Tuve que enterarme por el email de una amiga desde Montevideo, que el lugar en el que me encontraba tenía ese nombre. “Ayer estuve en El Inmortal y tus amigos libreros me dijeron que te habías ido a Extrañjia. Espero que todo ande mejor que por aquí. Besos brujos”.

Ese era el nombre. No podía llegar en mejor momento. Hacía días que me preguntaba en qué clase de laboratorio de la realidad me encontraba. Una ciudad Ur, había pensado antes, en la que a cada rato uno entra en conversaciones en las que descubre algo de interés primigenio. Pero esa otra denominación con aire de fundación utópica, en la que lo extraño y lo extranjero se fusionan, sonaba raro y perfecto: Extrañjia.

La noche anterior la Lectura había salido bien, según me decían. Pero ese final con el estreno del largo poema “The shadow”, recitado en mi inglés chapucero con ínfulas yespirianas, a mí se me había hecho eterno. Según Falcón, todo lo contrario.

–Podías haber seguido con the shadow tal cosa y the shadow tal otra, pa´ mí tenía un efecto encantatorio– dijo.

–`Ta, gracias Falcón, pero desde el corazón del río como mar, uruguayos y argentinos jamás serán vencidos–le respondí.

Marcha de mujeres frente al edificio principal de la Universidad de Iowa, 1960. Cortesía de Iowa Women’s Archives, University of Iowa Libraries, Iowa City.

Marcha de mujeres frente al edificio principal de la Universidad de Iowa, 1960.
Cortesía de Iowa Women’s Archives, University of Iowa Libraries, Iowa City.

Elina se me plantó enfrente y me dijo elogios irrepetibles. Sobre todo porque yo no la escuchaba, encandilado por unos labios en rojo-motion que abría y cerraba al compás de unas aladas pestañas, en yunta con sus delgadas manos de pianista rusa. Tuve que guglear “uzbequistán” para asegurarme que existía en el globo un lugar donde nacían criaturas como esa. Volviendo al tema: seamos sinceros, la mayoría de la gente había quedado fascinada por el sonido de la copa de cristal tocada a modo de cuenco tibetano con la que abrí el recital, y no tanto por los poemas. La primera vez que oí ese sonido imantador fue en el edificio de apartamentos de la calle Berro. Esos seis amigos que crecimos juntos en aquel barrio de Montevideo fue el primer centro de experimentación de la realidad que me iluminó el camino. La magia duró desde los todavía alegres finales de los cincuenta, atravesó con gloria y desparramo la sicodelia y la guerrilla de los sesenta, y llegó hasta 1973. Allí, en ese casillero de la historia, los milicos nos metieron en una pesadilla de la que muchos nunca despertaron. Ahora me vino a la memoria, fueron los hermanitos Pasquet, entrenados por su padre pianista, los que bajaron en aquella ocasión los tres pisos por escalera del edificio de Berro, haciendo sonar cada uno su copa de cristal. Con esa ceremonia sonora se había iniciado la primera velada artística de recolección de fondos para nuestro equipo de fútbol. Con la vieja y querida casaca verdiblanca del Sarandí Pirí nunca salimos campeones de ningún torneo, salvo el de la infancia. “Así que desde allá me viene sonando la copa”, me dije esa noche antes de hundirme en los auriculares del ipod, en el que esa mañana había bajado el Money Jungle de Ellington, Mingus y Roach. A la altura de “Rem Blues” ya estaba en el quinto sueño.

  

A la noche siguiente el festejo de Halloween comenzó temprano en el Fox Head. A esa hora, con poca gente, el lugar desprendía un olor agrio como de resaca. Una vez más la explosión demográfica proveniente de treinta países y no sé cuántas lenguas, tomó en un par de horas las instalaciones del histórico Bar de los writers. Así sucedía año a año desde la segunda posguerra mundial, según se decía. No éramos la excepción sino la regla, pero como dicen los teatreros “cada noche es un estreno”.

Apenas subí los escalones de madera y crucé el umbral de la puerta de vidrio, Elina me rezongó, enfatizando mis dos nombres de pila como lo hacen en las telenovelas mexicanas, cuya popularidad también es enorme en su país de ensueño:

–“Luis Alberto, I can´t believe you didn´t come to barn dance! I am going to dance with you, right now!”, dijo tomándome la mano, mientras en la rocola sonaba una azucarada canción country. Le besé la mano fría y temblorosa como la de una virgen, y le pedí disculpas por no haber asistido a la infame clase de Barn Dance, ironía que ella no comprendió. Matías me miró de reojo como diciendo, cabrón. Es que la tensión entre belleza e inocencia que producía la veinteañera samánida venía haciendo estragos en más de uno. Anyway, el Fox escupía gente, tanta que incluso con Joe, nuestro guía local, estuvimos más de veinte minutos (fuckyouman) esperando por un whisky. Para colmo te lo sirven en uno de esos vasitos que en mis pagos se usan para un fondo blanco de ginebra. Seguían sonando temas folk y el paisaje rural se complementaba con las camisas a cuadritos de los cuatro cowboys que ocupaban la mesa de pool. Cuando todo parecía perdido, un servidor se infiltró en la rocola y metió “Billie Jean” a todo gas. Desde no se sabe dónde, saltó a la pista Jana Bee.

Poseída por el espíritu bailarín de un andrógino rubio, ella comenzó a destornillarse de pies a cabeza. Con los primeros hi-hat lanzó la chaqueta sobre la mesa de pool, deteniendo el aliento y la partida de los cowboys. Separó una y otra pierna como si fueran de elástico y, al fragor de la primera ráfaga del bajo, dio inicio al paso selenita en cámara lenta. Cuando el sintetizador entró con su inconfundible staccato, los finger-snaps de la gente ya resonaban por todo el Bar, sosteniendo el ritmo en sus pies. Lo quebradizo de sus movimientos, los giros a derecha e izquierda haciendo el perfil egipcio, las tijerillas de pierna hacia adelante y de brazos hacia arriba, los ojos celestes a cada lado de una pequeña nariz afilada,  eran  la envidia caucásica del mismísimo Michael, que sin duda nos miraba desde el más allá. En el más acá, hasta al malhumorado de Dimitri se le hacía agua la boca. Lo máximo fue darme cuenta que la eslovena bailaba por dentro de la música. Lo comprobé cuando el coro elevó la cuarta nota del falsetto y Michael alcanzó la octava completa, entonces la dancer se paró sobre sus toes en el borde de una silla, quedó allí suspendida en el aire unos segundos, y descendió como un felino al dance floor justo para la explosión del estribillo. Todo el Fox coreaba “Billie Jean is not my lover”,  cuando más de uno ya soñaba con ser el amante de Janita Bee.

La danza había tenido efectos iniciáticos, sentimos que se podían remontar las nubes del aburrimiento en escobas láser. El ánima extrañjia resplandeció cuando Ariel, free spirit of the air, invitó a seguir la fiesta en su jardín. Así fue que los non fiction, los fiction, los translators, los poetry y los international writing, bajamos los tres escalones sagrados del Fox y salimos en caravana polifónica por las calles de la City.

Con la luna en alto pude ver a un puñado cosmopolita de hombres-lobo, provenientes de Bielorrusia, Afganistán, Arabia Saudita, y Livonia, por supuesto, que iban aullando tras los pasos de la señorita del beat imparable. En esa miríada en la que diversos flujos del espacio-tiempo confluyen materializándose, pude divisar cómo nos seguían de cerca unos cuántos fantasmas. Primero reconocí a varios compañeros de los que protagonizamos la primera gran marcha estudiantil contra la dictadura, el 9 de noviembre de 1983, en pleno centro de Montevideo. A estos se unieron unos cientos de jóvenes de Pasadena que, según parece, venían de los festejos del Motown 25. Estos coreaban la consigna, “yesterday today & forever”, mientras los otros, como un rumor de mar embravecido, entonaban “se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”. Que en esa fracción de segundo visionario se hubieran juntado la generación de la resistencia fascista de mi país, con la generación Pepsi de los gringos, me hizo detener en medio de la calle, a reírme como un desquiciado. Elina, descolocada, me arrastraba hacia la acera interrogándome con insistencia, “what is so funny?”. Mientras, en un rincón de mi cerebro, yo me preguntaba si algún día sería capaz de explicar cómo es que funciona la multicronía en Extrañjia. Que no era el resultado del pésimo whisky, de eso podía estar seguro. De ahí en más, lo único importante era seguir sosteniendo, de la manera más lúcida posible, el delirio de mi estadía en esa tierra de ficción primigenia.