Para colmo, el mal tiempo. Teníamos que cerrar las ventanas del hotel Iowa House por la lluvia y el viento arrancaba las hojas de los árboles de Hubbard Park. El Tobacco Bowl se llenaba y el calor y el humo de adentro empañaba los cristales. Fue un buen otoño en Iowa City y fumamos y le pregunté a Ana Merino si pensaba ir a la corrida de toros y ella me dijo pero de qué corrida de toros me hablas por amor de Dios, y no quise insistir y me calcé unos guantes de boxeo y le pedí a Hugh Ferrer que me hiciera de sparring y Hugh me dijo que le encantaría pero tenía que alimentar al hamster de Shambaugh House, así que volví caminando bajo la lluvia.

Me senté en el Which Wich? y pedí un Wich y saqué mi libreta y me puse a escribir un cuento que sucedía allá en Buenos Aires. Escribí una corta frase buena y verdadera y después otra y me trajeron el Wich, que era bueno y verdadero, y miré al Wich y pensé: te he visto, belleza, con tu relleno de cerdo y tus pickles y tu salsa de mostaza y tu queso doble, y aunque nunca vuelva a verte eres mío y todo Iowa City es mío y yo soy de este cuaderno y este lápiz.

Marcha para la paz en la calle Clinton, Iowa, 1960. Cortesía de Frederick W. Kent Photograph Collection, University of Iowa Archives.

Marcha para la paz en la calle Clinton, Iowa, 1960.
Cortesía de Frederick W. Kent Photograph Collection, University of Iowa Archives.

En aquellos días nos reuníamos en una habitación del segundo piso que es la sala de estar del hotel Iowa House, para intercambiar historias de nuestros países o para beber y bailar. Saqué la guitarra y Pola Oloixarac, la escritora argentina, me pidió que no tocara. Yo dije que iba a tocar una canción buena y verdadera y Pola llamó a Najwan Darwish, el poeta palestino, y Najwan me pidió que no tocara y Sölvi Sigurdsson, el escritor islandés, me pidió que no tocara. Después se acercó el doctor Chehem Watta, el escritor de Djibouti, y preguntó qué pasaba y se lo dije y el doctor Watta me pidió que no tocara. Éramos treinta y ocho escritores aquel año en el Programa Internacional de Escritores y todos me pidieron que no tocara y me calcé unos guantes de boxeo y le di en broma un golpe en el hombro a Turusbek Mandilay, el escritor de Kirguistán, y Turusbek se rió y me dijo que no volviera a hacer eso. Después de eso contamos muchas historias buenas y verdaderas.

 

Hosein Naqvi era un muchacho corpulento, con la cabeza rapada como un huno y grandes ojos con párpados pesados. Tenía una voz de barítono que usaba para decir cosas que después oías repetir muchas veces en los bares de Iowa City. La noche de la lectura pública en la librería Prairie Lights pegó su boca al micrófono, de modo que su voz salió saturada de notas bajas, y dijo:

–Esto será corto pero dulce.

Decía que donde estuviera sólo necesitaba una botella de whisky y un amigo para compartirla. Usaba un pañuelo en la cabeza como David Foster Wallace. Decía que pronto íbamos a estar todos muertos. Pero si conocías a Naqvi sabías que esa panoplia de escritor torturado era un chiste para él. En su libro, Home Boy, los personajes son unos chicos pakistaníes que se sienten provincianos en Nueva York. Hacen lo posible por parecer cool y saben que parecer cool es previsible para chicos como ellos y no se toman tan en serio como para pretender comportarse de un modo diferente al previsible. Algo de esta humildad paradójica había en Hosein.

Hosein era un buen amigo. En la fiesta de Halloween lo vi hablar con un escritor boliviano. Muchos de los escritores que llegaban a Iowa City tenían alguna clase de problema personal: un divorcio, un problema con el alcohol, impulsos autodestructivos, tendencia a meterse en relaciones complicadas. El boliviano tenía alguno de esos problemas, aunque no recuerdo cuál. Naqvi le apoyaba un brazo sobre los hombros y con su fuerte acento pakistaní le decía:

–De bordaste gomo un basdardo, bero dampoco merecías la baliza que de dieron, aungue es berdad gue de bordasde gomo un basdardo.

El boliviano sacudía la cabeza, como negando algo, y Naqvi le apoyó la mano en el hombro con más fuerza y dijo:

–¿Gué guieres, gue diga gue no de bordasde gomo un basdardo? En verdad de bordasde gomo un basdardo, bero dampoco merecías la baliza gue de dieron.

 

El río Iowa se pone muy hermoso en otoño. Y si estás intentando escribir una novela que es larga y difícil y al mismo tiempo querés mantener la cabeza despejada y hacer un poco de ejercicio y leer sentado a la sombra de los árboles, te aseguro que no hay cosa mejor que el paseo ribereño. Yo salía llevando un ejemplar de Me casé con un comunista, que había tomado prestado de la biblioteca. Ese otoño leí la trilogía de Zuckerman de Roth, y Catch-22 de Heller, y los Recuerdos de Provincia y la Vida de Aldao de Sarmiento, y muchos poemas de John Ashbery, William Carlos Williams y el argentino Martín Gambarotta, de cuyo largo poema Punctum yo había oído hablar tanto en Buenos Aires, pero que nunca me había parado a leer.

Recuerdo haber caminado río abajo hasta cruzar un puente y después haber atravesado un bosque de arces y después un campo abierto donde había toboganes para niños y hamacas, que los hispánicos americanos llaman columpios. Era un placer pisar las hojas secas de arce y en el río había botes y los remos se movían rápido y los botes tenían en la popa lucecitas rojas. Recuerdo haber pensado: ¿para qué las lucecitas? ¿Por el tráfico? Pero aprendi que no es raro que los botes tengan luces rojas de freno, ni que la gente camine apurada ni que haya largas colas en los cines, porque Iowa City es un fragmento del centro de alguna gran ciudad cosmopolita trasplantado mágicamente al medio del campo.

 

Había una actividad constante en Iowa City. Alguien leía su obra en progreso en Shambaugh House. Alguien conversaba con su traductor en The Mill. Ghada Abdel Aal daba una conferencia sobre literatura egipcia en MacLean Hall. Alan Cherchesov tecleaba como una locomotora en su habitación. Billy Kahora seguramente también, porque nunca lo veía. Una tarde vi a Laura Fish paseando con su hijo Gabriel por Lynn Street. Cada uno tenía un helado en la mano.

Conversé mucho con Najwan Darwish en el cuarto de lavandería del hotel mientras nuestra ropa daba vueltas en la máquina. Me hablaba de la ocupación israelí de los territorios palestinos. Hablaba con una indignación tan serena y tan ardiente que no dudé que tarde o temprano conseguiría lo que buscaba. También recuerdo las caminatas, temprano a la mañana, con Ofir Touche Gafla, el escritor israelí. Touche me llamaba darling. Así que yo también lo llamaba darling.

Touche escribía libros de una clase muy personal de ciencia-ficción. Era flaco como una escoba, tenía una frente grande y usaba el pelo largo y muy negro recogido en la nuca con una gomita. Nunca conocí a una persona más gentil ni más compasiva. Tampoco conocí mucha gente capaz de ser graciosa como lo era Touche. Me contó historias del servicio militar en Israel. El uniforme le quedaba grande y el fusil al hombro lo hacía chocar con los marcos de las puertas y romper vidrios. Era un personaje de Chaplin. Un día, mientras Touche caminaba a paso rápido, respirando con cuidado y moviendo los brazos para mantener un buen ritmo, me dijo:

Darling, ¿puedo hacerte una pregunta?

–¿Qué cosa, darling?

–¿Crees que esto es real?

–Esto es fantástico.

–No quise decir eso, darling. Ya sé que Iowa es fantástico. El programa es fantástico. Todos son fantásticos. Me refería a otra cosa.

–No corras tan rápido.

–Quiero decir que se supone que escritores de todas partes vengan aquí. Con sus lenguas, su historia, su cultura. Pero ¿sucede eso?

–Creo que entiendo adónde vas.

–¿Te comportas como lo harías en Argentina? ¿Me comporto como lo haría en Israel? ¿Crees que si hubiéramos conocido a Hosein o Chandrahas en Pakistán o en la India habría sido igual?

–No habría sido igual.

–Esto que somos aquí… Tampoco somos americanos. ¿Sabes qué somos, darling? Esto somos nosotros en traducción. Eso es. ¿Cómo se llama en español A moveable feast?

–París era una fiesta, darling.

–Somos una traducción. Tómalo o déjalo, darling.

–Yo crecí leyendo traducciones, darling.

–Yo también, darling.

 

Fue un buen otoño y comimos muchos wiches y Hosein Naqvi al final me explicó que era la abreviatura de la palabra sandwiches y me costó creerlo y Hinemoana Baker me dijo que era cierto y Turusbek Mandilay me dijo que era cierto y al final tuve que aceptarlo. Fumamos y caminamos mucho aquel otoño y escribimos y Alan terminó su novela y Andrea Hirata terminó doce o trece novelas y después tuvimos que dejar Iowa City para visitar New York y Washington y después volver a nuestros países de origen. Me despedí de mis amigos y del gran Christopher Merrill y le pregunté a Ana Merino si ahora que nos íbamos iba a tener tiempo para ir a ver las corridas de toros y Ana me dijo pero de qué corridas de toros me hablas, por amor de Dios, y no quise insistir y Turusbek me dijo que no volviera a hacer eso.