De noche había en casa habitaciones que, de día, era imposible encontrar. Eran tantas y tan amplias que podían haber sido lo mejor de la propiedad, pero permanecían casi a oscuras y sin acabados. Madre decía que no valía la pena invertir demasiado en ellas, así que, en lugar de rentarlas a los viajeros de paso, como hacía con las de la fachada, las usaba para almacenar sábanas, toallas, limpiadores y otros objetos de uso regular en el negocio. Nosotras, en cambio, las ocupábamos para jugar. Nos gustaban más que las frontales —incluso más que el jardín— porque en ellas podíamos correr a placer, vestir solo cuando lo deseábamos y hacer cuanto ruido se nos antojara sin cansarnos y sin que eso produjera quejas de los huéspedes o molestias a los vecinos.

Ilustración de Augusto Ramírez.

Ilustración de Augusto Ramírez.

Solíamos sentirnos tan bien ahí que perdíamos la noción del tiempo. Con frecuencia, Madre debía interrumpir sus quehaceres para asomarse a recordarnos que debíamos salir si era hora de prepararse para la escuela, día de visitar a alguno de nuestros parientes o tiempo de asomarse por la iglesia. Pero, hasta cuando se plantaba en la entrada y nos ordenaba salir, tratábamos de quedarnos un rato más. Solo si veíamos que las puertas del corredor empezaban a cerrarse, emprendíamos carrera hacia la salida. Tratábamos de llevar con nosotras todo lo que íbamos a necesitar porque sabíamos que no podíamos volver a sacar lo que por error dejábamos cuando jugábamos en ellas sino hasta la jornada siguiente, cuando las puertas se abrían al caer de nuevo la oscuridad. Lo aprendimos la vez que olvidamos dentro un gatito. Madre, que nos conocía bien, había insistido en que no lo lleváramos a los cuartos interiores. Decía que no era lugar para mascotas. Mi hermana Mariana —la mayor de nosotras tres— estaba convencida de que, en realidad, lo que Madre no quería era tener que limpiar la pelusa ni recoger el desastre que seguro causaría. Nos convenció a la pequeña Federica y a mí de prometer que todas nos encargaríamos de él y de lo que hiciera. No sería mucho: el pobre se había quebrado una pata jugando con nosotras entre los árboles. Apenas se movía. No queríamos dejarlo solo, pero tampoco queríamos tener que quedarnos fuera de nuestros salones de juego por causa suya.

Lo metimos convencidas de poder cumplir con nuestro ofrecimiento. No sentimos el momento cuando, una vez dentro, lo dejamos de lado por un instante para jugar a algo que no requería de felinos y lo perdimos de vista. No reparamos en él hasta que estábamos ya del otro lado de las puertas. Entonces comenzamos a hablarle para que se calmara. También tratamos de escuchar respuesta suya para estar tranquilas nosotras, pero no pudimos: las gruesas puertas, cerradas como cada día, no dejaban escapar sonido alguno. Ni siquiera murmullos. Madre dijo que no quedaba más que esperar a que estuviera con vida cuando volvieran a abrirse y ordenó que regresáramos a nuestros asuntos. Había mucho por hacer en el negocio.

Federica y yo obedecimos sin renegar. Mariana, no. Ella se quedó. Madre se dio cuenta de su desacato, pero no la presionó, como a nosotras, para que abandonara su posición. No preguntamos la razón. Pensamos que, porque era la mayor, dejó que se sentara al lado de la puerta y no se despegara de ella hasta que de nuevo fue la noche y pudo entrar —sin esperar por nosotras— para buscar al gato en todas las habitaciones, una por una.

 

Para cuando nosotras entramos, ya Mariana había dado con él. Estaba en perfecto estado. Había dormido el día entero sobre unas frazadas muy viejas. Parecía no haber sufrido la mitad de lo que había padecido afuera mi hermana, que no se desprendía de él. Ni siquiera lo dejaba en el piso cuando llegaba su turno de saltar a la cuerda. Tampoco quiso soltarlo cuando llegó la hora de salir de las habitaciones. Intentó llevarlo con nosotras, pero no consiguió hacer que el gato saliera. Entonces pidió permiso para pasar la noche y el día siguiente a su lado. Quería acompañarlo hasta que se le disipara el nerviosismo.

Madre estuvo de acuerdo entonces y siguió estándolo cuando, semanas después, Mariana insistió en permanecer a su lado en las habitaciones interiores aunque la pata del gatito había sanado por completo y este corría sin problemas. Aceptaba, no porque tuviera consideraciones especiales para con el animal, sino porque al negocio le iba mejor sin mi hermana rondando por él. Mariana era muy traviesa. Y torpe. Quebraba los vasos sin quererlo, hacía que los espejos estallaran con solo mirarlos fijo y arruinaba las pertenencias de los huéspedes cuando entraba a husmear a sus habitaciones. Madre decía que perdíamos muchos clientes y dinero por su culpa. También decía que, según sus cálculos, podríamos saldar nuestras deudas por completo si ella permanecía con el gato un par de semanas más y rentábamos su habitación. Luego se la devolveríamos tal y cual la tenía.

 

No hubo necesidad de convencerla. Mariana no echaba de menos la parte frontal de la casa. Decía pasar entretenida correteando con el gato por las habitaciones, que parecían ser más de las que nosotras pensábamos que había, tantas que no le alcanzaban los días para disfrutarlas todas. Al caer el sol, por cortesía, nos recibía a nosotras para jugar un rato y comer lo que llevábamos para ella y su mascota. El resto del tiempo, se pasaba buscando toda clase de tesoros[1] en ellas.

 

Al principio no lo notamos, pero, con el paso de los meses, nos percatamos de que yo estaba creciendo más que ella. Pronto tuvimos la misma altura. Luego le pasé, cosa que no pareció molestarle como en el pasado. Mariana siempre me quería. Si compartía menos tiempo conmigo no era por rivalidad o resentimiento, sino porque comenzaba a aburrirse de mis juegos. Seguro también notaba que yo comenzaba a fastidiarme de los suyos porque, de vez en vez, me miraba como veía a los adultos y me dejaba. Sin más. Prefería jugar con su gatito, que tampoco crecía, y con Federica, de quien antes rehuía por ser muy pequeña y demasiado frágil para soportar los juegos bruscos que le gustaban.

Años después, dejó de hablarme. No me importó demasiado porque estaba absorta en atender los asuntos del negocio: Madre había enfermado y no podía encargarse del lugar por sí sola. Requería de mi ayuda cada vez más. Algunas semanas no me quedaba tiempo para visitar a Mariana. Le enviaba su comida y la de su gato con Federica, que comenzaba a quejarse de los interminables juegos infantiles y de las niñerías de nuestra hermana mayor. También se quejaba de que el tratamiento que el médico le había indicado a Madre no estuviera surtiendo efecto. No quería perderla, aunque Madre no fuera la mujer más dulce del mundo ni la más hermosa. Entonces fue que me propuso llevarla a las habitaciones interiores. Estaba segura de que, acomodada en ellas, Madre sanaría como el gato había sanado y jamás envejecería, como había sucedido con Mariana.

Yo también quería preocuparme por su salud, pero solo podía pensar en que todas estaríamos mejor si ella se quedaba allá dentro. Mariana tendría quien la custodiara, Madre se mantendría entretenida apagando las luces que Mariana encendiera, Federica tendría ocasión de ayudar más con la pensión y yo tendría más oportunidad de compartir con ella. Además, contaría con una habitación adicional para ofrecer. Ganaríamos más dinero con ella disponible y sin Madre comentando sus dolores a los clientes, que, agobiados, terminaban por acortar sus estancias con nosotras.

Tres semanas después, Madre entró con engaños a las habitaciones de atrás y no volvió a salir. No se lo permití. Convencí a Federica para que dejara de visitarla por algunos días mientras se acostumbraba a su nuevo sitio. Yo le dejaba la comida en el quicio de las puertas, le gritaba desde ahí que estaba servida y la cerraba de inmediato para que no fuera a escapar. Estaba convencida de que, aunque al principio rabiara en mi contra, terminaría por agradecérmelo. Una vez que sus ojos se acomodaran a esa luz y encontrara una habitación adecuada, se olvidaría de querer salir. Incluso necesitaría menos de nuestras visitas. Encontraría ocupación decorando allá dentro y asistiría a conversar con nosotras por pura cortesía. Pensé que tal vez hasta terminaba siendo un poco como Mariana y le encontraría gusto a explorar todas las salas. Pero Madre no se parecía a ella. Tampoco pensaba como yo: mientras llevé a Federica a hacer las compras para la pensión, incendió las habitaciones interiores consigo, con Mariana, con todos sus tesoros y con el gato dentro.

 

En ese tiempo pensé que su enojo nos había hecho un favor. Sin habitaciones interiores, no habría razón para que Federica y yo empezábamos a temer la una de la otra, a cuidarnos de no enfermar, de lucir fatigadas o de envejecer para que la otra no tuviera motivos para pensar en darle una habitante más a esa región de la casa o para temerle a que la noche abriera las puertas a la venganza de Madre. Era joven entonces. Pensé solo en que podíamos limpiar los restos y crear un patio para los huéspedes en ese espacio. Pensé también en que podríamos irnos de viaje algunas veces, pasar de la obligación de cuidar de Madre, de Mariana y del gato. Incluso, olvidarlos. Pero antes de que terminara de celebrar, Federica comenzó a debilitarse de tanto llorar. Poco a poco. Frente a mis ojos. Sin que los médicos que llamé o yo pudiéramos hacer algo por ella. Se desdibujaba de tal manera que pronto no hubo forma de abrazarla o siquiera tomarla de la mano. Cada vez costaba más verla feliz en las habitaciones frontales. Y no hubo habitación interior a la cual hacerla entrar para que no se oscureciera por completo y terminara por desaparecer.

En un intento por verla mejorar, le ofrecí a mi hermana construirle una capaz de contenerla si ella, a cambio, resistía un poco más. Como se dibujó en su rostro un hilillo de ternura, comencé a levantar las cenizas de los cuartos incendiados, a mezclarlas con agua hasta volverlas una masa que podía moldear con mis manos.

Cuando por fin terminé y la noche abrió la puerta, Federica entró a ella para no volver a salir. Invertía su tiempo en recolectar las cenizas del resto de las habitaciones, de los tesoros, de Madre, de Mariana y de su gato, a reunirlas para formarlo todo de nuevo. Yo entendí que, en adelante, debería llevarle a diario su comida ahí, por lo menos hasta que la masa con forma de gato maullara.

 

Del libro Causas Naturales (Guatemala, Punto de Lectura, 2013). Reproducido con la autorización de la autora.



[1] Los tesoros de Mariana estaban compuestos, en su mayoría, por objetos o piezas de equipaje que habían dejado huéspedes que se habían ido sin pagar. Su posesión más preciada era el dedo índice de la mano izquierda que se le había caído a alguien que se levantó para ir al baño sin encender las luces y se lo cercenó con la puerta. Si queríamos, podía llevarnos (con el gato) a la habitación donde lo había encontrado. Cada cierto tiempo, la visitaba para cortarle la uña al dedo y barnizársela.

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