Con este texto abrimos nuestra revista a la crónica literaria, un género de larga historia en la lengua castellana y actualmente en apogeo en los medios de Latinoamérica y España. Leonardo Tarifeño nos cuenta su búsqueda del autor de culto Carlos Castaneda. El texto forma parte de la investigación que Tarifeño llevó a cabo para su próximo libro acerca de tan misterioso escritor, y procede de Extranjero siempre, una colección de sus crónicas.

 

“¿Quién es Carlos Castaneda?”, me preguntó una amiga, fascinada por Las enseñanzas de Don Juan. Y yo, que presumía de crítico literario metido a periodista cultural, no supe qué contestarle. Como consuelo de tontos, atiné a decirme que muchos otros tampoco hubieran podido responder esa pregunta en apariencia tan sencilla. Por entonces, sólo sabía que en la historia de la literatura del siglo XX es difícil encontrar un escritor más misterioso. En un hipotético ranking de grandes narradores enigmáticos, encabezaría la lista junto con Thomas Pynchon, J. D. Salinger o “B. Traven”. A Pynchon no se le conoce su cara, pero trascendió que es neoyorquino y sirvió en la marina estadounidense. La vida de Salinger ha podido ser reconstruida, juicios contra el biógrafo aparte, por Kenneth Slawenski en J. D. Salinger: una vida oculta. Y de la esquiva personalidad oculta tras el seudónimo “B. Traven”, autor de El tesoro de la Sierra Madre, el investigador Karl S. Guthke apunta en B. Traven: biografía de un misterio que “la única fecha que conocemos con certeza de la vida de este misterioso escritor es el día de su muerte”. Pero de Castaneda, incierto aprendiz de brujo y héroe de la revolución contracultural de los ’60 y ’70, ni eso.

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Y es que, según muchos de sus seguidores -buena parte de ellos, fanáticos y al borde del fundamentalismo-, Castaneda habría emprendido un espeluznante “vuelo mágico” muy distinto al destino final de las personas comunes y corrientes. No hay datos incontrovertibles acerca de su muerte, muy probablemente ocurrida el 27 de abril de 1998 en su casa de Westwood (California), y también hay bancos de neblina alrededor de su origen, su verdadero nombre, y por supuesto, la autenticidad de sus libros, basados en las experiencias de “realidad no ordinaria” vividas con un indígena yaqui (a quien nadie vio nunca), que bien podrían pertenecer al campo de la antropología, la magia, la ficción o algo tan extraño que aún no tiene nombre. Graduado en Antropología de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), en 1968 causó un auténtico terremoto literario, social y antropológico con Las enseñanzas de don Juan, libro que ya lleva vendidos más de diez millones de ejemplares en todo el mundo y que, en su momento, recibió los elogios de gente tan dispar como el poeta Octavio Paz, el sociólogo Theodore Roszak y la novelista Joyce Carol Oates, entre muchísimos otros. En esa obra de leyenda, Castaneda relata en primera persona la reeducación cultural a la que lo somete el indio Juan Matus, un yaqui proveniente de Sonora al que conoce por casualidad -o, en sus palabras, “acuerdo”- en la parada de un autobús Greyhound, en un pueblo de la frontera entre México y Estados Unidos. Para hacerle evidente esa “realidad aparte” que conduce a una forma alternativa de conocimiento, Don Juan lo inicia en el camino de expansión sensorial que producen el peyote, los hongos alucinógenos y el toloache, todas plantas sagradas en la cosmogonía del México antiguo. El resultado, que empieza en Las enseñanzas… y se prolonga sobre todo en Una realidad aparte (1971), Viaje a Ixtlán (1972) y Relatos de poder (1974) es un paisaje literario inclasificable en el que conviven la antropología, el relato de no ficción, la ficción encubierta, el diario íntimo y, también, el germen terapéutico de lo que décadas después se convertiría en la autoayuda de Paulo Coelho y Miguel Ruiz. Sus libros pueden leerse como un retrato veraz o como pura ficción (Castaneda siempre afirmó en sus textos que los hechos narrados eran reales), y su impacto tiende a cuestionar la vida y los valores del lector. “Terminé en un campo que era tierra de nadie. No era tema de la antropología o la sociología, la filosofía o la religión -recuerda el autor en el comentario introductorio a la edición que conmemora los 30 años de Las enseñanzas…-. Había seguido las reglas y las configuraciones propias del fenómeno, pero no había tenido la capacidad de salir a la superficie en un lugar seguro. En consecuencia, arriesgué mi esfuerzo total al caerme de las escalas académicas apropiadas, las que miden su valor o la carencia de él”. Tal vez la mejor explicación del enigma que surca esta obra pertenezca a Octavio Paz, cuyo extraordinario prólogo a la primera edición española de Las enseñanzas… todavía da en el blanco. Dice Paz: “Confieso que el ‘misterio Castaneda’ me interesa menos que su obra. El secreto de su origen -¿es peruano, brasileño o chicano?- me parece un enigma mediocre, sobre todo si se piensa en los enigmas que nos proponen sus libros. […]. ¿Antropología o ficción literaria? Se dirá que mi pregunta es ociosa: documento antropológico o ficción, el significado de la obra es el mismo. […] Si los libros de Castaneda son una ficción literaria, lo son de una manera muy extraña: su tema es la derrota de la antropología y la victoria de la magia; si son obras de antropología, su tema no puede serlo menos: la venganza del ‘objeto’ antropológico (un brujo) sobre el antropólogo hasta convertirlo en un hechicero. Antiantropología”.

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Sin detenerme demasiado en si Paz tenía o no razón al considerar una fantasía irrelevante el “misterio Castaneda”, y todavía muy lejos de pensar -como creo ahora- que su enigma personal no es en absoluto opuesto al de sus libros, algunas circunstancias me llevaron de a poco a interesarme en la vida, obra y secretos de este escritor célebre y desconocido a la vez, mago y chamán para unos y mentiroso patológico para otros. Primero, mi falta de respuestas ante la inocente pregunta de una amiga por la identidad del brujo-literato-antropólogo me abrió nuevos interrogantes. ¿Cómo era posible que se supiera tan poco de una figura estelar de la cultura psicodélica? ¿Y por qué su obra no integra el mapa canónico de la literatura latinoamericana, aún con las reservas que impone su inestable verosimilitud? Por esos mismos días, en una fiesta en la casa del escritor Enrique Serna, me hice amigo del editor Andrés Ramírez a la primera copa. Con el espíritu afable y abierto que los mexicanos prodigan a los extranjeros, Andrés rápidamente me propuso ir un día a la casa con piscina de su padre, a la que describió como un hermoso refugio de sol eterno enclavado entre las alturas de Cuautla, bastante cerca de la zona que Malcolm Lowry inmortalizara con las pesadillas de Bajo el volcán. Unas semanas más tarde, la revista Gatopardo me envió al pueblito Real de Catorce, en San Luis Potosí, para que desde allí entrara al desierto, comiera peyote y escribiera una crónica sobre el viaje y las visiones provocadas por el singularísimo menú. A mi regreso al DF., y todavía bajo los efectos místicos del cactus, busqué los textos de Castaneda que no había leído para comparar lo que él decía sobre el peyote con la indescriptible experiencia que a mí me había tocado vivir. El primero de sus libros que cayó en mis manos fue El don del águila, el quinto de la serie, cuya traducción estaba a cargo del escritor José Agustín. Durante los días de esa extraña lectura postalucinógena, un amigo de Andrés llamó para decirme que todavía no sabía cuándo podríamos ir a la casa de Cuautla, y aprovechó para preguntarme si mientras tanto quería leer algunos libros del dueño de aquel oasis de sol y piscina. Esa misma tarde, ese amigo pasó por mi casa con De perfil y Contra la corriente. ¿El autor? José Agustín.

En Contra la corriente, Agustín ensaya en la crónica “Carlos Castaneda” un invalorable retrato del Señor X de los escritores. Recuerda que lo conoció en 1972, un día después de que éste se apareciera sin avisar (al parecer, una característica permanente en Castaneda) en la casa del poeta Juan Tovar, traductor al español de Las enseñanzas…, Una realidad aparte, Viaje a Ixtlán y Relatos de poder. La tarde siguiente, Tovar tenía una cita con Castaneda en el céntrico hotel María Isabel, y antes de ir llamó a Agustín para que lo acompañara. “Lo primero que me sorprendió, al verlo de lejos, fue el parecido que le encontré con Peter Lorre, el gran Joel Cairo de Casablanca -escribe Agustín-. Desde un principio Carlos se mostró notablemente radiante, informal, afectuoso y generoso […]. No fumaba ni cigarros ‘fresas’; tampoco bebía, aunque se complacía viéndonos a gusto y nos invitaba cervezas y excelente vino importado […]. Nos dijo desde entonces que había nacido en Brasil, pero que se educó en la Argentina y que finalmente acabó estudiando Antropología en la UCLA […]. Además, me pareció rarísima su manera de hablar español, pues lo hacía con un acento imprecisable, con términos y dejos de varios países y el uso de expresiones muy peculiares como ‘hijo de la gran flauta’ , ‘San Puta’ , ‘como Kiko y Kako’ , etcétera”.

Cuando llegué a su casa de Cuautla, en el ambiente sonaba Electric Light Orchestra. Agustín es un tipo moreno, fuerte y amable, de los que gozan la existencia y practican el culto a la buena vida sin complicaciones. Se veía que no lo entusiasmaba hablar de un amigo que jamás quiso revelar absolutamente nada de su vida personal, pero algo me decía que podía hacerlo si le daban ganas. Pusimos discos de Rod Stewart, comimos a un lado de la piscina y sin darnos cuenta él empezó a recordar. “Era un tipo de actitudes extrañas. Un día presentábamos un libro suyo, no recuerdo cuál, por Paseo de la Reforma, y de repente, mientras yo hablaba, levanto la vista y lo veo en la puerta, haciéndome caras y morisquetas -me dijo-. Y yo pensaba: puta madre, no es posible, todo el mundo aquí cagándose por saber quién es Castaneda, y él está aquí presente… y no lo sabíamos más que dos o tres. Recuerdo que todavía me bajé de la mesa, fui, le di un abrazo, y me dijo: ‘¡qué bárbaro, cuántas pendejadas dijiste!’ , así que le pedí que subiera al escenario. ‘¡No, ni madres!’, me contestó, con esa risa tan suya…”.

–¿No le daba curiosidad saber más cosas de él?-, le pregunté.

–Yo lo aceptaba como era, en ese sentido soy muy poco curioso, si él no tenía el menor deseo de decir nada acerca de eso, pues no digas nada y a la chingada. Era un tipo tan simpático, tan agradable, que no se necesitaba andar hurgándole mucho.

–¿Tenía algo de brujo?

–Es difícil pronunciarse. Sí puedo contar que una vez, en 1986, fui a dar una conferencia a Santa Barbara, y resultó que ahí conocí a unos maestros con quienes agarré una empatía inmediata y me invitaron a cenar. Primero me llevaron a un restaurante y luego a tomar la copa a la casa de uno. Como allí no se podía, entonces nos fuimos a la casa de otro, y a los diez minutos de entrar sonó el teléfono. Imagínate la sorpresa cuando la persona que atendió dijo que era para mí. Yo fui al teléfono, confundido, y resultó que del otro lado estaba Castaneda. Me asusté muchísimo y le pregunté cómo podía saber que yo estaba allí. “Bueno, es uno de mis chistes”, contestó.

–¿Qué valoración hace de sus libros? ¿Son realidad o ficción?

–Para mí son como Las mil y una noches: se trata de una gran obra literaria, que puede tener un basamento real, y sin duda lo tiene. Yo creo que un 70% de lo que plantea es cierto, y si algo hilvana para concatenar esas realidades, será un 30%. De hecho, después de tratarlo personalmente me resulta difícil creer que no conoció a don Juan y a gente muy especial, por sus propias condiciones físicas.

–¿Por ejemplo?

–Y, una vez me tocó verlo semidesnudo, estaba en un hotel y nos recibió al cineasta Jorge Fons y a mí. Por primera vez lo veía sin camisa, y tenía una corpulencia… ¡De fisicoculturista, tipo Schwarzenegger! Y era evidente que éste no iba al gimnasio, así que le pregunté, “¿puta, pero cómo puedes estar tan mamado, mano?” Y me contestó “pues por la pinche vida que me hace hacer don Juan”. “Y eso no es nada”, siguió, y se subió el pantalón y me mostró un músculo muy raro que le salía en los tobillos, una bola dura que según él sólo aparece cuando se ejercita lo que llamaba “el paso de poder”, o “correr en la oscuridad”. Entonces, si él inventaba todas estas cosas, era tan meticuloso en su invención que hasta modificaba su propio cuerpo, lo cual ya para un escritor es demasiado sacrificio.

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El perfil de Castaneda dibujado por Agustín coincide con el que hacen la mayoría de quienes lo trataron, el director Fons, la actriz Julie Furlong y la poeta Elsa Cross, entre ellos. Sin embargo, de algunos testimonios surgen datos que refutan lo dicho por otros, como si por alguna razón (¿mágica?) la coherencia del retrato hablado resultara imposible. Por ejemplo, para el traductor, ensayista y poeta Rafael Vargas, quien lo conoció a mediados de los ’80, “parecía, incluso por su acento y su habla, absolutamente mexicano”, en abierta contradicción con lo que Agustín escribió en Contra la corriente. Su mirada difiere en el probable origen de Castaneda, aunque no en la apreciación física. Según Vargas, “era un hombre más bien chaparro, rechoncho, con la cabeza grande, de pelo más o menos rizado. Cuando yo lo vi, me dije ‘este cuate es oaxaqueño o yucateco’. Lo recuerdo como un chaparrito fornido, de hombros muy anchos, realmente fuerte. ‘Un chaparro atachuelado’, como decimos aquí”.

Las vidas de ambos se cruzaron porque el editor Fausto Rosales, por entonces a cargo de la editorial Diana, buscaba un traductor para la edición castellana de El segundo anillo de poder. Vargas había visto por primera vez a Castaneda en 1984, en las oficinas del Fondo de Cultura Económica (FCE), y poco más tarde compartió con él una cena organizada por Rosales. “Nos fuimos a comer los tres, y resultó una comida muy chistosa -me contó Vargas-. Estábamos sentados a la mesa en un restaurante sin mayor chiste, un café muy modesto en la colonia Del Valle. Comíamos cualquier cosa, digamos unos chiles rellenos, y cuando yo le puse sal a la comida, Castaneda inmediatamente me dijo ‘no, haces mal, tienes que cuidar tu salud’. Luego empezó a preguntar quién era yo, supongo que para conocerme un poco más, y le conté que estaba a punto de tener una hija. Entonces, comentó: ‘espero que te hayas cojido a tu mujer detrás de la puerta, con vehemencia y deseo salvaje’. ¿Y por qué?, le pregunté. ‘Porque solamente así nacen bien los niños. A mí mis papás me tuvieron sin ganas, y mira cómo salí’, contestó. Fue muy curioso, muy gracioso. Y el resto de la comida siguió así, con pequeños consejos, como el de no cruzar las piernas para que no se interrumpa el flujo de energía…

–¿Sentía que estaba ante un brujo o un chamán?

–Bueno, a mí no me parecía ni magnético ni nada parecido. En realidad era un ser absolutamente bromista. Una noche se lo pasó contando que en Los Angeles había descubierto un lugar fantástico donde vendían pollo, tipo Kentucky Fried Chicken, y aseguraba que él iba a poner un negocio como ése. Después decía que a Michael Jackson se le había quemado el pelo mientras grababa el comercial aquel de Pepsi…ese tipo de cosas. Pero tal vez todo eso también es parte del enigma del que habla Paz. Aunque el mayor “enigma Castaneda” es el del escritor. Lo que me gustaría saber es cómo se le ocurrieron las ideas de sus libros, ya que para mí no es un brujo sino un narrador con mucho talento.

Como Agustín, el escritor mexicano Héctor Manjarrez también conoció a Castaneda en los ’70, más precisamente en 1975. Desde entonces entabló una larga relación con él, basada en extensísimas conversaciones telefónicas impulsadas por el esquivo alumno de Don Juan, que llamaba -según decía- desde algún lugar del desierto de Sonora. “Después de conocerlo me pasaba de sentir que ese día iba a llamar, y al rato sonaba el teléfono y era él. Varias veces fue así”, me contó Manjarrez la tarde en que me recibió en su casa de la Villa Olímpica del DF.

–¿Cómo era Castaneda?

–Es un tipo muy raro Castaneda, extraordinariamente singular… Qué raro, estoy hablando en presente… Te decía, extraordinariamente seductor, muy simpático, no me cabe la menor duda de que tenía… ¿Cómo lo podemos llamar? Poderes hechiceros, poderes mágicos, los tiene, los tenía…

–¿Por qué habla de él en presente?

–No sé, es algo muy curioso. Yo creo que aún si se demostrara que fue uno de los grandes escritores de todos los tiempos, igual lo más importante en él es que vivió experiencias extraordinarias y hacía que uno viviera lo mismo.

–¿Qué experiencias extraordinarias le hizo vivir a usted?

–No sé si fue él. Pero la noche en que lo conocí, salí de la casa de Vicente Rojo y me puse a caminar hacia la mía. Iba por el bulevar, de Coyoacán hacia San Ángel, por Taxqueña, y al mirar de frente, poco antes del crepúsculo, me di cuenta de que podía ver unas cinco o seis cuadras con total claridad. Veía toda la gente, las caras, y de repente vi, de mi lado, dos tipos con dos perros negros, doberman, y me dije “son nahuales”. Sin ponerme a reflexionar, pensé “bueno, si son nahuales no me van a hacer nada, porque esto lo debe producir Castaneda”. Entonces yo seguí mi camino, los dos tipos y los dos perros cruzaron la calle, se metieron al bulevar, caminaron hacia mí y los pinches doberman hijos de la chingada se siguieron pero volteando, como dos personas…

–…¿Que lo cuidaban?

–Que me cuidaban y me asustaban. Dándome una lección. O una enseñanza.

Ya dejaba la casa de Manjarrez cuando, a manera de despedida, me advirtió: “ten cuidado con lo que vayas a escribir. Castaneda es de verdad. Y no se puede tener una actitud ingenua con el poder. Es como un enchufe. Por más buena onda que quieras ser, si pones los dedos en el enchufe, te va a dar electricidad”.

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El consejo de Manjarrez me hizo pensar en los presuntos alcances sobrenaturales de mi investigación. ¿Cómo se cuenta el poder?, me pregunté, y tomé como ejemplo al propio Castaneda. Si hay algo de verdad en lo que escribió, nadie habría sido más ingenuo que él ante el poder de la brujería que encarna la figura de Don Juan. Por lo que se lee en sus libros, el antropólogo se habría acercado al yaqui con la ingenuidad de la soberbia, seguro de que ningún nativo podría sorprenderlo, y el indígena se vale de esa actitud para demostrarle que el verdadero sabio es él. En esa autocrítica racional reside buena parte del encanto de su obra y quizás también el del Carlos-persona, a juzgar por la pormenorizada descripción que en 2004 hizo el editor Michael Korda (quien publicó en Simon & Schuster la versión estadounidense de Las enseñanzas…) en Editar la vida. Dice Korda: “Era un hombre robusto, de pecho amplio y muscular, de complexión morena, ojos oscuros, pelo rizado negro, corto, y una sonrisa de dentadura perfecta. […] Casi nunca, si acaso, me había sido agradable alguien tan rápido, [tenía] una especie de inocencia, no del tipo naïve sino del tipo que uno supone que tienen los santos, los hombres sagrados, los profetas y los gurús. […] El espíritu de Castaneda era definitivamente pantagruélico y su lenguaje abusivo, y tenía un mordaz sentido del humor, sin embargo, emitía de alguna manera un auténtico y potente soplo de poder no terrenal. […] La verdad es que todos los chamanes exitosos y hombres santos son actores. […] Tal vez Castaneda había actuado en la escuela, en Brasil o Argentina, o donde fuera que haya crecido (un asunto que nunca quedó realmente claro), pero su don natural para la actuación lo hubiera hecho un estudiante exitoso en el Actor’s Studio. Sin embargo, creí entonces en cada palabra de su libro y aún lo hago. Detrás de los trucos astutos -el aislamiento, la deliberada ofuscación de su biografía, su deleite al dejar pistas falsas para confundir a los periodistas-, Carlos Castaneda era real. Más real, de hecho, de lo que sus lectores más devotos pudieran pensar, ya que tenía un sentido común pedestre, de campesino…”

Margaret Runyan, la primera esposa de Castaneda y madre de Carlton Jeremy, el hijo de ambos (no reconocido por el escritor), no contradice la opinión generalizada sobre el risueño carácter de su ex en Un viaje mágico con Carlos Castaneda (1999), donde cuenta sus años de romance, casamiento en Tlalquiltenango (Morelos) y convivencia en el 823 de South Detroit st., en Los Angeles. Tampoco lo hace Amy Wallace, hija del escritor Irving Wallace y amante de Carlos, cuya historia puede leerse en Aprendiza de bruja. Mi vida con Carlos Castaneda (2003), el único libro testimonial en el que se profundiza críticamente en los abusos de poder que habría tenido el Castaneda mitómano y rico (su herencia se calcula en más de 50 millones de dólares), manipulador (primero) y víctima (después) de Florinda Donner, Taisha Abelar y Carol Tiggs, las tres mujeres con las que vivió durante años en Los Ángeles, todas desaparecidas en misteriosas circunstancias. Da la impresión de que el alegre Carlos se sintió marcado para siempre por el catastrófico exposé que produjo la edición del 5 de marzo de 1973 de la revista Time, que le dedicaba su portada con una entrevista y una investigación. En la entrevista, él afirmaba que era brasileño; la investigación demostraba que había nacido en Cajamarca, norte de Perú, el 25 de diciembre de 1925. En esas páginas, él hablaba del peyote como una planta inherente a la cultura yaqui; en el texto firmado por la reportera Sandra Burton (como ya lo había hecho Fernando Benítez en 1968, antes de que el mítico Don Juan apareciera en escena) se recordaba que en la zona donde viven los yaquis ni siquiera crece ese cactus. “Pedirme que verifique mi vida proporcionándoles estadísticas es como usar la ciencia para corroborar la brujería”, se defendió entonces el autor, con el argumento de que la libertad de movimientos de un brujo, en esta dimensión y sobre todo en las otras, depende de que nadie sepa quién y cómo es. ¿La verdad del brujo es el engaño permanente? “Un gurú tramposo es, ciertamente, un ilusionista, pero podríamos preguntarnos si el arte no es otra cosa que ilusión -señala Alan Watts en El gurú tramposo (1974), quizás inspirado en Castaneda-. Si el universo es sólo una vasta mancha de Rorscharch sobre la que proyectamos nuestras medidas e interpretaciones, y si el pasado y el futuro carecen de existencia real, un ilusionista es simplemente un artista creativo que cambia la interpretación colectiva de la vida, e incluso la mejora”. En la misma línea argumentativa, Timothy Leary, difusor global del LSD, subraya en su autobiografía Flashbacks que “incluso los escépticos han aplaudido el talento de brujo de Castaneda para familiarizar a millones de lectores con la existencia de realidades separadas” y concluye, intrigante, que “en El don del águila, Castaneda afirma haber alcanzado la condición de hechicero. La mayor parte de observadores estarían de acuerdo. Parece haber colado una de las patrañas literarias más extravagantes y exitosas del siglo XX, una demostración propia de maestro zen del poder del guerrero indiferente para construirse un universo propio y provechoso”. ¿La mentira le resultaba indispensable a Castaneda para elevar el engaño a la categoría de arte mágico y terapéutico? ¿Qué lo llevó a esconderse de propios y extraños, cuando podría haber vivido como un escritor reconocido y más allá del Bien y del Mal? Y en cuanto a sus libros, ¿se puede inventar todo lo que inventó sin basarse en la realidad?

Con esas preguntas en la cabeza busqué a la investigadora peruana Lupe Camino, docente en la Universidad Nacional Mayor de San Carlos y autora de Cerros, plantas y lagunas poderosas, en el que releva la condición “no ordinaria” de la medicina popular en el norte de Perú. Lupe mantiene con un brujo, Leopoldo, una relación similar a la que Castaneda habría tenido con Don Juan, y lo primero que me dijo cuando nos encontramos fue que “Las enseñanzas…y Viaje a Ixtlán son creíbles, el resto no tanto. Pero por eso mismo me tomo en serio a Castaneda, porque en la brujería hay que saber mirar. Hay libros suyos que no son necesariamente verdad. Y otros sí. Hay un juego. Porque todo brujo juega”.

–¿El brujo es mentiroso?

–No es mentiroso. Es tramposo. Pero hace trampas para que tú entres al juego. El brujo, como el caso de Don Juan, es el que tiene más sentido del humor. Para mí, Castaneda era un hombre que tenía un conocimiento. Y como también era muy inteligente, juega con el lector y son pocos los que advierten el juego.

–¿Sus libros son “reales”?

–Ninguno es “real”. O mejor dicho: todos son “reales”, a su manera. Depende. El valor que tienen es que algunos testimonios te pueden hacer saltar hacia otra cosa. Son como llaves. Y en ese salto está la otra puerta, la “realidad”. Pero claro, lo mágico no lo vemos todos, ni tenemos por qué entenderlo todos. Lo mágico no implica una rutina estricta de situaciones y su coherencia no pasa por la verdad ni por la moral. Por eso le creo a Castaneda, porque todo esto es muy furtivo, no te lo esperas, y cuando has visto el otro lado ya no puedes salir. A mí me pasó con Leopoldo y otros brujos, y entonces lo acepté con humildad y reconocí que no entendía nada. Porque al poder, a la brujería, se va con la mayor ingenuidad. Con malicia no llegas.

–Es extraño que uses estas palabras, porque hace muy poco entrevisté a un amigo de Castaneda y, para ayudarme, me dijo “no puedes tener una actitud ingenua ante el poder. Es como meter los dedos en un enchufe”…

–…Pues te quemas y ya no los vuelves a meter, pero no hay de otra. Yo agradezco que todavía soy ingenua, porque descubro. Si no hay ingenuidad no hay descubrimiento, ¿no crees? Sólo tienes que tener claro el juego que él juega. Ahora tú has entrado al juego, y estás conectando las piezas.

Con la ¿ingenua? sospecha de estar ante un rompecabezas que comenzaba a armarse partí rumbo a Hermosillo, en Sonora, a un lado del desierto, en busca de las comunidades yaqui por donde se supone que Castaneda habría conocido a Don Juan. En el DF., la especialista María Eugenia Olavarría, profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), me contactó con el etnólogo Alejandro Aguilar, de Hermosillo. Bajo el calor del desierto, Aguilar me llevó en camioneta a Pótam, una de las aldeas yaquis más antiguas. Me llamó la atención descubrir que, en realidad, el pueblo es la suma de cuatro barrios polvorientos y secos, en los que se hablan distintas variantes de la lengua yaqui pero poco de español y nada de inglés. Apenas llegamos, Aguilar me presentó al enlace indígena del pueblo con los funcionarios de Hermosillo, quien por lo bajo se rió de mi búsqueda. Recordó que a fines de los ’60 llegaban miles de blancos (como yo), con la única intención de drogarse de la mano de indios sabios. Ahora, parecía, llegaban periodistas interesados en algo que, para él, era otro tipo de opio, igual de ridículo y sin ninguna importancia. Por cierto, mi interlocutor se llamaba Juan Matus, como otros tres parientes suyos que nos espiaban desde su casa de adobe. Amable y formal, me llevó al cementerio, donde en ese momento se llevaba a cabo un ritual funerario. Me dejó bajo un árbol, protegido del sol. A pocos metros, unas ancianas estaban sentadas en la puerta de un galpón minúsculo; los niños jugaban y los hombres se movían muy lentamente y en silencio, como en sueños. Con el mayor respeto del que fui capaz, me acerqué primero a los hombres, luego a las ancianas; ninguno hablaba mi idioma, y si me entendían, se cuidaban muy bien de demostrarlo. Al rato volví a mi árbol, con el peso del calor sobre los hombros, y entonces fueron los niños los que se acercaron. Ubicados a la distancia justa que les permitía cuchichear sin que yo los escuchara, noté que su interés contemplativo no incluía hablar conmigo, y se limitaron a observarme como a un ejemplar biológico rarísimo. Castaneda debió de haber tenido mucha suerte, pensé, para que un indígena como estos le haya prestado atención en la parada del autobús Greyhound, luego lo haya invitado a su casa y, por último, le haya querido revelar todos los secretos mágicos de una cultura antiquísima. O, tal vez, el que no tenía suerte era yo. “El brujo nace, no se hace -me había dicho Camino-, y Castaneda no se dio cuenta de lo que tenía adentro, pero Don Juan sí. Y por eso le dio la oportunidad”. Dejé Pótam sin haber podido hablar con nadie, sólo con el recuerdo de lo que me había dicho el escritor y psicomago Alejandro Jodorowsky días antes de viajar a Sonora. Él conoció a Castaneda a mediados de los ’70, en un restaurante del DF. Carlos había ido a cenar allí con Jorge Fons; Jodorowsky, con Julie Furlong y otra mujer. Según Jodorowsky, Castaneda lo reconoció, fue hasta su mesa, comieron alegremente, y de ahí los cinco fueron al hotel donde se hospedaba el chileno, enredados en una conversación sobre la película que podrían hacer juntos. De acuerdo a Jodorowsky, la velada terminó mal, porque en un segundo todos empezaron a sentirse muy enfermos, con un tremendo dolor de estómago, y cada uno debió partir de urgencia para sus respectivas camas. Pero la historia de esa noche no se correspondía con lo que ya me habían contado Fons y Furlong; para el director, no fueron juntos a ningún lado, y tras comer en el restaurante se habrían despedido en la puerta; y en palabras de la actriz, todo había acabado bien, en el hotel del director de Santa Sangre y sin ningún enfermo a la vista. ¿La magia perturbaba la coherencia de la historia? ¿Había alguna mentira en el medio? ¿O, simplemente, cada uno recordaba lo que podía, a tantos años de distancia? Cuando confronté a Jodorowsky con todas esas versiones de la misma noche, me miró con los ojos de un niño, sonrió y me dijo: “Mira, si es mentira, es una mentira sagrada”. Con el calor del desierto quemándome la cabeza y los pies, sentí que a veces no hay más verdad que ésa.

 

Tomado de Extranjero siempre (Almadía / Producciones El Salario del Miedo, México, 2013). Reproducido con autorización del autor.