Iowa City, y por supuesto, el IWP, puede considerarse la Meca de todo escritor, no en el sentido ñoño y desmañado en que suele usarse la frase (‘un lugar que los escritores aspiran conocer’) sino en el rigurosamente religioso: el lugar de peregrinación que todo escritor debe visitar al menos una vez en su vida. En primer lugar, como ejercicio de humildad: Iowa City debe ser la única ciudad del mundo en la que TODOS son escritores, o aspirantes a escritores, o escritores fracasados. En cualquier otra ciudad del mundo, cuando uno responde, a la pregunta ‘¿A qué te dedicás’’, ‘Soy escritor’ cosecha interés, nuevas preguntas, respeto y atención. Esto es especialmente útil a la hora de entablar conversación con las muchachas. Cuando fui visiting fellow en Cambridge, el comentario de mis colegas que escuchaban por acaso estas conversaciones era: “Ojalá yo pudiera usar una línea como esa”. En Iowa City, en cambio, las palabras mágicas producen como invariable resultado la respuesta: “Ah, no me digas, Yo también.”

Margaret Boedeker y una amiga tienden la ropa, 1940. Cortesía de Iowa Women’s Archives, University of Iowa Libraries, Iowa City.

Margaret Boedeker y una amiga tienden la ropa, 1940.
Cortesía de Iowa Women’s Archives, University of Iowa Libraries, Iowa City.

Por el lado positivo, es indudable que Iowa City, y sobre todo el IWP, ofrece la experiencia casi inédita de una comunidad de escritores, algo así como el reverso de la República de Platón: si él le decía a los poetas “Os expulso de nuestra república” los poetas, en Iowa City, pueden retrucarle: “No me digas. Ahora nosotros los expulsamos a ustedes.” Lo que los congresos, festivales y ferias del libro ofrecen fugaz y parcialmente, una experiencia de vida cotidiana en un mundo de escritores, Iowa City lo convierte, al menos durante tres meses, en imagen de una vida posible: una temporaria Arcadia de las letras, bendecida por el bien más preciado y esquivo en la vida de un escritor, el tiempo para escribir y la ausencia de obligaciones y preocupaciones. El escritor argentino Leopoldo Brizuela, que me precedió como invitado del IWP, lo dijo con palabras más simples: “Fue la etapa más feliz de mi vida.” No sé exactamente a qué adscribir esa peculiar felicidad: todo lo que he dicho antes me suena demasiado racional, demasiado práctico, demasiado interesado. Hay algo más, algo que emana de las calles arboladas, de la peculiar cualidad de la luz que atraviesa el follaje de esos árboles, de las casas de madera; todo esto acompañado por el tránsito de los finales del verano, cuando llegamos a bañarnos en el lago, a los primeros copos de nieve del invierno. Borges, citando a Chesterton, propuso alguna vez la idea de una torre ‘cuya sola arquitectura es malvada’. Iowa City es una ciudad cuya sola arquitectura es amable, y esta amabilidad y calidez se espejan en las de sus habitantes. Es una sensación que comparto con mis dos hijas, que compartieron conmigo una parte de mi estadía. Para ellas, Iowa City fue su primer contacto con los Estados Unidos, y aunque luego visitarían Chicago, Miami, Los Ángeles, Nueva York y San Francisco, nunca dejan de recordarla con nostalgia, y siempre preguntan cuándo volveremos a visitarla.

Es hora de justificar mi título, y lo haré sin muchas vueltas: los blues de Iowa City son los que acometen a quienes están lejos y no saben si algún día habrán de volver a ella.