Iris. Edmundo Paz Soldán. Editorial Alfaguara, Madrid, 2014. 376 pp.

Iris. Edmundo Paz Soldán. Editorial Alfaguara, Madrid, 2014. 376 pp.

Fue en el Primer Encuentro Internacional de Escritores que hizo el Centro Simón I. Patiño, cuando trajo a los argentinos Marcelo Damiani y Pablo de Santis, y al español Francisco Casavella, que por entonces era un perfecto desconocido, pero que unos años más tarde se convirtió en un referente en su país antes de morir, con 45 años, de un infarto cardiaco. Fue en Cochabamaba, yo tenía 22 y vivía hacía algo más de un año en esa ciudad, luego de haber cortado mis estudios de medicina y de haberme ido de Santa Cruz con la idea de estudiar filosofía. Ahí, en el principio de la década pasada y en las circunstancias que acabo de mencionar, conocí a Edmundo Paz Soldán.

Entonces él era un escritor joven, lo presentaban en todas partes como el escritor joven boliviano, aunque tendría la edad que yo tengo ahora, y yo me considero cualquier cosa menos joven. Recuerdo que con Rodrigo Hasbún, Wilmer Urrelo y Anabel Gutiérrez, leímos algunas de las cositas que escribíamos. La lectura tuvo lugar en la mañana del último día del encuentro y como era de esperarse, no fue casi nadie, ni siquiera nosotros pensábamos ir porque teníamos una resaca atroz y porque francamente estábamos aterrados de leer en público. Hasbún y Gutiérrez ya habían publicado algunos cuentos y poemas en antologías, Urrelo ya tenía una novela —Mundo Negro—, pero yo no tenía nada más que textos inéditos que escribía a mano y que transcribía en computadoras de la universidad y de cafés Internet, lo que incrementaba el tamaño de mi nerviosismo, ni con todas las cervezas que me tomé la noche pasada podía esconder la timidez y el pavor de leer en voz alta frente a desconocidos. Edmundo fue uno de los pocos que asistió a la lectura, escuchó con atención nuestros cuentos y poemas. Horas más tarde, en un almuerzo que se hizo en una de las mansiones que tenía Patiño, se acercó a donde estábamos nosotros y nos hizo preguntas sobre lo que habíamos leído. Me impresionó que su curiosidad y su interés fueran auténticos, en mi cabeza no entraba la posibilidad de que alguien nos tomara en serio, pero si de algo he estado seguro en los años en que he conocido a Edmundo como amigo, es de su generosidad.

Lo primero que leí de Edmundo fueron los cuentos de Amores imperfectos (1998) y la novela Río fugitivo (1998), y lo que encontré allí no era la Bolivia de la que yo huía, la Bolivia de bloqueos continuos en la carretera que unía Cochabamba con Santa Cruz, la de las manifestaciones en los centros de las principales ciudades del país, la de las disputas entre cocaleros y gobierno, la de los dramas sociales, la de las abismales diferencias de clases, la del racismo, la de la corrupción en distintas esferas. Me explico mejor: encontré esa Bolivia por supuesto, la Bolivia en la que yo había nacido y en la que me había criado y la que salía a diario en las noticias y la que prometía en todo momento romperse en mil pedazos, pero en sus libros aparecía como un contexto, como el escenario donde transcurrían historias de otro tipo, historias que tenían que ver con dramas de amigos o dramas que acontecen en torno a familias de clase media. Historias de un universo que no se diferenciaba tanto del que yo también quería explorar. Y eso, está de más decirlo, fue un gratísimo descubrimiento. Fue la constatación de que se podía escribir sobre Bolivia sin caer en sociologías baratas con la condición de que esta aparezca como un paisaje. Un paisaje atroz y bello, pero siempre algo que no está en el centro de lo que se narra, si no en la periferia. Y esa tensión entre centro y periferia, a mi entender, fue la que marcó el ritmo de la obra de Edmundo hasta la escritura de Palacio quemado (2006), una novela donde narró abiertamente un periodo crítico de Bolivia, la salida del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada derrocado por los movimientos sociales de El Alto. Ese libro, sumado a una crisis personal que Edmundo ha mencionado en más de una entrevista, significó la saturación del proyecto narrativo que había iniciado con Días de papel (1992). Luego de Palacio quemado algo aconteció en su narrativa, hubo un cambio drástico de escenario. Bolivia se borró y en un primer momento apareció Estados Unidos, en Los vivos y los muertos (2009), y luego México, en Norte (2011). Pero el cambio fue más profundo y no se limitó a transmutar el escenario, si no que algo también mutó en la genética de su voz narrativa. Estas nuevas novelas están tfeñidas de violencia, una violencia que antes estaba ausente de su escritura y que ahora se proyecta en distintos aspectos del engranaje social: desde el psicópata white trash hasta soldados colonizadores de una tierra extraña, los estados alterados de la mente ocupan un lugar central en el mundo de sus ficciones más recientes. Esto que bien podría ser clasificado como una trilogía de la violencia, culmina en Iris (2014).

Me gusta pensar en Iris como una novela que al mismo tiempo es un lugar. Una novela que más que una historia o que un puñado de historias, se sostiene por la arquitectura de un ecosistema. Una novela que en sí misma es el lugar que narra y donde la trama y los personajes están supeditados a este organismo caótico y vivo que es el mundo que se describe. Iris es un territorio en conflicto provisto de una fauna y una flora excesivas, de minas que durante años han producido un mineral que explota la cultura dominante que los coloniza. Iris también es el territorio donde años atrás se experimentó con armas nucleares, lo que produjo mutaciones en los habitantes, convirtiéndolos en humanoides. Es el espacio donde se lleva a cabo un proceso de colonización pero también donde acontece un movimiento de liberación llevado a cabo por un grupo de rebeldes irisianos que están guiados por un líder carismático, Orlewen, una especie de Che Guevara que fue minero en su juventud pero que luego de algunas experiencias místicas se convirtió en un guerrillero con cualidades mesiánicas. Iris es un lugar para perderse, para desaparecer por completo, para morir a consciencia. Iris es antes que todas estas cosas mencionadas, una mitología y una cosmogonía donde aparece Xlött , un dios terrible que está en todo y en todos y al que algunos iniciados acceden a través del consumo de una planta llamada Jun, que es una clara referencia a la ayahuasca.

Edmundo Paz Soldán.

Edmundo Paz Soldán.

En el primer bloque hay un fragmento muy bello que sintetiza, a mi modo de ver, la novela entera: “Cómo sería el cráneo de Reynolds. Abrirlo, una gran aventura. Sólo placas yuxtapuestas, cada una con códigos que se hablaban entre sí para crear emociones, articular ideas. Entre los ojos un chip borboteando datos, imágenes incesantes que se superponían a todo lo que podía verse a través de las retinas. Una realidad aumentada. La realidad estaba siempre aumentada, eran los hombres los que la veían pequeña y debían servirse de diversas ayuditas para percibirla más intensa. Los pobres humanitos”. Este fragmento, que en cierta medida remite a las obsesiones de Philip K. Dick un fantasma que recorre las páginas de Iris—marca el tono y las búsquedas que propone la novela, donde siempre se cuestiona la naturaleza de la realidad y donde los personajes, ya sean del bando de los colonizadores o de la resistencia, tienen una estrecha relación con la droga, aunque la emplean por dos motivos opuestos. La novela plantea un debate en torno a drogas de carácter natural, el Jun, que tiene connotaciones religiosas y cuya principal función es revelar no sólo realidades del mundo interior si no también aspectos desconocidos del universo, y las drogas de diseño, los swits, que constantemente están ingiriendo los soldados para poder lidiar con el estrés ocasionado por el combate. Mientras el Jun permite una apertura y una liberación, los swits posibilitan la domesticación del cuerpo y el control de la milicia por los centros de poder, ya que los soldados son máquinas biológicas manipuladas por la química, desde que eran niños se les vacunó con una sustancia que les obligaba a entregarse si habían cometido acciones contrarias al régimen. Uno de los personajes plantea el debate de forma elocuente: “El asunto es hacerle al Jun. Porque ahí la cosa no sólo es divertida. No se trata de ver estrellas nel universo, sentirse como un boxelder en la inmensidad. Con el Jun yo comencé a ver líneas que conectan estrellas. El hemeldrak es maravilloso. Descubrí las constelaciones mas no las que nos han obligado a creer. Descubrí a los guardianes. A los hurens. Los q´están nel cielo de arriba velando noso sueño desde tiempo antes de que nos crearan. No todas figuras positivas, hay los que desalman mas igual protegen. Uno tiene tres ojos y una lengua electrizante, es mi guardián personal”.

La idea del uso de drogas como forma de conocimiento se remonta a una larga tradición, se me ocurre mencionar en occidente a Aldous Huxley, con un libro como Las puertas de la percepción, pero si buscamos referentes más cercanos, los encontramos en Jaime Saenz, que a través de poemas brutales como La noche propuso la experiencia alcohólica como un medio para encontrarse con lo místico. En Iris se recrea una leyenda urbana paceña que se asoció con Saenz y con los aparapitas que obsesionaron al autor de Felipe Delgado: El Cementerio de Elefantes, un lugar donde una casera proporciona refugio y trago a los que quieran encerrarse a morir a punta de alcohol. En Iris, algunos iniciados que quieren dejar el mundo, se encierran con un buen suministro de Jun, hasta que sus cabezas estallan.

Iris es una novela que se la puede leer como la apertura a un nuevo exotismo, un tema que ha sido tabú para la literatura latinoamericana en los últimos 20 años. Cuando menciono el término exotismo lo empleo en el sentido estricto con el que los primeros cronistas europeos que pisaron tierra americana lo emplearon. Es decir la imposibilidad que registró Colón en sus Diarios o Cabeza de Vaca en Naufragios para definir y apropiarse de la nueva realidad con la que se topaban. La imposibilidad de dar cuenta de esa realidad y de explicarla bajo las premisas y los referentes que el viejo mundo tenía para narrar el entorno. Iris son los fogonazos desmesurados de una voz narrativa que da testimonio de este nuevo mundo que es lo completamente otro. Cito algunos ejemplos: “Xavier se preguntó cuándo dejaría de comparar lo que encontraba en Iris con los colores y olores que había conocido Afuera. Cuándo dejaría de extrañarse con lo que lo rodeaba. Cuándo vería todo como algo natural. Ese día dejaría de ser un pieloscura, su identidad sería más de aquí que de allá”. Otro más: “Vivía sacando holos, abrumado por el paisaje, las sha-storms que cubrían las ciudades no sé cuántos días al año, los animales que los científicos descubrían y pa los cuales inventaban clasificaciones arbitrarias, las plantas salidas de manuales de literatura fantástica”. O este: “El valle está lleno de animales caníbales. Los machos de la zhizu colorada se entregan voluntariamente a ella pa que se los coma. Lo hacen después de procrear. Hay un gusano que tras tener sus crías se entrega a ellas pa que se los coman y así puedan sobrevivir. Monos que no pueden hacerse cargo de todas sus crías escogen cuáles comerse con sus crías mayores”. O este último: “Aves de plumaje rojo cruzaron por sobre su cabeza; sus chillidos rebotaron en las laderas de las montañas. Recordó la leyenda irisina de los pájaros arcoíris: cada uno de ellos de un color, de modo que sólo juntos pudieran formar la unidad del arcoíris”.

El tono de la novela es, en buena parte de esta, el que corresponde a un tratado de etnografía y de naturalismo alucinado, por eso se privilegia la descripción por encima de la acción, y por eso la novela adquiere niveles de digresión que no había en otros libros de Edmundo, un escritor que siempre estuvo preocupado por trabajar tramas coherentes y pulcras y funcionales. Esta apuesta por el exceso viene acompañado por un lenguaje cargado de neologismo y de alteraciones a nivel sintáctica, de palabras que son transcripciones literales del inglés y del quechua.

Esta apertura a un nuevo exotismo no se da a través del realismo mágico, una fórmula trillada y ya en desuso, sino a través de la ciencia ficción, un género tradicionalmente considerado menor y que en los últimos años ha tenido un realce debido a la reflexión que despertó las nuevas tecnología y a la supuesta crisis del realismo. Durante años la literatura latinoamericana se enorgulleció de ser escrita bajo la ilusión que proporcionaba la globalización. La ilusión de que nuestras vidas eran más o menos las mismas en cualquier parte del mundo con tal de que hubiera televisión por cable, internet, celulares inteligentes y McDonald´s. El mismo Edmundo, en un principio de su carrera literaria, se vio asociado con los McCondo, que postulaban una lectura anti-localista y uniformadora de América Latina que estuviera regida por los parámetros del realismo sucio y no por el lirismo caribeño de García Márquez. Un movimiento que algunos medios, en un intento sensacionalista, acusó de parricida. Me parece aguerrido el gesto de Iris porque marca una ruptura con esta forma de pensar la literatura que su propio autor sostuvo a lo largo de los 90 y hasta a mediados de la década de 2000, y se instituye como un reconocimiento de la alteridad: la narración de lo que no ha sido domesticado por los sentidos y por la tecnología. Este giro retoma una veta inaugurada muchos años atrás por el autor de Cien años de soledad, sólo que a través de enfoques distintos.

Iris es un artefacto político que se vale de la distopía para tocar problemas actuales como la lucha de clases, la violencia colonizadora, el racismo recalcitrante y el mesianismo militar. Si bien hay ecos de películas y de novelas como Solaris, Blade Runner, Avatar y Outland, también es un universo que reescribe mitos y ritos muy cercanos a Bolivia, como la cosmogonía de El Tío en las minas de Potosí o el culto de la ayahuasca en las selvas de Pando. Todo eso propicia un terreno ambiguo, misteriosamente lejano y cercano al mismo tiempo, que Edmundo ya habita en confianza y de donde cabe esperar más y más libros igual de valientes.

(Texto leído en la presentación de Iris, de Edmundo Paz Soldán, en la Feria del Libro de Santa Cruz, Bolivia, el 31 de mayo de 2014)


 

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