Tambaleando, llega al baño diminuto, el lugar más sucio en el que ha estado jamás, aunque en ese momento no pueda afirmarlo con tanta certeza, afirmar nada, solo buscarse la verga y mear, donde caiga pero apuntando hacia la taza putrefacta. Tanta mierda dice y se pone a reír, seguro del enano Fernández, enano Fernández puerco, enano Fernández enano, no me aguantas ni dos tragos, ni un trago, abrimos las botellas y ya estás verga, enano Fernández. Intenta ver qué hora es, no puede, le cuesta fijar la atención, todo se mueve, enanito, mi reloj, las paredes, de fondo los gritos de los del curso se confunden con la música, quizá se han puesto a bailar. Se sube el pantalón y vuelve a reír, cuál da más, chicas, tranquilas, alcanza para todas, se apoya en la pared, tararea la canción que llega desde el salón, cierra los ojos, no vale morder.

 

Robinson lo encuentra una hora después, profundamente dormido en el suelo del baño, la ropa manchada de vómito, pero como también está borracho tarda en darse cuenta de lo que pasa, Julián, qué haces, busca un espejo mientras mea, Julico, carajo, se arregla un poco y luego intenta levantar a su amigo, pero resulta difícil debido a que va todo sucio. Grita para que alguno de sus compañeros lo ayude, son las tres y solo quedan unos cuantos, so lo quedamos unos cuantos, Julico dice Robinson mientras le quita la camisa, los machotes, el resto se ha ido, las chicas también, la única es la Brujita, era tan fea y mirá, quién lo hubiera dicho. Carga a su amigo en la espalda y sale del baño, llega al salón, lo acomoda en una de las sillas de la mesa donde están Andrade y Moisés, la Brujita y Arrazábal bailan en medio del bar, el enano Fernández baila solo, abrazado a una botella. Qué le ha pasado a éste pregunta Andrade. Moisés pregunta a su vez por qué va desnudo Julián. Después de que Robinson le explica que su camisa parece un trapo, hace un esfuerzo por concentrarse y pensar, va a enfermarse dice Moisés, mejor se la pongamos, comentario al que el otro responde sucintamente, se ha quedado en el baño y yo no la traigo ni cagando. En medio del bar Arrazábal empieza a besar a la Brujita, que lleva puesta la falda más corta del mundo, cuando se agacha un poco se le ven las nalgas enteras separadas apenas por un calzoncito negro, y cerca de ellos el enano Fernández empieza a hablarle a su botella. En un arranque inusitado de violencia, nacido del miedo y la preocupación, Moisés se propone despertar a Julián cueste lo que cueste, Julico, despiertas o te despierto, a lapos, mierda. Piensa que su compañero se ha intoxicado, que deberán llevarlo a un hospital, nunca lo ha visto así y no es la primera vez que chupan tanto, lo mira y lanza un primer golpe, la mano abierta sobre la cara. Julián no reacciona, recibe un segundo golpe, hace el intento de abrir los ojos, qué pasa pregunta Julián. Moisés llama a Robinson y a Andrade, que para irse del bar se han puesto a buscar las botellas de cerveza que aún tienen algo dentro, no lo oyen, le acaricia el cabello a su amigo, Julián mantiene los ojos entreabiertos con un esfuerzo desmesurado y desde muy lejos, desde otro planeta, repite las mismas palabras, qué pasa, pero las pronuncia apenas, no se entienden. Ahora vuelvo dice Moisés, que se ha tomado en serio su labor, y camina hasta el baño. Cuando vuelve ve que Arrazábal ya le está tocando el culo a la Brujita, Robinson y Andrade siguen recolectando los restos de varias botellas, el enano Fernández lo mira desde muy lejos, desde el mismo planeta del que miraba Julián hace un rato, pero no dice nada, permanece quieto, quizá no está mirándolo, Moisés le hace una seña a la que el enano no responde. Te he traído tu camisa, Julico dice Moisés, Julián murmura algo, quizá está agradeciéndole el gesto, no me la pongas, está sucia, imposible descifrar sus palabras, ahora te la voy a poner, levantá los brazos, y tras un esfuerzo enorme logra vencer su resistencia, ya estás, ahora sí que ya estás, para luego darse la vuelta y llegar donde Andrade y Robinson, que lo esperan con tres vasos llenos de las sobras del curso. Arrazábal y la Brujita se acercan y anuncian que deben irse, sonriendo como imbéciles, sobre todo Arrazábal, tanto tiempo cagado por la Brujita y ahora al fin al borde de la recompensa. Ninguno insiste en que no se vayan pero les causa una pena inusual, ya no podrán seguir admirando esas piernas, ese culo que se ha puesto tan rico. Yo también me largo dice el enano Fernández. Andrade o Robinson responden de inmediato, con pocas palabras, una o máximo dos.

 

Salar de Uyuni, Bolivia

Salar de Uyuni, Bolivia.
(Foto de Luca Galuzzi)

Algo huele mal dice el enano Fernández en el taxi, sentado al lado de Julián, que aún no reacciona. El conductor, un gordo cuarentón, le dice que si quiere se baje, no, no es el taxi aclara el enano Fernández, ni usted, no estoy seguro, parece que el olor viene de Julián, al mismo tiempo que Moisés le ordena al enano Fernández que cierre su bocota, mientras en el asiento delantero Andrade y Robinson, en el caos, aprovechando el caos, confundidos por el caos, empiezan a besarse en la boca. Qué está pasando aquí dice el taxista mirándolos de reojo, dos muchachos tan macizos y masculinos, nada de mariconadas en mi taxi. Ellos se desprenden y le responden que se vaya a la puta madre y que ninguno de los que va en el taxi es marica, luego se ponen a reír y a molestar al enano Fernández por esa botella vacía que no va a soltar, al menos no por voluntad propia, aunque sospecha que sus compañeros ya están tramando algo, los pensamientos brumosos no lo han anulado completamente. Ustedes son más fuertes pero no piensan dice el enano Fernández, solo Moisés logra entender, Moisés que está ligeramente más sobrio que hace una hora, la borrachera se aligera, comienza a pensar y no para, en la universidad, en su novia, dijo que se quedaría en casa pero uno nunca sabe dice o murmura Moisés, a lo que el enano Fernández responde que la fuerza física no lo es todo, también existe una fuerza espiritual dice el enano Fernández, a lo que Moisés ya no responde, no inmediatamente, pasan diez o veinte segundos, quizá treinta, uno nunca sabe lo que hacen las novias dice mirando ahora hacia delante, Andrade y Robinson se están besando de nuevo, nunca los había visto besarse, nunca había visto a dos hombres besarse y menos a dos hombres tan grandes, dos hombres de barba que han sido los matones del colegio durante tantos años. He dicho que nada de mariconadas repite el taxista exasperado, gritando casi, ¡en mi taxi nada de mariconadas! Julián abre los ojos entonces, por el ruido, dónde estamos pregunta Julián, a lo que el enano Fernández responde que si se fijan bien, los grandes hombres de la historia eran más bien pequeños, Ghandi dice el enano Fernández, piensen en Ghandi, a lo que Julián responde con pocas palabras, estoy mojado dice Julián, mi camisa está mojada, a lo que Andrade o Robinson replican a su vez, desprendidos por un momento, Julico, carajo, esta noche te hemos volteado jodido. El taxi se detiene en la puerta de una casa de putas que parece una casa normal, una casa que podría ser la de cualquiera de ellos, grande, lujosa, y luego de discutir el precio con el taxista y de llegar a un acuerdo razonable, le pagan y se bajan y Andrade, que propuso el lugar, toca el timbre. Una mujer le habla por el intercomunicador, ¿sí? pregunta la voz de mujer, sus compañeros se van acercando, el cartero dice Andrade, es la clave que le ha pasado su viejo, pase dice la voz, la puerta se abre automáticamente, somos varios carteros dice Robinson, pero ya nadie responde. El enano Fernández informa a sus amigos que ahora sí debe irse, que no tiene plata, que está cansado, mientras ellos le van respondiendo uno por uno, tú no te preocupes de la plata dice Andrade, tú no vas a ninguna parte, enanito dice Robinson, no sabemos en cuánto tiempo volveremos a vernos dice Moisés. Varias mujeres están sentadas en la sala, algunas parecen niñas disfrazadas, saludan extrovertidas, seguras de sí mismas, una se levanta, no esperábamos un grupo de guapos dice, se acerca y acaricia al que otros dos ayudan a mantenerse en pie, una casa de putas dice Julián, el enano Fernández excusa a su amigo, la puta le pregunta por su botella, el enano Fernández hace como si la no hubiera oído, ya no ama a la botella, incluso ha dejado de desearla. Andrade y Robinson le hablan a una de unos treinta, en segundos desaparecen por el pasillo oscuro, Moisés los ve irse, se sienta y ayuda a Julián a sentarse, Julián se queda dormido al instante, les traen una cerveza que no pidieron, el enano Fernández intenta decir algo pero no le sale nada, les traen tres vasos, una muchacha de máximo quince años aparece a su lado. ¿No vas a invitarme un trago? pregunta, el enano Fernández empieza a servirle cerveza, cerveza carísima, con lo que les va a costar hubieran podido comprar cinco en el bar, y ella le dice que la cerveza le provoca malestar, prefiere un whisky, el enano Fernández no sabe cómo responder, uno de tus amigos, el hijo de don Fernandito, me dijo que me encargue de ti, que no te preocupes por la plata, la mira, es linda, seguro hija de campesinos, debe ganar tres veces más que su familia entera. Pediré un whisky dice la puta, el enano Fernández asiente, ella le hace una seña al mozo, ¿de dónde vienen?, se incomoda, tartamudea, de una reunión de curso dice, después de cuatro años de no vernos, de no vernos todos juntos, porque igual algunos nos vemos en la universidad, otros se han ido del país, a esos ya no los hemos vuelto a ver, ella no dice nada, estuvo bien, pero bebimos demasiado, ella no dice nada, ¿tú qué hiciste? pregunta el enano Fernández nervioso, la peor pregunta que se le ha podido ocurrir, yo también estudio dice ella, en la estatal, el mozo le entrega el whisky, medicina dice la puta, la pregunta no era esa, el enano Fernández no sabe si creerle o no, es la primera vez que vengo a un lugar así dice, ¿tienen mucha gente?, otra idiotez, una tras otra, sorbe de su cerveza, llegan dos hombres mayores, podrían ser tíos de amigos, tíos propios, se desliza todo lo que puede en el sillón, vámonos dice ella, el enano Fernández no sabe cómo responder, la niña campesina disfrazada de mujer, de estudiante universitaria, de puta experimentada, lo agarra de la mano y lo jala. El cuarto es espacioso y está iluminado apenas, se ve en los espejos que recubren las paredes, desde afuera, pequeño, indefenso, no tengo plata dice el enano Fernández, ella se desviste en un rincón, no lo ha oído, se quita el vestido, lo dobla y lo acomoda sobre una silla, se queda con el sosté y el calzón puestos, es más morena de lo que parecía, se echa sobre la cama y lo llama, no tengo plata insiste fuerte el enano Fernández para cerciorarse de que esta vez lo escuche, ella no responde, lo sigue llamando, se acerca y se sienta sobre la cama, deja que le quite la polera, piensa en la reunión, en que todos han cambiado, los que ve en la universidad, pero también Julián, digamos, que por alguna razón incomprensible ha elegido estudiar en la estatal, o Moisés, que estudia en un pueblo, ¿qué habrá sido de Alicia, de la Mariana pequeña, de Ladislao?, ¿cómo serán sus vidas ahora?, las manos de la puta le quitan el pantalón, soy… intenta decir el enano Fernández, sus manos le quitan el calzoncillo, ya lo sé dice ella.

 

Y también está la historia de mi hijo sigue contándole la puta más vieja a Moisés, que coge su vaso de cerveza y lo vacía de un sorbo, un mozo viene con otra botella y la deja sobre la mesa, levanta los dos vasos restantes, la botella de cerveza anterior, una copa de whisky que Moisés no sabe de quién es, se lo lleva todo sin darle ninguna oportunidad de reclamar. Me da tanto miedo, sobre todo que lo atropellen, eso me causa pánico, se ha perdido parte de la historia, por qué tendría que causarle pánico que lo atropellen, no entiende, ¿por qué te causa pánico que lo atropellen? pregunta Moisés, ella agacha la cabeza, pone cara de triste, es tan pequeñito, tan inofensivo, solloza de verdad o de mentira, pero ¿por qué sientes miedo de que lo atropellen?, ella lo mira a los ojos, no es gracioso dice, él siente nervios, aparta la mano de su muslo, se sirve cerveza de la nueva botella, no sabe cuánto tiempo ha pasado pero ve de reojo que Robinson y Andrade acaban de aparecer por el pasillo, piden algo en la barra, se besan, Moisés no sabe si sus amigos se han vuelto maricas, si están demasiado borrachos, si solo lo hacen por joder. No entiendo nada dice Moisés, el enano Fernández aparece no mucho después, se acerca a los otros dos, le palmean la espalda y le acarician el cabello como felicitándolo por algo, es sordito dice la puta más vieja, no se da cuenta cuando vienen los autos. Quiero ayudarte dice él, comprale unos audífonos, llevalo al médico, le pide su teléfono, va a ayudarlos, eso me dicen todos dice ella, no tengo tanta plata conmigo murmura Moisés con esfuerzo, la puta más vieja hace un gesto ambiguo, revisa su billetera y le entrega lo que encuentra, quizá esto pueda ayudarte, es su mensualidad, con eso hubiera podido pagarse dos polvos completos, incluido todo lo que no puede hacerle a su novia, ella se acerca y lo abraza.

 

Amanecerá pronto, no volverán a estar juntos hasta dentro de por lo menos cuatro o cinco años, posiblemente más, aunque prometan verse antes, aunque lo juren por sus madres. Julián está mejor y ya puede caminar, Moisés va un poco ensimismado, el enano Fernández se distrae mirando a Andrade y Robinson jugar entre sí, hacen como si se encontraran en un cuadrilátero, lanzan golpes, los esquivan. Cómo andas, Julico pregunta Andrade, Julián mira a sus amigos, están cada vez más viejos, veintiún años, algunos ya veintidós, no sé qué me ha pasado, parece que me estoy volviendo pollo responde Julián, ¿ustedes qué tal?, Andrade y Robinson dejan de boxear, tranquilos responde alguno. Los demás concuerdan, ha sido una buena noche, una noche tremenda, como las de antes, tenemos que repetirla más a menudo dice el enano Fernández, por lo menos una vez al mes dice Robinson. Luego se quedan callados y llegan a una avenida, donde se despiden sin grandes sobresaltos ni demasiada emoción.