La frase es de Roque Dalton. Pertenece a una crónica titulada «La noche que conocí a Régis» y dice así:

El poeta salvadoreño Roque Dalton y la escritora venezolana Elizabeth Burgos en La Habana en 1970. (Foto tomada del blog "Tribulaciones y Asteriscos").

El poeta salvadoreño Roque Dalton y la escritora venezolana Elizabeth Burgos en La Habana en 1970. (Foto tomada del blog “Tribulaciones y Asteriscos”).

     “Y de pronto me vi el alma canosa de treinta y un años casi acariciando las bufandas de su retiro praguense y me sentí en alguna manera cómplice con una forma de tener una edad que no podía ser conscientemente la mía”.

     Dalton habla de la vejez, de ese instante irrepetible en que un hombre entrevé sin ninguna distorsión su propia senectud, la lenta aceleración hacia la muerte. Aunque el texto fue publicado en la revista Casa de las Américas del mes de agosto de 1968, Dalton hace referencia a una noche de otro agosto, de 1965, cuando conoció a Régis Debray en el apartamento que Oswaldo Barreto tenía asignado en Praga.

     Recalar en este texto precisamente hoy, 31 de julio de 2012, día en que cumplo treinta y un años, basta para pensar en el asunto con algo de método: sentarse a pensar escribiendo.

     Ayer mismo mientras veía a Julia mirar la televisión, me puse a tararear en mi cabeza, a preguntarle en silencio: “will you still need me, will you still feed me, when i’m 64?”.

     Cuando Julia y yo tengamos sesenta años, nuestro amor habrá alcanzado sus respectivos treinta dos años. Sólo entonces nuestro amor, como un ser independiente, distinto de nosotros y de los hijos, podrá comenzar a pensar en su propia vejez, en si llegará y cómo llegará a los sesenta y cuatro, cuando los cuerpos y el amor igualen el paso para enfrentar juntos la disolución.

     Pero yo no quiero pensar en estas cosas. Yo quería pensar y recordar la tarde noche del 28 de septiembre del año pasado cuando sostuve una larga conversación de más cinco horas con Oswaldo Barreto.

     Me encontraba en la fase decisiva de la biografía que estaba escribiendo sobre Darío Lancini. Oswaldo Barreto, antiguo militante del Partido Comunista, ex guerrillero, profesor universitario, escritor, agudísimo crítico y asaltante de aviones, había sido uno de los grandes amigos de Darío Lancini. Yo estaba recogiendo diversos testimonios, pero hasta el momento me había tropezado con la irreductible sutileza con que Lancini había decidido tentar el mundo. Puras anécdotas evanescentes, cascarones de perplejidad. Cuando contacté a Barreto para pedirle cita, tenía las expectativas bajas, estaba preparado para salir de su casa y tirar la toalla.

     El encuentro fue mágico, hizo posible el libro y produjo un cambio importante en mi vida.

     Habíamos quedado a las cuatro de la tarde en su casa, un apartamento en la avenida Cajigal de San Bernardino. A las cuatro en punto, en la puerta del edificio, lo llamé. Me atendió un poco azorado. Venía saliendo de la estación de Metro de Bellas Artes, la más cercana a su casa.

     –Habíamos quedado a las cinco –dijo–. ¿No?

     –A las cuatro entendí yo –dije.

     –Ya voy subiendo, llámame en un rato.

     Pensé que el encuentro no se iba a dar. La avenida Cajigal no ofrecía ningún café para matar el tiempo, ni siquiera un banquito o una sombra donde detenerse. Comenzaron a caer las primeras gotas de una lluvia personal. El cielo permanecía azul, el calor no cedía.

     Bajé hasta la plaza La Estrella y al lado de un kiosco de periódicos encontré un muro bajo las ramas de un árbol de cachitos. Saqué un libro y me dispuse a esperar que dieran las cinco.

     A las diez páginas, escuché un frenazo, un cornetazo y un reclamo. Era Oswaldo Barreto que manoteaba el parabrisas de un taxi que no le había cedido el paso. Cargaba con dos bolsas de mercado que jalonaban su marcha hacia abajo, llevaba puesto un gorrito persa y una camisa tejida. Los pantalones eran joviales y anchos.

     Se le veía herido en algún costado por el tráfago caraqueño. El candado blanco de la barba, cierta hidalguía de los gestos, me hicieron recordar al Barón de Munchhausen. Al menos, el de la versión de Terry Gilliam en las primeras escenas, cuando irrumpe, derrotado, en un teatro donde se escenifica falazmente su vida.

     Me vio y siguió caminando pero incluyéndome en su andar, como si hubiéramos quedado no a las cuatro ni a las cinco en la puerta de su edificio, sino en el conciliador punto medio de las cuatro y treinta y a mitad de camino.

     El apartamento era pequeño y de techos altos. Dos fotos grandes de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir presidían una de las columnas. Las paredes estaban cubiertas por la trepadora de los libros y por cuadros que no identifiqué. Como si de una encarnación se tratara, dos gatos se refugiaban en distintos rincones de la sala, cada uno metido en sus propios pensamientos, pero íntimamente ligados, cual Sartre y de Beauvoir.

     Pero aquello fue sólo un efecto de la decoración, porque los gatos se llaman Cynthia y Freud.

     –Cynthia por la cantante turca Cynthia Gooding. Bellísima mujer, con una voz exquisita. Nombre que ha resultado oportuno pues ella es toda una dama –dijo Oswaldo.

     La gata, de un gris turquesa, se montó en una de las sillas altas de la cocina y ronroneó.

     –Freud, por su parte, también hace honor a su nombre: el sexo ante todo, para él.

     No es esta la ocasión de volver a reconstruir el grueso de la conversación de esa tarde. Específicamente, el relato de la noche en que Barreto, acompañado de Dalton, conoció a Louis Aragon. Eso ya está narrado en la biografía, así como las secretas conexiones entre esa escena y la vida de Lancini. Me interesa, en cambio, referirme a una anécdota que surgió casi al final de la velada, que Oswaldo me indicó expresamente transformara en un cuento y cuyo título debía ser “La vejez”.

     El 18 de septiembre de 1975, cuando cumplió cuarenta y un años, Oswaldo Barreto recibió uno de los regalos más hermosos que le habían dado en su vida. Una camisa de seda. La más elegante y delicada camisa de seda que sus manos habían tocado.

Swallowing Stones: A Novel es la biografía novelada de Oswaldo Barreto escrita por Lisa St. Aubin de Terán.

Swallowing Stones: A Novel es la biografía novelada de Oswaldo Barreto escrita por Lisa St. Aubin de Terán.

     Apenas unos meses antes, el 10 de mayo, Roque Dalton moría ajusticiado, al parecer por una facción del Ejército Revolucionario del Pueblo, en El Salvador, acusado de ser un infiltrado de la CIA. Le faltaban cuatro días para cumplir los cuarenta años. Alcanzar los cuarenta y uno fue, para Barreto, el aval de la sobrevivencia. Barreto supo ese día que le tocaría el destino más exótico para un hombre de acción: envejecer. Supo que la muerte de Dalton, su hermano en combatividad y poesía, lo impulsaría hasta el final de la historia.

     La camisa se la regaló la madre de Mariana, la que era entonces su novia.

     –Debe haber tenido entonces la edad que yo tengo ahora –dijo Oswaldo.

     A la semana siguiente, fue hasta la tienda por departamentos donde la señora le había comprado la camisa. Habló con el dependiente y la cambió por otra camisa, un pantalón y dos pares de zapatos. Todas las prendas eran de buen gusto y más económicas.

     Días después, Mariana lo llevó a casa de su madre para almorzar. Oswaldo se pertrechó con el botín repartido que obtuvo por la camisa de seda. Su mujer saludó a la madre y se fue directo a ayudar en la cocina. Él quedó a solas con la señora y como si fuera un maniquí, posó ante ella para que apreciara la vestimenta.

     –¿Qué pasó con la camisa de seda? –le preguntó.

     –La cambié por todo esto –dijo Oswaldo.

     –¿Por qué hiciste eso? ¿No te gustó?

     La respuesta de Oswaldo impidió cualquier reproche.

     –Esa camisa era tan hermosa, señora, que para ponérmela hubiera sido necesario antes cambiar de vida.

     La señora, que estaba al tanto de la revoltosa agenda de su cuasi yerno, comprendió perfectamente lo que le quiso decir. Tanto así que selló el pacto con un beso.

     –Me besó en los labios. Un beso largo y casto en los labios.

     Un segundo después entró Mariana. Oswaldo miró a una y a otra, activando un juego de espejos que fracasó a los pocos segundos. Madre e hija no guardaban el más mínimo parecido.

     –Entonces supe que aquella relación no tenía futuro.

     Treinta y seis años después, en su cumpleaños número setenta y siete, Oswaldo recibió un regalo que le hizo recordar aquel.

     Se levantó un momento de la mesa y fue a la habitación a buscarlo. Para ese instante, ya habíamos dejado atrás los recuerdos sobre Darío Lancini y una botella entera de whisky. Iván Dario, el menor de los hijos de Oswaldo, apareció después con dos botellas de vino y se sumó a la conversa.

     Se trataba de un bolso negro, pequeño y elegantísimo. Antes de traerlo, Oswaldo estuvo un buen rato tratando de describirlo. Era un bolso de esos chiquitos, buenos para llevarlos terciados, muy cómodos. Pasamos algunos minutos buscando la palabra mapire que se nos extravió por completo y que ahora, diez meses después, aparece en medio de la escritura. El bolso que le regalaron dialogaba con el espíritu del mapire, pero lo excedía en practicidad, calidad y belleza. Y así como se lo dieron decidió portarlo.

     Fue en la taquilla del periódico Tal Cual, donde Oswaldo mantiene una columna que sale dos veces por semana, que le llamaron la atención por aquel regalo. La muchacha de la caja le preguntó qué hacía con ese bolso puesto:

     –Un regalo. ¿No le parece bonito, acaso?

     –Muy bonito. Demasiado bonito, señor Oswaldo. Ése es el problema. Tenga cuidado.

     Entonces Oswaldo buscó el bolso y nos permitió apreciarlo. Al ver la chapa entendí todo: Mario Hernández. Valga la cuña para explicar el paso del tiempo en Venezuela. En los años cincuenta y sesenta se podía morir por los ideales. Ahora, la subversión consiste en portar determinada marca de zapatos, bolsos o teléfonos celulares y tentar la suerte.

     Oswaldo Barreto, ex guerrillero al fin, persigue el peligro en cualquiera de sus transformaciones. Lleva cruzado en el pecho, como si fuera una canana de revolucionario mexicano, su bolso, luciéndolo sin miedo. Pero la moraleja de la historia no es esta. La moraleja del cuento que él quería que yo escribiera es más superficial y al mismo tiempo más profunda:

     –Ser viejo es aceptar cosas nuevas. Esto, en el sentido más materialista e histórico del término –dijo Oswaldo.

     Iván Dario y yo celebramos la anécdota.

     Sin embargo, yo me había tomado en serio el encargo y presté la excesiva atención que presto, nada placentera, cuando me siento al borde de una historia. Algo faltaba en el relato para poder escribirlo. Un algo que no podía venir de afuera sino del seno de la misma trama, pero que aún no se había revelado. Ese algo que he encontrado hoy como un espontáneo regalo de cumpleaños.

Regis Debray, con el cigarrillo en la boca, luego de ser capturado en Bolivia en 1967 por su participación en la guerrilla del Che Guevara.

Regis Debray, con el cigarrillo en la boca, luego de ser capturado en Bolivia en 1967 por su participación en la guerrilla del Che Guevara.

     Dalton, en aquella crónica de una noche praguense en agosto de 1965, cuenta lo siguiente: “En casa de Osvaldo dormía un escritor francés. Su mujer, una muchacha venezolana que había estado en mi casa un día antes, cuando yo era simplemente un borracho lastimoso y urgido de caras nuevas, velaba su sueño emocionantemente. Osvaldo dijo: «Ahí donde le ves esa cara de niño, este tipo es el francés que más sabe sobre las guerrillas de América Latina»”.

     La muchacha venezolana era Elizabeth Burgos. Y el francés, Régis Debray. Esa noche tenían una cita en casa del camarada Pierre Hentgés, en la calle Lermontova. Asistirían Louis Aragon, Elsa Triolet y Lily Brick. Debray, al despertarse, entre despeinado y confuso, arremetió contra aquel compromiso. “¿Insisten, pues, en asistir a esos actos íntimos de la gran burguesía del Partido, de la gran putería intelectual de Francia, sentada con sus grandes nalgas en el pináculo del mundo, verbosa, didáctica, insoportable?”, cuenta Dalton que les dijo Debray.

     A partir de aquí, lo que parecía una crónica sobre la diáspora y la militancia se transforma en una serena pero no menos implacable reflexión sobre la juventud y la vejez. Dalton recibe con indulgencia la iracundia de Debray (“los jóvenes del mundo, bellos pumas que tiemblan de cólera”) y también pacta con la sabiduría de los viejos. Quizás lo hace porque en ese momento, a sus treinta y un años, no se siente ni joven ni viejo. Quizás lo hace siguiendo el llamado insensato de conectar lo imposible, el pasado y el futuro, el sueño y la vigilia, el comunismo y la realidad. Ese interregno, ese presente que la mayoría asimila como una transición, es su estación definitiva. Allí se queda Roque Dalton, amarrado al paredón de su talante reflexivo, listo para morir y entrar en su forma particular de eternidad.

     Es en las líneas finales del texto de Dalton donde encuentro la frase que Oswaldo Barreto encarnó: “Ser viejo es haber renunciado a eliminar una nulidad, prueba máxima de la más culposa sobrestimación”.

     Hasta aquí las citas. Ellas, junto al recuerdo de aquella inolvidable conversación, me han permitido identificar dónde estaba el núcleo de la historia. Al menos, de la historia que se me encargó, que es en cada momento el punto de roce con edades, estados de ánimo, experiencias que no son conscientemente los míos.

     Ahora veo que el núcleo del cuento, su posibilidad, está en el beso de la señora. En esa puerta del tiempo que se le abrió a Oswaldo al ser besado por la madre de su propia mujer. Un beso materno, pero no en el sentido edípico que Freud, con suntuosidad gatuna, seguro hubiera recalcado. Un beso materno en el sentido del desamparo en que nos coloca nuestra persistencia, cuando nos volvemos hijos del pasado y nos dormimos al arrullo de los mejores recuerdos.

     Pero yo no quería pensar en estas cosas tan tristes. Y menos en mi cumpleaños. Mejor dejo el asunto hasta aquí. Voy a encontrarme con Julia. A jugarme el futuro en sus labios.