Centro de la ciudad, Iowa City, entre 1920-1925. Cortesía de Frederick W. Kent Photograph Collection, University of Iowa Archives.

Centro de la ciudad, Iowa City, entre 1920-1925. Cortesía de Frederick W. Kent Photograph Collection, University of Iowa Archives.

La mujer loca camina al frente

dando tumbos sobre la acera,

gira su cabeza al vilo,

cuello de gallina sacrificada

sobre la piedra del haber nacido.

Lleva una maraña de bolsas,

migas de cordura, gemas verdes

atesoradas en el balbuceo de los recuerdos,

y un abrigo grueso, muy parecido al mío

abierto para la obsidiana de la intemperie.

No hay nada más vivo que un cuchillo.

Le gusta, quizás nos gusta

el vaho del otoño sacerdotal

contra el pecho, y no usar guantes

cuando todavía estamos a tiempo

de sentir algo, aunque sea frío.

Se detiene,

la mujer loca se detiene,

yo aminoro el paso,

aparto los ojos,

temiendo su rostro,

su montura vieja, sus lentes,

el aumento de los espejos.

Ahora sigue,

cruza más adelante,

se pierde

por un callejón solitario

de Iowa City,

y yo también sigo,

desnudo

con mi rostro verdadero.

Por fortuna, no hay nadie

en este callejón.

 

El hombre sobre el puente, el puente sobre el río,

un río sobre otro río, capas interminables, membranas,

pompas, cúpulas que se quiebran demasiado pronto,

catedrales que ruedan con el río hacia el olvido,

hacia la memoria, hacia los escollos de la invención,

arena fina, guijarros, diminutas plantas de verdes transparencias

que ondean fugas, anhelos de soledades marinas, la boca del océano,

el beso sagrado de la tormenta, el cardumen de la oscuridad, los peces inasibles

y la página salobre iluminada por los soles del mañana.

 

Te voy a mostrar una cosa que me fascina.

Escribe en Youtube, Motion Poems.

Verás primero, una frase,

debe decir: This is a motion poem.

Haz clic a allí, y luego

clic sobre Browse videos.

Encontrarás un poema,

The Poem Of The Spanish Poet,

de Mark Strand.

Disfrútalo.

Yo vi a Strand en Iowa en 2009.

Nunca lo había leído, no sabía quién era.

Y ese día, nos dijeron para ir,

y yo salí a la hora indicada.

Llovía.

No tenía ropa para la lluvia

(nunca pensé que me llovería en Iowa),

y me mojé como un idiota, toda la ruta

hasta el auditorio.

Aquel lugar estaba repleto de gente.

Estudiantes.

Y yo me senté en silencio

y mojado

a esperar a Strand.

Entonces llega aquel señor

alto, muy alto, viejo,

y con esa aura serena

de los poetas.

Strand, sin más,

se ha puesto a leer sus poemas,

a leerlos casi en susurros,

a envolvernos,

a sacarnos de la sala,

de la lluvia,

a sacarnos

de nosotros mismos

y de la costumbre

de las palabras.

Desde entonces

no he dejado de leerlo,

a Mark Strand.

 

Nacer en las palabras de otra ciudad,

nacer justamente cuando estás muerto.

Nacer y tener ojos de mundo nuevo,

recorrer una ciudad con biblioteca,

con librerías, con tiendas de cómics,

de discos usados en perfecto estado,

un bar de jazz y luego en tu cuarto

mientras escribes, John Coltrane.

Casi a tus cuarenta caminar,

sin dolor de pies, ojos absueltos,

sin miedo, sin rumbo, como no se camina

en nuestras metrópolis, tan enormes,

tan violentas, tan ignorantes.

Dejar atrás, sin mirar a los lados

o mirando, pero sólo para ver

pantaloncitos y faldas,

con prudencia eso sí,

porque el harrassment,

ya sabes.

Fumar, ir disfrazado

en la noche de Halloween

a la una, a las dos,

a las tres de la madrugada.

Y otro día, con buen sol, enrumbar

hacia el Tobacco Bowl, Dubuque St.,

allí donde están todos los locos del universo,

o por los menos de la ciudad,

allí donde un viejo parecido

a William Burroughs,

sentado solo e inerte en una mesita,

deja salir una burbuja de moco

por la nariz,

hasta que estalla

y nada pasa,

a seguir fumando.

Caminar, ser libre,

casi a tus cuarenta

ser libre,

sin piedras en la espalda,

dueño del tiempo

que no necesita tiempo.

Caminar, simplemente, contigo mismo,

a cada paso volver a nacer,

caminar nacer caminar.