Ilustración de Abraham Cruzvillegas.

Obra de Abraham Cruzvillegas.

De ser más temprano, de estar frente a un grupo de niños, el gorila los golpearía con el trapeador, pero hace mucho tiempo que los niños tienen prohibido visitar su jaula. El gorila, desparramado sobre una piedra, observa el trapeador dentro de la cubeta que olvidó el empleado del zoológico al salir de la jaula. Bajo la cubeta, observa una rama seca. Exhala. Lento, baja de la piedra. Avanza hasta la cubeta, la desliza con la precisión de un viejo que mueve una pieza de ajedrez para ganar la partida, toma la rama y regresa a la piedra. Días atrás, el gorila lanzó esa rama contra un minúsculo hombre que lo fotografiaba. El hombre trató de vengarse arrojándosela de nueva cuenta, consiguiendo solamente regresar la rama dentro de la jaula. El gorila detesta a los hombres de estatura corta. De ser un anciano, caminaría por la calle golpeando con su bastón a los diminutos. Los primeros meses dentro del zoológico disparó una piedra a un niño. Lo descalabró. Hubo, de inmediato, un escándalo en la prensa. El director del zoológico recibió una carta firmada por padres de familia que le exigían colocar, frente a las cámaras de televisión, una placa en la entrada del zoológico, prohibiendo a los niños acercarse a tan violento animal. Si hubiera sido un viejo, habría narrado entre risas, una y otra vez, la anécdota del niño herido. Echado en la piedra observa las jaulas frente a él, al tiempo que mastica la rama. De ser un anciano, de estar con su hijo en un auto estancado en el tránsito, recordaría en voz alta sus historias de juventud en las calles. Parpadea, cada vez más lento parpadea. No percibe movimiento en las otras jaulas. Oscurece, el zoológico está vacío. Comienza a quedarse dormido, salivando con la rama en la boca, como un abuelo que olvida quitarse las pantuflas al meterse bajo las cobijas.

El empleado pudo haberse quedado dentro de la jaula, despotricando. Maldiciendo a las mujeres. Dedicando insultos a su ex mujer, de ser posible le aventaría una piedra a la cara, pero esto no pasa por su mente, en realidad la extraña. Desparramado sobre el sillón, mirando la televisión, escucha el timbre del teléfono. Desea que sea ella. Contesta. Desde luego es ella, baja el volumen a la televisión con el control remoto. La imagina en una casa lujosa, al lado del hombre por el que lo dejó. La mujer le avisa que pasará al día siguiente por la secadora para el cabello, lo único que olvidó en el departamento. Aprovechará la visita para dejarle las llaves. Él le reclama haber olvidado la secadora. Ella interrumpe, le pide que se calle, no quiere escucharlo, cuelga. Sabe que ella no volverá a llamar. Se siente un simio, pero a diferencia del gorila en peligro de extinción, sabe que a diario nacen muchos como él. Imagina que el hombre al lado de su mujer es mejor que él. Él: un simio como cualquiera. El hombre al lado de su mujer: un gorila admirado por el mundo, atendido por la prensa, protegido por las instituciones. Intuye que ese hombre gana más dinero. Entonces, ¿por qué no le compra una secadora nueva, menos escandalosa, una con más botones de colores? A él le gustaba todo de ella, todo exceptuando su copete. Un cilindro de cabellos rígidos, estilizados con fijador. De manera que regresarle la secadora contribuye a la conservación del copete. El hombre que lo sustituye merece conocer los defectos de su ex mujer. Está dispuesto a entregarle la pistola de aire, pero se niega a recibir las llaves. Le perturba la entrega de la única evidencia del pasado compartido. Quisiera pedirle que se quede con las llaves, que por favor, al menos, que por lo menos se quede con eso. Está bien, piensa, pero que se quede con el llavero que compraron juntos a un vendedor ambulante durante un largo paseo por el centro de la ciudad. De tener un disfraz de gorila, raptaría a su ex mujer, la treparía a la cima de un rascacielos, la amenazaría con soltarla si no se queda con el llavero. Pero no tiene otra salida más que deglutir la hostilidad de su ex mujer como si fuera una banana. Lo mejor es imitarla. No buscarla. No toparse con ella, en su departamento, a la mañana siguiente. Postrado en el sillón, planea llegar al trabajo más temprano de lo habitual, regresar al departamento más tarde de lo normal, encontrar las llaves sobre la mesa, desea, sin llavero. No quiere verla, no quiere topársela. Sube el volumen de la televisión. En realidad quiere verla. En este momento su mente es una jaula vacía.

Dentro de la jaula está el gorila. El empleado, a distancia, nota que ha olvidado la cubeta y el trapeador allí. Corre impulsado por el temor, quiere evitar el destrozo de sus utensilios de trabajo. Al abrir la puerta de la jaula agradece la llamada de su ex mujer, agradece a la secadora para el cabello que recogerá su ex mujer, agradece haber llegado más temprano para evitar lesiones a los visitantes. Por fortuna, piensa, el zoológico aún no abre sus puertas al público. El empleado cierra los candados cuando escucha que la cubeta cae. A unos pasos del gorila, observa al animal con el trapeador en las manos. Intuye que el gorila cederá el trapeador, pero no sabe cómo hacerlo. El gorila, sentado en el piso, juega con las mechas mojadas del trapeador. El empleado imagina las leyes de la montaña, del hábitat del gorila, y le arrebata el trapeador haciendo un rugido que, piensa, parece el de un simio. El gorila responde con el enojo de un viejo al que le han arrebatado su periódico, hace justicia apoderándose del trapeador. El gorila se levanta, impone distancia, consigue alejar al empleado unos metros. El empleado se sabe seguro, observa desde una esquina. El gorila comienza a trapear el piso, imita con precisión los movimientos circulares, copia el estilo con el que el empleado ha aseado diariamente la jaula. El empleado sonríe al reconocerse en los movimientos del gorila. Cree haber ganado su empatía. Mira los círculos de agua que dibuja el gorila con el trapeador. Lo descubre como su compañero de trabajo. El gorila trapea. Por un instante desea llevarlo a su departamento para ver la televisión a su lado. Nota desdibujados los primeros círculos húmedos que hizo el gorila. Se pregunta si el animal de ciento ochenta kilos está empeñado en limpiar toda la jaula. El empleado le acerca la cubeta al gorila, éste remoja el trapeador y continúa. El empleado está seguro de haber ganado la empatía del gorila. Se recarga en los barrotes, se cruza de brazos, desea que alguien los mire, quizá un visitante, quizá una cámara de televisión. Una cámara de televisión sería ideal. Su ex mujer lo reconocería en el noticiario, se enorgullecería de haber compartido la vida con él, de haber compartido el departamento con él, le llamaría por teléfono para felicitarlo por su labor en el zoológico. Pero sabe que nadie mira la escena. Sabe que su ex mujer no volverá a llamar. A un etólogo le tomaría menos tiempo comprender la conducta hacendosa del gorila que la frialdad de esa mujer, piensa. El empleado cree estar al lado de un cómplice, el empleado está seguro de estar al lado de un compadre, de modo que, desde los barrotes, cruzado de brazos, le pregunta: “¿Debería colocar una placa en la puerta de mi edificio que prohíba la entrada de las mujeres?” El gorila responde remojando una, dos, tres veces, el trapeador en la cubeta.