Con mi padre viajamos el último día de 1988, los dos solos.

Un viaje largo, de más de 48 horas, hasta San Juan.

Pasamos Navidad en casa de una tía que años atrás había estado casada con un gringo que le dio dos hijos. Recuerdo que estaban sentados debajo de un árbol, acabando de a poco un ron con coca cola. Mi padre levantaba una mano y hacía señas, como si temiese que me perdiera. Hablaba poco y bebía mucho. Mi tía fumaba un cigarrillo tras otros e iba con frecuencia a la cocina para cerciorarse de que el chancho que puso en el horno no se quemara. Los ojos de mi padre eran astillas de hielo.

Detrás de su frialdad era difícil precisar lo que acontecía. Volvimos a casa en un silencio que no fue roto por nada, ni por los petardos que estallaban en las esquinas, ni por el recuerdo de las anécdotas que mi tía contó luego de la cena, cuando el ron con coca cola comenzaba a hacer estragos. Papá, ya borracho, manejaba en zigzag por la carretera y esquivaba a los autos que venían en un sentido contrario. Las bocinas sonaban cada vez que un conductor nos rebasaba.

No estaba asustado, pudimos haber chocado, pudimos estrellarnos con el muro de alguna de las viviendas de la zona, pero no tenía miedo. Era algo distinto a lo que había experimentado otras veces, era el comienzo de lo nuevo, de lo no explorado. Como si a partir de esa noche en la que viajábamos en un Ford modelo 84 que mi padre se negaba a cambiar por uno más nuevo, el futuro hubiera comenzado.

Mamá no me llevó con ella como era la costumbre en todos los años anteriores. Su partida fue brusca, imprevista. Me despertó de madrugada unos días antes de Navidad y dijo que a diferencia de lo planeado se iría sola. Me abrazó y besó mi frente y luego abandonó el cuarto sin dar ninguna explicación. Papá esperaba fuera de la casa, apoyado en el auto. Hablaron con frialdad y luego mamá detuvo un taxi y subió. Papá se quedó unos segundos parado en la calle, mirándola perderse en el tráfico de las primeras horas de la mañana. Al volcarse me descubrió en la ventana pero fingió no haberme visto. Entró en la casa.

 

Viajamos el día previo al Año Nuevo, recorrimos más de mil kilómetros para darle encuentro a mamá, un viaje que hicimos todos juntos en otras ocasiones, como una verdadera familia. O los dos solos, mamá y yo, cuando papá no podía acompañarnos debido al trabajo.

Estaba sentado al lado de una de las ventanillas del colectivo y sacaba la cabeza de tanto en tanto. Papá no decía nada. Intentaba leer un libro pero le costaba, lo cerraba a cada rato y se movía inquieto en el asiento. Casi no hablaba.

¿Qué crees que estará haciendo mamá ahora?, pregunté.

Levantó la vista de las páginas y movió los hombros con cierta indiferencia, pero yo sabía que era un gesto estudiado, poco espontáneo. Esa pregunta él mismo se la había hecho muchas veces a lo largo del día.

Debe estar con los tíos, tomando vino. O en la piscina, dije.

Esta vez papá no levantó la vista del libro y yo volví a sacar la cabeza por la ventanilla y vi retazos de la ciudad a una velocidad aumentada: autos y bares de mala muerte y puestos ambulantes de comida, todo eso se confundía en mis ojos y desaparecía sin dejar marca en mis retinas.

 

Pasamos Año Nuevo en la frontera. Almorzamos en un restaurante de Pocitos Argentinos que tenía un inmenso árbol de plástico con bolas de distintos colores. El lugar estaba desierto, salvo por una mesa en la que se emborrachaban tres hombres. Papá pidió vino y una suprema de pollo. Yo pedí el mismo plato y una coca cola con hielo. Se puso de pie y salió del restaurante. Se quedó viendo la calle vacía. Eran las seis o las siete de la tarde, todavía había luz. Tenía la espalda ligeramente encorvada y las dos manos enfundadas en los bolsillos.

Papá, lo llamé.

Se volteó y me hizo una seña levantando un brazo. Las luces del arbolito palpitaban dentro del restaurante y adormecían a los hombres que bebían y hablaban en susurros. Los primeros petardos estallaron en alguna parte del pueblo y papá se acercó a la mesa, chocó su vaso contra el mío.

Dijo:

Al menos será un Año Nuevo diferente. Cuando pase el tiempo te vas a olvidar de la mayoría de los que tuviste hasta el momento, pero estoy seguro que este lo vas a recordar.

Extrañaba a mamá, pero no quería decírselo. A veces la imaginaba abrazando a la abuela o encendiendo un cigarro después de otro mientras observaba con detenimiento las uvas que crecían en el parral. Trataba de reconstruir sus facciones y me espantaba la idea de que el rostro que fabricaba en mi cabeza era otro, el de una impostora. No el de mi madre.

Salud, porque este año sea mejor que el otro, dijo un tipo mirando a papá.

Levantó su copa de vino y sonrió al borracho. El dueño del restaurante encendió la radio y una de esas cumbias viejas empezó a sonar ensimismando a todos los hombres del local, incluso a mi padre.

 

No te escucho, le dije a mi madre unas horas más tarde, hablando a los gritos desde una cabina.

Te digo que te extraño, te digo que quisiera que estés aquí conmigo, dijo de pronto, en uno de esos silencios que se abrieron de forma milagrosa en la telefónica. Miré a papá y lo vi limpiándose las uñas a unos metros, detrás de una mujer gorda que se venteaba continuamente con una revista mientras aguardaba a que una de las cabinas quedara libre.

¿Quiénes están allí?, pregunté.

Todos, dijo. Están todos todos.

Imaginé una mesa improvisada en el jardín y a tíos y a primos dando vueltas alrededor de una parrilla, mirando como los carbones ardían en el principio de la noche. Imaginé a los otros primos, los que tenían mi edad, buscando botellas de cerveza vacías para colocar las cañitas voladoras. En ese momento, en el cielo de Pocitos, los primeros fuegos artificiales coloreaban la negrura. Nuestro colectivo saldría en unas horas.

Pasame a tu padre, dijo.

Le hice un gesto a papá para que se acercara, pero se demoró unos segundos, como si no entendiera qué era lo que le estaba pidiendo.

 

Fue esa noche, mientras el colectivo cruzaba el norte argentino y las demás personas dormían, que lo escuché llorar por primera vez. Era un sonido molesto, casi imperceptible, como si un centenar de cristales se estuvieran rompiendo en su pecho. Papá me daba la espalda y se tapaba la cara con las manos. El libro que había estado leyendo durante el viaje se encontraba en el piso, la huella de sus zapatos estaba impresa en la portada. Toqué uno de sus hombros y se quedó muy quieto, como si fuera un animal sumiso al que no le importaba ya si lo sacrificaban o no.

¿Te duele algo, pa?, pregunté.

Se limpió las lágrimas y trató de recomponerse. Se volteó y me pasó una mano por el pelo y luego sostuvo con dos dedos mi barbilla. Sonrió. Los ojos los tenía llenos de años difíciles. Meneó la cabeza, quiso decir algo más pero se arrepintió.

Estoy un poco cansado nomás, eso es todo, añadió.

¿Le pasó algo a mamá?, pregunté.

Tardó en contestar. Se frotó la cara con ambas manos y se acomodó el pelo lo mejor que pudo.

Mamá está bien, dijo al fin. Tratá de dormir. Todavía falta un buen trecho.

Me volvió a dar la espalda y cubrió su pecho con la chamarra. Yo también le di la espalda y me puse a ver el paisaje. De tanto en tanto un fuego artificial iluminaba el cielo y me permitía divisar una casa donde hombres y mujeres festejaban y bailaban y se besaban en la boca. Escuchaba respirar a mi padre y trataba de imaginar a esas personas tocándose los rostros, los labios.

 

A la mañana siguiente papá me despertó porque el colectivo hizo una parada de veinte minutos en una cafetería.

¿Tenés ganas de orinar?, preguntó.

Tenía los ojos casi cerrados, pero al bajar y al respirar el aire caliente el sueño se extinguió por completo. Entramos en el baño y lo primero que hicimos fue lavarnos la cara. Luego ocupamos dos urinarios contiguos. Descargamos las vejigas de forma simultánea. Cuando estaba por terminar miré a mi padre. Era un rostro distinto al que había visto la noche pasada en el colectivo: todas las acumulaciones nocivas habían desaparecido y ahora sólo quedaban los músculos flojos y las primeras arrugas de un hombre que cruzaba el umbral de los cuarenta a una velocidad estable, segura. Frialdad. La misma frialdad que hizo de su cara una máscara la Navidad en casa de mi tía.

El Árbol de Piedra es una formación rocosa volcánica en el Desierto Siloli en Bolivia

El Árbol de Piedra es una formación rocosa volcánica en el Desierto Siloli en Bolivia. (Foto de Pedro Szekely)

Desayunamos café con leche y medialunas de grasa. Comí con verdadero apetito. Papá apenas probó el café. Cuando acabamos fuimos a dar una vuelta. Los adornos de la fiesta todavía estaban colgados en las paredes y en algunas mesas. Las personas que sobrevivieron al jolgorio caminaban por la calle luciendo aparatosos sombreros con la leyenda del año que acababa de llegar. Se abrazaban y entrechocaban las cervezas. Reían, hablaban a los gritos. Algunos bailaban en la tierra. Las mujeres llevaban los tacos colgados de una mano. Los vestidos sucios, con manchas de bebida o comida. Una chica vomitaba apoyada en la parte trasera de un auto. El novio aguardaba a unos metros conversando con unos amigos. La música provenía de una fiesta que se resistía a finalizar y que prolongaba en las primeras luces del día toda su capacidad de derroche. Papá encendió un cigarrillo y se sentó en la acera. Se quedó viendo a la chica que vomitaba y al chico que iba a cerciorarse de tanto en tanto si todo estaba bien.

Cuando teníamos esa edad, tu madre y yo hablábamos todo el tiempo. Siempre teníamos algo que decir, el combustible no se acababa nunca, dijo.

Se metió más humo y se rascó la cabeza. El chico se llevó a la muchacha y el grupo entró en el auto. Partieron. El sombrero que ella usaba quedó tirado en el piso. Papá fue a recogerlo. Lo trajo a donde estaba sentado y me lo puso en la cabeza. Era una corona de cartón con letras grandes: FELIZ 1989.

¿Falta mucho para llegar?, pregunté.

Mi viejo negó con la cabeza y expulsó más humo por su nariz.

¿Vos crees que la pasó bien? ¿Vos crees que la sacaron a bailar?, preguntó.

No sé, dije.

La imaginé rodeada de desconocidos. Riendo. Intercambiando miradas. Derrochando eso que había enloquecido a mi padre cuando era joven. Regalándoselo a otro, a cualquiera. Fumaba, la mirada perdida a lo lejos, en el lugar donde estuvieron los jóvenes que acabaron de marcharse. No era únicamente cansancio la materia de su silencio, había algo más que entonces, a los nueve años, me resultaba incomprensible. Me faltaba tiempo para llegar ahí, para hundirme eso que hacía tan difícil el contacto, cualquier clase de contacto.

Luego de varios segundos sin que ninguno de los dos hablara, mi padre me abrazó. Su ropa apestaba a cigarro. Me estrechó con fuerza y yo, tímidamente, le devolví el abrazo. Besó mi frente y sostuvo mi cara con sus dos manos. Me miró a los ojos, no soportaba su mirada, pero me obligó a que no retirase mis ojos de los suyos. Sonrió, deformó la boca, intentó soltar algo, cualquier cosa, pero no dijo nada de lo que en ese momento pasaba por su cabeza. Lo que se cocinaba en la memoria, en recuerdos lejanos donde la vida era más sencilla y se movía lentamente hacia lugares conocidos y seguros.

Feliz año, dijo rompiendo el silencio incómodo.

Y luego añadió: te quiero mucho.

Yo también, me atreví a decir, pero lo dije tan despacio que no me escuchó.

Se puso de pie y entró en el baño. Me quedé sentado con la vista clavada en el suelo y en mis zapatos cubiertos de barro. La música golpeaba el aire con todas esas cumbias y cuartetos que se pusieron de moda al finalizar los 80. El chofer empezó a llamar a los pasajeros. Todos subieron pero yo me quedé ahí sentado, aguardando. Miré atrás y vi la puerta abierta del baño. Tocaron la bocina y el ayudante insistió con lo mismo, dijo que ya era hora de irse. Me puse de pie pero las piernas flaquearon y caí al suelo. La bocina sonó una vez más y al voltearme encontré al ayudante mirándome, haciéndome señas. Quise hablar pero las palabras no salían, estaban atoradas en la garganta: raspaban la carne, producían pequeñas heridas. Seguía con el sombrero de Año Nuevo en la cabeza, la vista empezaba a nublarse. Sabía que había música y uno que otro petardo estallando en la cuadra, pero mi cerebro sólo producía silencio. O más que silencio, un ruido de fondo constante, como el motor de una maquinaria que no paraba nunca. El ayudante caminó hacia mí, pero ya veía únicamente manchas, siluetas que no podían detener a ese ronquido que arrasaba con todo, quemándolo.

 

Hice el resto del viaje solo. Cuando llegué a San Juan le conté la historia de la desaparición de papá. Mamá hizo la denuncia ese mismo día y se pasó casi todas las tardes aguardando sentada frente al teléfono. Mis primos preguntaban cómo había sucedido, si tuve miedo de recorrer el resto de los kilómetros sin mi padre. Yo hablaba poco y rehuía las preguntas. Una tarde mi abuela ingresó al cuarto y se sentó junto a la cama. Apoyó una mano en mi cabeza y dijo lo siguiente:

Va a estar bien, vas a ver. No te preocupés.

Sé que va a estar bien, dije. Sé que lo voy a volver a ver.

Sos un chico bueno, hacés muy feliz a tu madre, agregó, y se puso de pie con esfuerzo porque a partir de ese año el reuma empezó a hacer estragos en sus rodillas. Abandonó la habitación y quedé solo en ese cuarto caliente lleno de fotos de gente que tenía mi misma sangre, pero que al mismo tiempo me resultaba extraña.

 

Dos semanas más tarde un policía llamó a la casa de mi abuela y dijo que había encontrado a papá en Tucumán. No tenía zapatos ni billetera y lo habían golpeado hasta destrozarle los labios y cerrarle un ojo. Pidió hablar con mamá, quiso saber si ella podía enviarle dinero para comprar un pasaje a San Juan. Mamá estaba enfurecida y al comienzo se negó a ayudarlo, pero luego se ablandó y accedió a darle algo de dinero. Cuando hablaba con el oficial la sala estaba llena de tíos y tías que la rodeaban como si pudieran protegerla del daño que aún no paraba de expandirse en su cuerpo.

 

Una noche, antes de que el policía llamara, desperté y encontré a mamá viendo tele en la cocina. Me serví un vaso de agua. Al verme de pie apoyado en la heladera hizo una seña para que me acercara. Me sentó en sus faldas como lo hacía cuando era verdaderamente pequeño. Hundió su cara en mi cuello y besó mi cabeza. Me volteé y le dije que no me gustaba que hiciera eso.

Mi pequeño ya se hace un hombre de a poco, dijo.

No sabía si había bebido o no, arrastraba las palabras aun cuando no había cerca ninguna botella de vino, whisky o cerveza. Mi madre tenía treinta y cinco años y todavía era una belleza. Papá lo sabía. Los amigos de mi padre lo sabían. Aún despertaba deseos locos en hombres, la urgencia de entregarle los días, de hacerlos más llevaderos, invisibles, en su compañía.

No te vayás todavía.

Era tarde, las dos o las tres de la mañana, y los dos nos quedamos viendo una vieja película en blanco y negro. Trataba de unos extraterrestres que usurpaban los cuerpos de las personas. Todo el pueblo se llenaba de alienígenas sin emociones que se apropiaban no sólo del aspecto físico de los habitantes, sino también de todos sus recuerdos.

En el viaje papá lloró.

No dijo nada durante un buen tiempo. Luego salió con esto:

Por lo que hizo, a tu padre deberían meterlo preso.

Antes de irse, me preguntó si creía que habías bailado en la fiesta.

No quiero hablar de él ahora.

¿Dónde crees que estará?

Borracho en alguna parte, dijo. Mirando a parejas bailando y pensando en un montón de tonteras, es lo único que sabe hacer.

Apagó la tele y dijo que ya era hora de irse a dormir. Me llevó a la habitación que había sido de mi tío y que ese año compartí con dos primos. Entré en la cama pero no tenía sueño. Me puse de pie, busqué el sombrero de Año Nuevo que esa borracha olvidó en el pueblo y lo coloqué en mi cabeza. Salí al jardín. En el pasto todavía había envoltorios de petardos y algunas cañitas usadas. La decoración de la fiesta seguía prendida en las paredes y en las parras que cada año daban uvas dulces que mi tío metía en grandes recipientes y las guardaba en la heladera para que nosotros las devoráramos en nuestra estadía. Era una noche silenciosa y cálida de enero, y me quedé muy quieto ahí, en el lugar donde unos días atrás mi madre bailó y comió y se dejó fascinar en silencio contemplando ese espectáculo a lo lejos, el cielo tajeado por colores que desaparecían formando hilos invisibles de humo. Imaginé a mis padres bailando años atrás, cuando yo no existía. De alguna forma estaban ahí, las cosas que se hicieron, flotando junto a los últimos restos de pólvora en el aire.

 

Unos días más tarde un taxi se detuvo frente a la casa de la abuela y papá bajó con el labio reventado y con hematomas en toda la cara. Tenía ropa limpia que compró con el dinero que mamá le envió. Pagó y se quedó unos segundos de pie, indeciso, sin saber qué hacer. Abrí la puerta y retrocedió unos pasos.

Pa, dije.

Mamá lo observaba desde una ventana. Mi padre se agachó y extendió los brazos.

Hey, campeón, dijo.

No me acerqué, bajó la mirada. Las manos le temblaban de vergüenza, de un repentino odio hacia sí mismo. Me quedé de pie, esperando que algo sucediera. Con los años traté de reconstruir los días perdidos de mi padre, lo que hizo durante esas dos semanas de enero que caminó como un poseso por las calles tucumanas. Los bares a los que frecuentó. Las peleas en las que se metió. Las veces que vio una cabina telefónica y sintió el impulso de marcar el número de la abuela. Cuando imagino todo eso me convierto en mi padre. Me pierdo a propósito. Invento a una mujer y le digo cosas en mi cabeza. Trato de preservar lo que no puede preservarse, lo que de verdad importa, aquello por lo que la gente valiente arriesga su vida. Ayer balbuceé las mismas palabras inútiles frente a un espejo como él pudo hacerlo en alguno de esos baños inmundos. Hice muecas y coloqué un arma en la cabeza y espere el instante luminoso, lo hice remedando el valor que a él le faltó toda esa cantidad de años atrás. Seguramente lo pensó innumerables veces cuando meaba y sus ojos se topaban con la cara destruida que le devolvía el espejo: se insultaba despacio mordiendo las palabras, pensando en su hijo sentado en la acera de una confitería perdida del pueblo. O en su mujer bailando con un desconocido del que secretamente empezaba a enamorarse.

Mi padre estaba arrodillado, aguardando, y yo pasé un dedo por su labio herido. Toqué la sangre seca, marrón, que colgaba formando una costra. Bordeé el tajo cercano al pómulo derecho. Mientras lo hacía, su rostro se desfiguraba por el dolor, pero no decía nada. Dejaba que tocara, que uniera las piezas rotas.

Soy yo, campeón, dijo al fin, como si la realidad estuviera distorsionada y no pudiera reconocerlo.

Lo sé, dije. Sé quien sos.

Me di la vuelta porque escuché los pasos de mi madre. Nunca la había visto tan enojada, tenía las mejillas enrojecidas y las lágrimas bordeaban los párpados, a punto de reventar.

Entrá en la casa ahora, dijo.

No me moví. Miré a mi padre.

Hacele caso, dijo. Entrá.

Al cerrar la puerta me topé con mis primos y mis tíos sentados en la mesa del comedor. Todos me miraban serios, como si fuera culpable por llevar a mi padre en la genética: el daño en potencia infringido a personas que intentarían regalarme lo que yo nunca les pediría, el desorden que arruinaría las vidas de mujeres que en ese momento, cuando tenía nueve años, eran niñas que ignoraban lo que les aguardaba una o dos décadas más tarde. Miraban en mí a mi padre, aquello de lo que yo no era responsable y que navegaba libremente en la química de mi cuerpo y que luego, algún tiempo más tarde, brotaría como un germen, produciría mutaciones que me alejarían de todo lo que yo era en ese momento. No importaba lo que hiciera, jamás escaparía. Lo sabían, me miraban, callaban. Sabían.

En mis dedos restos de su sangre seca.

Se hacía pedazos al frotarla, ni siquiera manchaba.

Otros textos del autor en Iowa Literaria:
A solas en lo oscuro
Para una taxidermia de los sueños
Entrevista con Betina González
Un mundo raro