Foto de Alejandra Costamagna.

Foto de Alejandra Costamagna.

Lo recibe como se recibe el vuelto del supermercado. Muchas gracias, hasta luego. Y ahora no sabe qué hacer con él. Abrirlo, botarlo, dejarlo olvidado en las banquetas de la sala de espera. Y en adelante seguir vacunando cachorros como si nada, esterilizando gatas, extrayendo tumorcitos a conejos sin fortuna. Pero tarde o temprano se va a saber. Meses, años, quizás días. Entonces guarda el sobre en la cartera y sale a la calle. Camina hacia el paradero de micros. Una piltrafa avanzando por el cemento. No sabe cómo, pero lo va a contar. Primero a los padres, después a la hermana mayor, después al novio. En el paradero se le ocurren algunas palabras, pero se le borran cuando piensa en las siguientes. Con tanto despiste, seguro que en media hora más habrá olvidado hasta el orden. No encuentra papel ni lápiz en la cartera. Se le pasa la micro; todo se le va a empezar a pasar, tiene que acostumbrarse. Recién ve el bus cuando ya está en la otra esquina, recogiendo a un lote de oficinistas. Se le ocurre un nuevo orden: la madre, el padre, la hermana.

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Ahora son seis personas, contándola a ella, en la misma parada. Se da cuenta de que tiene que ser más realista. No hay novio, para empezar. La hermana no le habla desde diciembre del año pasado. Y los padres la tratan como a una criatura. Casi igual de consentida que el veterano Perkins, la hija mimada, pero al fin y al cabo todavía una criatura. Cuántas veces se lo dijo la terapeuta. ¿Y a ella no se lo va a decir, acaso? Primero a la terapeuta: en treinta segundos lo que no dijo en tres años. Después a los padres: el alcohol o la confesión quemándolos: «Dios mío, monita, ¿qué estás diciendo?». Y en tercer lugar a la hermana mayor, sorda al otro lado del teléfono: «¿Y ahora me llamas?». Quizás debería enviar un correo electrónico colectivo. Cero sentimiento; puro dato duro. Apelar a sus vagas creencias religiosas, a lo más. «Estimados todos: quiero informarles que…». ¿Que qué?

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Que sube, que fluye, que corre por las arterias de la ciudad atragantada en el único orden posible. Que sus padres sus padres sus padres.

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Cancela el turno de la tarde en la clínica veterinaria. Fiebre, dice al teléfono. Una repentina fiebre, se excusa ante el primer jefe de su vida, sin tener que forzar siquiera la voz. Y disca el número de sus padres. ¿A almorzar?, pregunta la madre. ¿Pero no estabas de turno? ¿Qué te cocino, monita? Como si todavía fuera eso: una mona demasiado chica para llamarla por su nombre y abandonar los diminutivos.

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El condominio de los padres está lleno de ruidos. Mucho loro silvestre y mucho niño y mucho perro olisqueando niño. Cuando ella vivía con sus padres no estaba el cartel que ahora recibe a las visitas en la entrada principal: «¡Peligro perro!». El Perkins nunca amedrentó a nadie con ese aspecto de anciano prematuro. Dos cachorros ensayan frente a ella sus primeros ladridos. Se pregunta entonces si el peligro será catalogado de perro (un peligro perruno, un asunto bravísimo) o se trata más bien de una advertencia para el propio perro (ándate con cuidado, perrito). Pero en el último caso debería llevar una coma entre el «peligro» y el «perro», se le ocurre. Si lo suyo fuera un problema de comas o de letras, una errata ortográfica. Si sólo fuera eso.

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Le han dicho que es el más inocuo de todos, pero ella cree que se han equivocado y han querido decir inicuo. Un desenlace justo; no inofensivo.

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Antes de tocar el timbre revisa que el sobre esté adentro de la cartera, guardado hasta que logre romper la compasión y pruebe las palabras en seco frente a sus padres. Sin diminutivos. Sin terapeuta, sin hermana rencorosa, con flamante cartón de veterinaria e infinitas listas. La que se le ocurre ahora mismo: decenas de gatos, perros, loros, tortugas, cuyes y conejos que no va a examinar.

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Fue el día de su graduación en la facultad. Andaba distraída. Le entregaron el cartón, subió al escenario con el delantal blanco, divisó entre el público a su antiguo novio. ¿Para qué vino?, pensó. También pensó, sin querer pensar, en el alicaído Perkins. Después todo el mundo la felicitaba, la llenaba de preguntas. ¿Se aburren las vacas? ¿Cómo le tomas la temperatura a una tortuga? ¿Qué hacen los veterinarios con los hijos de perra? Chistes malos de animales, de gente rodeada de animales. Si te esfuerzas vas a conocer el cerebro de los monos, le dijo muy seriamente el antiguo novio mientras le daba la mano. Frío como témpano, el hombre. Él ya operaba, lo llamaban doctor; tenía pacientes particulares incluso. ¿Debía tomar el comentario como una insinuación? Se quedó muda. Y en breve encadenó las ideas: monos, monitas, ella y su hermana. Se había olvidado de invitar a su hermana mayor a la ceremonia de graduación. A su hermana, que era ultrasensible. Como era de esperar, le importaron un pepino las disculpas. Si andaba tan distraída, por qué había invitado hasta al dueño de la clínica veterinaria, a su antiguo novio, a sus mismos padres. Se invitaron solos, trató de convencerla. ¿Y cómo se enteraron? Ya, okey, se me olvidó, ¡se me olvidó! Pero la mayor no lo tomó como un lapsus. Era psicóloga y creía en los actos fallidos más que en la ley de gravedad. Consideró el olvido de la hermana chica como un desprecio.

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El padre y la madre se ven relajados en las sillas blancas de la terraza. Bajo la sombrilla y con lentes de sol parecen un par de holgazanes a las tres de una tarde tibia de septiembre. Salud por esto, salud por lo otro. El Perkins duerme a sus pies. Una familia lujuriosamente feliz: padre, madre, botella de vino a la mitad, dos hijas profesionales y un perro sedentario. Lo mejor sería largarlo ahora mismo, piensa, antes de que la felicidad se escabulla y empiecen a decir oh, pobre monita, y todo se desvanezca en sensiblerías. En cambio va y dice:

—¿Ya no ladra?

Lo dice cuando el perro abre y cierra el hocico con el impulso de un ladrido que no saca sonidos al aire. El mismo perro que vivió con ella durante los últimos doce o trece años.

—De repente le sale uno que otro guau —asegura la madre.

—Qué guau —corrige el padre—. Es la garganta que le chirría.

—¿Qué sabes tú de perros?

—Sentido común —se jacta el hombre—. No hay que ser ningún experto para darse cuenta de lo que le falla a un animal.

La madre lo mira con una mueca de incomodidad. Cómo se le ocurre decir eso delante de la recién estrenada veterinaria. Delante de su hija más chica, ubícate. Y dado que el hombre no atina a corregir sus palabras, es ella quien cambia el foco del comentario.

—Yo creo que es alergia a la primavera —apuesta—. ¿Qué dices tú, monita?

—A lo mejor no tiene nada que decir…

—A lo mejor —aprueba el padre. O la madre. Ninguno está convencido del razonamiento de la veterinaria principiante. Puede que ahora noten que hay algo en el tono de la voz de la hija que sí habla, que no quiere hablar.

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Durante el último turno en la clínica llegó una mujer con su perra poodle, iguales dueña y mascota, idénticamente fruncidas. A la perra la habían mordido. Algún animal excitado con tanto firulete. La pobre estaba en shock. No se movía, no ladraba, no pestañaba. Ahora que mira al Perkins y a sus padres entregados con la misma soltura al envejecimiento, recuerda los lloriqueos de la dueña del poodle: «¿Va a quedar con algún daño neurológico? Dígamelo, doctora; si va a quedar tocada dígamelo, por favor». Y ella no le dijo que sí ni que no, porque se quedó pensando en eso de ser doctora.

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Tocados, todos tocados, pensó una semana atrás. Llevaba treinta y cinco minutos en la sala de espera. Y de repente: pase, pues, pase. Las miradas atenuantes de la tecnóloga, sus indicaciones de antimanual de psicología. Sáquese la ropa de la cintura hacia arriba y póngase la bata que está en el perchero. Como si hubiera dicho: vaya a pegarse un tiro, hágame el favor.

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—Si quieres lo llevas a la clínica esta semana, mami.

—No es necesario —se resigna la madre—. ¿Para qué quiero que ladre?

Toda la razón. ¿Qué quieren decir los ladridos? ¿Que está en peligro el pobre? Eso lo entendemos perfectamente. No hay que tener un cartón ni delantal blanco para saberlo. Estás en peligro. Eres viejo, perrito, te vas a morir. El padre toma el abridor y se acerca a la segunda botella de vino, con intención de descorcharla. La madre trae una olla humeante que acomoda sobre la mesa. Comen humitas con tomate y cebolla, toman vino tinto. Cuando terminen de raspar las hojas con el tenedor, abrirá la boca y lo dirá. Mamá, papá, tengo algo feo que contarles. Pero el padre está afanado con la hojita de maíz y ahora, sin soltar el tenedor, desgrana su tema predilecto: la deforestación y la degradación de los bosques en el mundo. Pérdida de masa forestal, planeta desnudo, extinción de las especies. El loro tricahue, el picaflor de Juan Fernández, el cisne coscoroba. El viejo saca palabras, pero es como si no las pronunciara. Se diría que ha entrado en trance. La madre hace como que escucha los rumores ambientales. Es martes, son las tres y media de la tarde, el sol parece una pelota de sangre en el cielo.

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Dice permiso, voy al baño. Pero en la mitad del pasillo se desvía y camina hasta la pieza que fue su pieza. Piensa que tiene que volver a dormir ahí, que va a poner un cartel en la entrada que advierta «Peligro hijos». Que lo va a soltar de una vez, que no lo va a soltar. Abre el clóset. Varios pares de zapatos talla 36 parecen decir úsenme, pero ya nadie los va a usar. Vuelve a la terraza. La madre languidece en su silla, tan minuciosamente fingiendo que escucha la voz del viejo que sigue sonando como si flotara en el aire. Ya no me ven, piensa. Piensa que la palabra ya empieza a funcionar como una muleta. Acaricia la cabeza del Perkins. El animal abre el hocico y le muestra los dientes. No le está gruñendo. Sólo le está confirmando lo que ella ya sabe.

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Tres cosas que ya no va a hacer:

                —Hacerse la chistosa con la hermana.

—Estudiar el cerebro de los monos.

—Redactar la lista de todas las listas de su vida.

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—Oh, fantástico —susurra la madre desde su languidez cuando la hija anuncia que dormirá una siesta. El padre toma el abridor de botellas dispuesto a abordar una tercera tanda. Pero no quedan más botellas sobre la mesa, de manera que el hombre se queda jugando con el aparato como si fuera un autito mecánico y él tuviera setenta años menos. Apenas se levante de la siesta se va a atrever, se los va a decir. Mamá, papá, ya no soy una criatura: así va a partir.

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Tres palabras que seguro no va a usar:

—Gracias.

—Dios.

—Desgracia.

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Revisa que su cartera esté cerrada. Cierra también las cortinas hasta que no se filtre ni una miga de luz. Por un instante tiene la idea de que todo se ha congelado; que quizás la Tierra ya no sigue girando. Advierte el filito de sol que se cuela por un costado de la cortina. Le alivia pensar que allá afuera la vida continúa. Escucha los ruidos del condominio: la máquina cortadora de pasto, la risa del vecino, los niños. Escucha las voces de sus padres. Llegada la próxima primavera ellos seguirán ahí, piensa, ocupando los mismos puestos, y ya no echarán de menos los ladridos del Perkins y no la llamarán monita y a media tarde dirán oh, fantástico, y las astillas de sol los irán clavando poco a poco, cuchillitos filosos, oh, qué fantástico.

 

Del libro Animales domésticos (Santiago de Chile, Mondadori, 2011). Reproducido con la autorización de la autora.