El inquietante cuento de Maximiliano Barrientos alcanza su plenitud expresiva con los dibujos de Carol Thompson que rompen con la frialdad que buscan las palabras depuradas. En esta ocasión podemos ver todos los pasos que ha dado el escritor transformando su cuento en guión para que Carol Thompson pudiera interpretarlo. La traducción al inglés se la debemos a Sarah Viren.

 

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El cuento

Poco a poco el paisaje fue cambiando, Alessandra lo miraba por la ventanilla del Ford Scort. En un principio había casas, bares, centros comerciales. Luego amplios pastizales donde caballos pasteaban con las cabezas inclinadas en la maleza. Luego, cuando lo que los rodeaba comenzaba a ser monte, árboles verdes, impregnados con distintas clases de olores.

Estás muy callado, dijo Alessandra.

Estoy bien, respondió Darío.

Asentó una mano sobre el muslo de su novio, la dejó allí hasta que él tomó un sendero no pavimentado. Alessandra veía cómo la tierra ascendía y formaba una nube a sus espaldas que desaparecía lentamente a medida que el auto avanzaba.

 

Todavía era de día cuando llegaron al sitio donde Darío solía acampar con su padre.

¿Dónde armamos el campamento?, preguntó Alessandra.

Más adelante, cerca de la laguna.

Caminaron durante una hora subiendo una colina empinada y llegaron al lugar que tantas veces había visto en fotografías.

Es muy lindo, dijo Alessandra, exhausta.

Darío mantuvo silencio. Desde hacía semanas se comportaba de forma extraña. Andaba malhumorado, se ensimismaba, le costaba salir de su cabeza. Alessandra le preguntaba qué le pasaba pero él decía siempre lo mismo, que todo estaba bien, que no tenía nada. Debido a lo errático de su comportamiento, no le sorprendió que la invitara a pasar un fin de semana en un lugar al que por años se había rehusado en regresar.

¿Está igual a como lo recordás?, preguntó.

Idéntico, dijo él.

 

Cuando terminaron de montar la carpa, Darío se desnudó y fue corriendo a meterse en la laguna. Alessandra se acercó a la orilla y lo vio nadar. Se zambullía y aparecía a varios metros de distancia. El sol aún estaba fuerte y al golpear la superficie del agua creaba una serie de brillos que se demoraban algunos segundos en desaparecer. Cuando Darío se cansó de nadar, se quedó tendido en la arena con los ojos cerrados. Escucharon disparos a lo lejos. Alessandra miró a distintas partes del monte, pero se topó con la misma quietud de hacía unos minutos atrás.

Cazadores, dijo Darío. No tengás miedo.

No tengo miedo.

 

Voy a buscar madera pa hacer fuego, dijo Darío.

Alessandra estaba sentada en una roca, aún era de día, pero la intensidad del sol había disminuido. Tenían una hora más de luz.

¿Querés que te acompañe?

No, quedate. Vuelvo en un rato.

Cuando estuvo sola, Alessandra se desnudó e ingresó en la laguna. El agua estaba helada, pero se sumergió por completo y se movió en esa acumulación de oscuridad sin matices. Era ella y esa noche ininterrumpida por todas partes, cercándola. Al emerger, vio a un ciervo caminando cerca de donde armaron la carpa.

Hey, lo llamó.

Paró las orejas y fijó su atención en ella. Alessandra se acercó a donde estaba el animal. Era un ciervo macho, ya adulto, con grandes astas.

Hey, bonito, dijo Alessandra, y posó una mano en su frente. El ciervo retrocedió unos pasos y fue entonces que descubrió que estaba herido. Una bala había entrado en su vientre perforando un agujero de varios centímetros de diámetros. Era una herida reciente. El ciervo se alejó corriendo, dejó un reguero de sangre en el pasto.

 

Ya era de noche cuando terminaron de comer. El fuego que hicieron resplandecía y permitía ver fragmentos de la laguna.

Darío dijo:

La última vez que vine con mi padre había acabado tercero medio, eran las últimas vacaciones del colegio. Él ya sabía que estaba enfermo, sabía que le quedaba poco. Nunca me lo dijo, pudo haberlo dicho esos días que pasamos solos aquí, pero se lo guardó todo el rato en su cabeza.

¿Por qué?

El viejo era así, se guardaba ese tipo de cosas. A los meses murió, en cuestión de días se puso mal y no hubo vuelta atrás. Las metástasis habían invadido sus pulmones. El médico dijo que sus pulmones parecían queso gruyer.

¿Queso gruyer?

Esa fue la palabra que empleó, queso gruyer.

¿Por qué siempre que hablabas de este lugar nunca mencionaste eso?

Darío movió los hombros, no respondió, volvió a meterse en ese silencio duro en el que caía en las últimas semanas. Era la primera vez en mucho tiempo que Darío hablaba sobre algo que no respondiera a un propósito meramente funcional. Alessandra encendió un porro y se recostó en la tierra. Trató de recordar al padre de su novio a través de algunas fotografías que le había mostrado, pero le resultaba difícil: las facciones que creaba en su memoria podían ser las de cualquier hombre que bordeaba los cincuenta. Alessandra clavó la vista en las estrellas, parecían pedazos de hielo. Esa extensión infinita de vacío siempre la asustó, cuando era niña lloraba al pensar en los sistemas solares que poblaban el universo, al imaginar las distancias infranqueables entre un astro y otro. Darío se puso de pie, fue hasta donde había dejado su mochila y sacó una Glock que le había comprado un año atrás a un ex policía. Colocó las latas vacías de la cena en la roca donde Alessandra había estado sentada en la tarde, el fuego alcanzaba a iluminarlas. Disparó. El ruido seco repercutió en la noche hasta apagarse gradualmente.

Probá.

Le alcanzó la Glock a su novia, pero ella no quiso tomarla.

Detesto las armas, lo sabés muy bien, dijo.

 

Apagaron el fuego, entraron en la tienda, cogieron. Alessandra pasaba una mano por la espalda de Darío y cerraba los dedos en su nuca. El la embestía sin hacer ruido, hundía la frente transpirada en su cuello. Era un peso que se diseminaba en el cuerpo de ella. Él rehuía su mirada, no quería ver lo que había en la claridad celeste de sus pupilas, en lo que acontecía cuando sus ojos se quedaban fijos en los de su novia, esos retazos de historias perdidas, indescifrables para cualquiera que no fueran ellos. Cuando Darío acabó, le dio la espalda, quedó dormido. Alessandra cerró los ojos y vio al ciervo herido. El agujero por donde había entrado la bala era perfecto, rojo, parecía una boca abierta.

 

A la mañana siguiente, cuando despertó, no encontró a Darío a su lado. Salió de la carpa y vio los restos del fuego de la noche pasada. Vio las huellas que dejaron en la tierra. Vio dos latas atravesadas por balas. Hacía un poco de frío, buscó una chamarra y salió a caminar. Lo halló sentado en la arena, tiraba piedras a la laguna.

Hola, dijo Alessandra al acercarse.

Se sentó a su lado, Darío le alcanzó un termo. Tiró otra piedra, dio dos rebotes antes de hundirse. Alessandra bebió un sorbo, el café estaba amargo y frío, le raspaba la garganta cuando entraba.

¿Te vas a ir con Alberto?, preguntó Darío al cabo de algunos minutos en los que ninguno de los dos abrió la boca. Alessandra volvió a beber, no pudo mirarlo a los ojos.

Te hice una pregunta y no quiero que me mintás.

No sé.

El rostro de su novio parecía una máscara de cera. Los ojos negros estaban hundidos en las cuencas, era imposible adivinar qué era lo que pensaba en ese momento. Ni siquiera se le ocurrió negarlo, la pregunta de Darío la había tomado por sorpresa.

¿Desde hace cuánto te lo cogés?, preguntó.

¿Importa eso?

Contestá la pregunta.

Meses. Comenzó cuando hiciste ese viaje a La Paz. Salimos una noche y pasó. Y luego volvió a pasar.

Darío se puso de pie y la dejó sola. Alessandra lo vio caminar hasta que se borró de su vista. Repasó su vida en los últimos meses buscando pistas que la delataran, pero había sido cuidadosa en todos los aspectos. Era probable que el mismo Alberto se lo hubiera dicho como una medida desesperada para quebrarlo, para apurar la disolución de la relación. Él presionaba para que lo dejara, para que se mudaran juntos. Lo venían hablando desde hacía días, pero Alessandra estaba indecisa, decía que necesitaba tiempo para pensarlo. Alberto creía que
ese tipo de cosas no necesitaban tiempo, necesitaban valentía, necesitaban convicción. Ella alegaba que no era sencillo, que estaba con Darío desde el principio de la universidad. Alberto creía que seguía con Darío por lástima, ella replicaba que estaba equivocado, que no entendía nada, que había una serie de matices que él sería incapaz de percibir. Alessandra tenía 28 años y no creyó jamás encontrarse en el lugar en el que ahora estaba. Nunca, ni cuándo era adolescente y fantaseaba con hacerse grande, se vio como una traidora. Arrojó una piedra hacia la laguna, dio tres rebotes y se hundió. Fue en ese momento que escuchó el disparo. Se puso de pie y corrió hasta la carpa. A donde miraba veía los árboles estáticos, sus copas no se movían porque no había viento. Su respiración era un ruido que se extendía en todo su cuerpo. Era lo único que podía escuchar, sus pulmones dilatándose y contrayéndose, expulsando y metiendo aire caliente. Lo imaginó tirado en la tierra, imaginó un hueco en su cabeza similar al hueco que había en el vientre del ciervo. Esas imágenes se disolvieron en su mente cunado lo vio de pie, a unos metros de donde habían montado el campamento. Miraba a las latas a lo lejos, seguían intactas.

Darío, dijo.

Él no se volteó. Sostenía la Glock, la mano le temblaba.

Darío, sin mirarla, todavía dándole la espalda, dijo:

¿Acababa dentro tuyo?

Alessandra se acercó e intentó quitarle el arma. Él se negó a dársela. Ella lo miró a los ojos, pero él tenía la vista clavada en las latas, en cualquier punto distante: los árboles frondosos, la laguna que se mantenía estática por falta de viento, la grama verde que crecía desordenada y poblaba el espacio. Darío evitaba toda forma de contacto. Alessandra quería que lo mirara, quería ablandarlo de alguna forma, pero no sabía cómo hacerlo, cómo llegar a él. No podía precisar desde hacía cuánto se había alejado de Darío, desde hacía cuánto había desaparecido lo que antes estuvo desde un principio, lo que hizo que sus días fueran tan sencillos.

Damela, por favor. Damela.

Tras unos segundos de indecisión, Darío le alcanzó la Glock, ella estaba agradecida de que no hubiera puesto mayor resistencia. Los labios le temblaban, sucedía cada vez que los nervios la rebasaban.

Contestame, dijo Darío.

Alessandra, con el arma en una mano, con el fierro todavía caliente por el disparo. Con asco, con el estómago contrayéndose de repente, con ganas de estar en cualquier otro lugar, lejos de lo abierto, de esas inmensidades que los rodeaban como una pesadilla, dijo:

A veces, ¿ok? A veces acababa adentro, como cualquiera. ¿Ahora estás contento? ¿Qué mierda querés descubrir con esa clase de preguntas?

Cuando Alessandra se calmó, fue hasta donde estaba su mochila y guardó la Glock. Luego se dirigió a donde él estaba de pie, apoyó una mano en uno de sus hombros. Dijo:

Lo siento.

Darío entró en la carpa, ella se quedó al lado de donde hicieron el fuego, ya solo quedaba un montón de cenizas y madera quemada. Movió los restos con el pie, todavía había algo de humo diseminándose en el aire. Entró en la carpa y se recostó al lado de su novio. Se quedaron en silencio viendo el techo de lona.

Cuando cierro los ojos veo gente muerta, hecha pedazos. Gente muerta en autos destrozados, dijo Darío.

Alessandra lo besó en los labios, él no respondió. Era como si no estuviera ahí, como si ese cuerpo no fuera Darío, como si fuera una multiplicidad de cosas descompuestas, unidas a la fuerza. Asentó su frente junto a la de él, cerró los ojos. Sabía que él los tenía abiertos, sabía que la miraba. Sus pensamientos no se tocaban, corrían por dos carriles distintos.

Alberto no tuvo la culpa, no buscó que pasara. Las cosas se fueron dando. Vos tampoco tenés la culpa, dijo Alessandra.

¿Quién la tiene?, preguntó.

Ella no respondió.

 

Volvieron a la ciudad cuando todavía era de día, el sol golpeaba el parabrisas. Alessandra había olvidado sus gafas en casa y le incomodaba ese exceso de luz. Conducía desde hacía dos horas, Darío dormía. Su cabeza estaba apoyada contra el vidrio. De tanto en tanto ella lo observaba por el retrovisor, Darío a veces parecía un niño. Le hizo daño. Lo ensució. Podía verlo por dentro, podía ver al hombre en el que se convertiría, podía ver todas esas nuevas distancias cristalizándose en el corazón de su novio, el principio de lo cínico, el principio de lo viejo.

 

Cuando Darío se daba una ducha, Alessandra llamó por teléfono a Alberto.

Lo sabe, dijo. ¿Se lo contaste?

No. No le dije nada.

No me mintás.

Te lo juro. ¿Cómo lo tomó?

No sé. Te llamo mañana.

Ale, ¿qué vas a hacer?

Colgó sin responder. Volvió al cuarto, Darío estaba en su lado de la cama, miraba televisión.

Voy a dormir en el sofá, dijo Alessandra.

Quedate. No me molesta.

Mañana me voy a ir. Ya lo decidí.

Darío la ignoraba, cambiaba canales como si ella no estuviera ahí, hablándole. Sin saber qué más decir, Alessandra se recostó a su lado. Al cabo de unos minutos, Darío apagó la televisión, le dio la espalda. Se quedó quieto en esa posición. Él nunca se movía en la cama, era ella la inquieta, la que daba vueltas hasta que el sueño la rendía. Él siempre tuvo un sueño fácil, dormía en viajes, en hoteles, en los asientos de los colectivos. Con recostar la cabeza en cualquier superficie quedaba dormido y se evadía del mundo por unas horas. En eso Alessandra era diferente a Darío. Esa noche, la última que pasaron juntos, se movió de un lado al otro, las escenas de la tarde pasada se acumulaban en su cabeza sin que ella pudiera apagarlas con el sueño. Se sucedían a distintas velocidades, interponiéndose unas sobre otras. Veía al ciervo herido. Veía a Darío nadando desnudo en la laguna. Veía la boca de Darío pronunciando las siguientes palabras: A veces cuando cierro los ojos veo gente muerta, hecha pedazos. Gente muerta en autos destrozados. Veía el pecho de Darío mojado, hundido, las costillas sobresalían de su caja torácica como si fueran las extremidades de un insecto.

¿Estás despierto?, preguntó Alessandra.

Darío no contestó. Ella sabía que no dormía. En toda esa oscuridad que los rodeaba divisaba la silueta de su cuerpo, escuchaba su respiración. Eso era lo que iba a recordar durante años, cómo la respiración del primer hombre que amó llenaba la habitación de una casa que ya no era más la suya.

 

 

El guión

Página 1

Viñeta 1

Plano medio de una mujer joven, de aproximadamente 22 años, mirando por la ventanilla de un automóvil. Ve el paisaje. Es una zona rural, hay árboles.

 

Viñeta 2

Una pareja en un auto. La misma mujer y un hombre joven, de la misma edad de ella. A los dos se les ve los rostros. El hombre maneja.

MUJER: Estás muy callado, ¿pasa algo?

HOMBRE: Estoy bien.

MUJER: Estas últimas semanas te he notado muy raro.

HOMBRE: Estoy bien.

 

Viñeta 3

La mano de la mujer asentada en el muslo del hombre. No se le ve la cara a ninguno de los dos, sólo su mano en su muslo. Se da esta conversación.

MUJER: ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al lago?

HOMBRE: Cuando estaba por salir del colegio, fui con mi padre.

 

Viñeta 4

Se los ve a los dos caminando por el bosque con sus mochilas.

MUJER: ¿Falta mucho para llegar?

HOMBRE: No, unos quince minutos más.

 

Viñeta 5

Todavía es de día. Ya acabaron de armar la carpa. Se los ve a los dos de espalda, miran el lago. El lago abarca buena parte del encuadre.

MUJER: ¿Está igual a como lo recordás?

HOMBRE: Idéntico.

 

Viñeta 6

Se ve un plano cercano de sus rostros. Siguen mirando fijo el lago, pero sus rostros son lo único que entra en el encuadre. Se escucha un ruido lejano.

MUJER: ¿Disparos?

HOMBRE: Cazadores. No tengás miedo.

MUJER: No tengo miedo.

 

Viñeta 7

La mujer está sentada en una roca, a unos metros de la carpa. El hombre está parado en frente suyo.

HOMBRE: Voy a ir a buscar leña para hacer fuego.

MUJER: ¿Querés que te acompañe?

HOMBRE: No, voy solo. Vuelvo en un rato.

 

Viñeta 8

La mujer se acerca al lago y comienza a desvestirse.

 

Viñeta 9

La mujer completamente desnuda ingresa en el lago.

 

Viñeta 10

La mujer nada debajo del agua con los ojos abiertos.

 

Viñeta 11

La mujer emerge del agua. Se la ve de espaldas. Mira a un ciervo que camina cerca de la carpa.

 

Viñeta 12

Imagen del ciervo, es macho, tiene astas grandes. Para las orejas.

 

Viñeta 13

La mujer desnuda asienta una mano en la cabeza del ciervo. El animal tiene una herida en la barriga. Es un agujero de bala por donde chorrea sangre.

MUJER: Hey, bonito.

 

Viñeta 14

El ciervo alejándose, perdiéndose entre los árboles. La mujer desnuda al lado de la carpa, mirándolo.

 

Viñeta 15

Sangre en el pasto.

 

 

Página 2

Viñeta 1

Están sentados alrededor del fuego, ya anocheció. Comen.

HOMBRE: La última vez que vine con mi padre, él sabía que estaba enfermo, pero nunca lo dijo.

MUJER: ¿Por qué?

HOMBRE: Se guardaba esas cosas para sí, murió unos meses más tarde.

 

Viñeta 2

El hombre está de pie, busca algo en su mochila.

 

Viñeta 3

El hombre dispara a unas latas que colocó sobre unas rocas. No están muy lejos de donde encendieron el fuego.

 

Viñeta 4

Una lata vuela por los aires al ser alcanzada por una bala.

 

Viñeta 5

El hombre le alcanza el revólver a la mujer, pero ella no lo recibe.

HOMBRE: Intentá.

MUJER: Sabés que detesto las armas.

 

Viñeta 6

Tienen sexo dentro de la carpa.

 

Viñeta 7

Primer plano del rostro de la mujer mientras sucede el sexo. Su cara es inexpresiva.

 

Viñeta 8

Imagen de la barriga del ciervo perforada por la bala.

 

Viñeta 9

Ambos se dan la espalda. La mujer está dormida. El hombre no puede dormir. Está con los ojos abiertos, la expresión de la cara es sombría, triste.

 

Viñeta 10

La mujer despierta, ya es de mañana. El hombre no está en la carpa.

 

Viñeta 11

La mujer camina por el bosque, en dirección al lago. Ve al hombre a lo lejos, está sentado en la arena, lanza piedras al lago.

 

Viñeta 12

La mujer está sentada a su lado. Se los ve de espaldas. Miran al lago.

HOMBRE: ¿Te vas a ir con Alberto?

MUJER: …

HOMBRE: No te hagás la que no pasa nada, al menos eso me debés. ¿Te vas a ir?

MUJER: No sé.

HOMBRE: ¿Hace cuánto te lo cogés?

MUJER: …

HOMBRE: No quiero que me mintás.

MUJER: Hace como dos meses, iba a decírtelo, yo…

 

Viñeta 13

El hombre se aleja. La mujer sigue sentada en la arena, al lado del lago. Lo ve caminar.

 

Viñeta 14

Imagen del rostro de la mujer, de fondo los árboles, el bosque. Se escucha un disparo. El rostro de la mujer se ve alarmado.

 

Viñeta 15

La mujer corre en el bosque.

 

Viñeta 16

Se ve al hombre de espaldas, sostiene el arma. A lo lejos se ve la lata, vuela en el aire alcanzada por la bala. La mujer también está de espaldas, mirándolo.

MUJER (llamándolo): Darío.

HOMBRE:…

MUJER: Darío, dame el arma.

 

Viñeta 17

Los dos en el auto, de vuelta a la ciudad. Ella conduce, él está dormido. La cabeza del hombre está apoyada en el vidrio.

 

Viñeta 18

La mujer en la sala del departamento donde viven. Está sola. Habla por teléfono.

MUJER: Lo sabe. ¿Se lo contaste?

INTERLOCUTOR EN EL TELÉFONO: No. No le dije nada.

MUJER: No me mintás.

INTERLOCUTOR EN EL TELÉFONO: Te lo juro, no le dije. ¿Cómo lo tomó?

MUJER: No sé. Te llamo mañana.

 

Viñeta 19

Una imagen del dormitorio de la pareja. Él está recostado en su lado de la cama. La mujer está de pie, observándolo.

MUJER: Voy a dormir en el sofá.

HOMBRE: Quedate. No me molesta.

MUJER: Mañana me voy a ir. Ya lo decidí.

 

Viñeta 20

La mujer sueña, son escenas que vio a lo largo del día en el bosque. Ve al ciervo herido. Ve balas cruzando el aire. Ve latas de comida alcanzadas por las balas. Ve sangre en el pasto. Ve al hombre diciendo estas palabras: A veces, cuando cierro los ojos, veo gente muerta, mutilada en la calle.

 

Viñeta 21

Abre los ojos asustada. El hombre sigue a su lado, profundamente dormido. Es de noche.

 

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