Corren aires de renovación en la narrativa boliviana. Una literatura anclada en la tradicional exploración de la problemática social del país está dando lugar a una literatura de temática más abierta, en la que, muchas veces, lo principal parece ser el deseo de indagar en la intimidad del individuo. Una literatura que se ha enfocado sobre todo en la región andina está cambiando su eje de gravedad, dirigiendo sus pasos hacia la región amazónica, donde el departamento de Santa Cruz ha emergido como un importante bastión de la actividad cultural. Una literatura en la que durante buena parte del siglo XX la mina y el campo fueron los paisajes centrales está ahora casi exclusivamente centrada en las ciudades. Una literatura dada a narrar dramas colectivos, pudorosa en trabajar el yo, se dedica hoy a cartografiar la intimidad del individuo, sus secretos más recónditos, las formas en que algunos de sus traumas personales muchas veces se alejan de los reclamos del Estado-nación.

La nueva generación –escritores nacidos en las décadas del setenta y el ochenta– ha iniciado su andadura con obras ambiciosas y prometedoras, y está colocando a Bolivia en un lugar más relevante en el panorama de la literatura latinoamericana. Se debe señalar, entre otros, a Giovanna Rivero (1972), Wilmer Urrelo (1975), Fabiola Morales (1978), Maximiliano Barrientos (1979), Juan Pablo Piñeiro (1979) Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981), Liliana Colanzi (1981) y Sebastián Antezana (1982). Casi todos ellos publican en el exterior y han recibido distinciones importantes en su carrera: por dar ejemplos, Urrelo ha ganado el prestigioso Anna Seghers (2012), Rivero ha sido escogida entre los 25 “secretos latinoamericanos” por la Feria del Libro de Guadalajara (2011), Antezana y Urrelo han ganado el premio nacional de novela en Bolivia, y Hasbún ha estado en la lista de la revista Granta de escritores más representativos de América Latina y España (2011).

En estos escritores no aparece de manera frontal la profunda crisis sociopolítica que vive actualmente Bolivia. El quiebre del modelo neoliberal, el ascenso del neopopulismo de la mano de Evo Morales y el surgimiento de modelos autonómicos contestatarios al centralismo del Estado nacional no tienen su correlato en cuentos o novelas que sitúen al individuo en este traumático escenario histórico. Quizás esto se deba al hecho de que la narrativa boliviana –sobre todo, la novela– se ha hallado, prácticamente desde el siglo XIX, esclavizada a narrar la problemática nacional en clave sociológica y antropológica; la tradición, cuando se convierte en obligación, es una carga de la que estos escritores buscarían liberarse, consciente o inconscientemente.

También podría aventurarse otro argumento: si bien en la mayoría de los textos de estos escritores no hay un fondo histórico reconocible, lo que sí aparece en sus novelas y cuentos es la dislocación, la sensación de incertidumbre, la confusión de la clase media boliviana ante el panorama social. Así, de manera indirecta, al bucear en el aprendizaje hacia nuevas sensibilidades, estos escritores estarían narrando la crisis social y política. Si la novela, como quería Balzac, es la vida privada de las naciones, entonces la obra de estos narradores es la intimidad de una crisis que aparece cotidianamente en los periódicos.

Hay libertad temática y formal; hay mucho talento e imaginación. Con una infraestructura que apoye la difusión de las obras y de los escritores, la narrativa boliviana consolidará el salto que está dando, para hacerse, con todos los merecimientos, más conocida de lo que es en el vigoroso escenario presente de la literatura latinoamericana.

VER: “La ola” por Liliana Colanzi; “Reunión” por Rodrigo Hasbún; y “Último Año Nuevo con mi padre” por Maximiliano Barrientos