambiaron los negocios, pintaron el faro, cambió, cambió. No es por mal. El se quedó callado porque no se lo esperaba. Andá a saber las cosas que le vinieron a la cabeza. Si yo tampoco puedo dejar de pensar. Hoy lo vi a tu padre en el faro, conversando con el torrero…

Los hijos preparan las cosas para llevarlas al auto. Silvana permanece sentada mirando el mar.

Agustina: ¿Qué es el torrero? ¿De qué hablan?

Silvana: Si siempre se acercaba a conversar con el que cuidaba el faro. El torrero se le dice. No se de qué hablaban… Si… Hablaban de barcos, hablaban de pesca, hablaban de la marea… Andá a saber las cosas que le vinieron a la cabeza a tu tío cuando le dije que habíamos venido a poner en venta la casa… Después volvía con algún caracol para ustedes. Marina se hacía collares. Tenia un montón de collares de caracol. (A Marina) ¿No te acordás?

Marina: Si me acuerdo… Me acuerdo de los collares…

Silvana: Descalzo caminaba al faro, siempre descalzo. No sé cómo hacía.

Agustina: Tenía como una capa de más en la planta del pie…

Santiago: Piel gruesa. Curtida. Eso tenía. Eso le amortiguaba todo.

Marina: No era una capa más de piel. Era piel seca.

Santiago: Las rocas.

Agustina: Nunca le quemaba la arena…  A mí tampoco me quema…

Santiago: Y eso que todo te molesta…

Silvana: Qué vas a hacer le dije… Las cosas cambian… No se lo esperaba… Le cayó como un baldazo…

Santiago: Ya está mamá, ya está…

Silvana: Y después me dijo, paso, paso, y no pasó…. Mirá el mar como se puso de repente. Furioso.

Santiago: Es que empieza a subir la marea.

Marina se pone un saco. Santiago mira a su madre. Agustina se cubre las piernas con una lona. Ellos están de pie. Silvana los descubre parados a su alrededor.

Silvana:  Hace cuánto que no los tengo juntos. Conmigo.

Marina:  Bueno, má. Por eso. Ya nos tenemos que ir.

Santiago: Tenés que dejar de pensar en  estas cosas mamá.

Agustina: Se está nublando sobre el mar. La arena.  ¿Esto es espuma?

Silvana: ¿Qué me querés decir con eso que repetís y repetís?

Santiago: Que tenés que empezar de nuevo.

Silvana: No, no,  por favor. No me vengas con eso ahora. Ahora no. Los tengo juntos. Conmigo. Hace cuánto que no los tenía a los tres juntos, conmigo.

Santiago: No me importa eso mamá. Vos tenés que empezar de nuevo, otra vida, qué sé yo. Mirar para adelante.

Silvana: Si yo los tengo a ustedes conmigo, yo estoy contenta… Yo miro para adelante. Miro. Miro.

Agustina: La arena.

Silvana: ¿Habría que llamarlo para ver si le pasó algo?

Santiago: Ya está mamá. No vamos a llamar a nadie.

Silvana: Está manía de decir una cosa por otra.

Marina: Nos vamos a dar un baño de agua caliente y vamos a comer, a ver la tele, a tomar un helado al centro, lo que vos quieras.

Silvana: Yo no quiero nada. Si ustedes están bien, yo estoy bien.

Santiago: Entonces nada. No vamos a hacer nada.

Silvana: Yo quiero que ustedes estén bien.

Marina: Nosotros estamos bien.

Silvana: Es que los extraño tanto.

Santiago:  Estamos bien mamá.

Silvana: Mirá. Miren. Mirá la gaviota. Mirá esta qué linda que está acá. Linda, linda. Y no queda nada de sol. Ahí va a despuntar la primera estrella.

Santiago: Ya está mamá. Tenemos que irnos.

Silvana: Se nos pasó la tarde, ¿no?

Santiago: Sí, y se está haciendo de noche.

Silvana: Ahí en el horizonte. Qué linda vista.

Santiago (se acerca a doblar la silla de Silvana): Vamos.

Silvana: Ahí está.

De repente se enciende la luz del faro y empieza a girar. Ellos permanecen en silencio, iluminados, en esa intermitencia.

Santiago: Ya está mamá. Ya pasó.

Fin.