La madre de Raimundo nunca pudo entender la muerte de su hijo. La primera vez que fui a verla debe haber tenido unos sesenta y cinco años. Era una señora enjuta y delicada, como una rama a punto de doblarse. Sus ojos, como los de Raimundo, eran de un color indefinido. Un color que bien podía ser miel o café claro. Su pelo, muy fino, era blanco, y con la luz de la ampolleta, aquella noche, se veía levemente azulado. Soy Rodrigo, le dije, el amigo de Raimundo. Yo estaba con las manos apoyadas en la rejita, mirando a la mujer que asomaba la cabeza desde la puerta. Sí, sí me acuerdo, musitó ella. Entre la rejita y la puerta de calle había un pequeño jardín seco. Un espacio repleto de chatarra y cajas de zapatos amontonadas. Quiero hablar con usted, le dije. La casa era de una sola planta y desde afuera parecía un búnker sin forma, una pequeña masa de cemento varada en la orilla de la carretera. ¿Qué quieres?, preguntó la mujer. Quiero hablarle de su hijo, le dije. El accidente había sido hacía ya casi un año y medio y se rumoreaba que la mujer estaba medio loca. Yo siempre supe que tenía problemas y que tomaba pastillas, pero al parecer la abrupta muerte de Raimundo había acentuado su inestabilidad mental. No quiero hablar, dijo. Necesito decirle algo, insistí. La mujer se miró las sandalias. Es importante, dije. La mujer dio un par de pasos y llegó hasta la reja. Llevaba un vestido celeste cubierto por un delantal de cocina. Su pelo despedía un olor ácido, una mezcla de suciedad y colonia de guagua. No te voy a hacer pasar, dijo la mujer. No se preocupe, le dije. Hablemos aquí en la reja. Yo era compañero de Raimundo en la universidad. Te vi en el entierro, dijo la mujer, no he perdido la memoria. Yo estuve ahí, le dije, al lado de él, en el auto. La mujer me miró por encima de la reja y luego me miró los zapatos.

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Foto de Carla McKay

Foto de Carla McKay

La noche del accidente habíamos ido a una tocata en un subterráneo cerca de la Alameda. Sentados frente a la barra, vimos a un grupo que tocaba covers de los Pixies. Raimundo llevaba una chaqueta de cuero, camisa escocesa y jeans. Se había cortado el pelo en la tarde y su cara alargada y puntiaguda se veía aún más huesuda. Pedimos un par de roncolas y maní. El vocalista del grupo cantaba mal, pero tenía cierta actitud que justificaba el show. Luego de cuatro o cinco roncolas, pedimos cerveza y nos instalamos cerca de unas estudiantes de intercambio que no nos dieron bola. Cuando decidimos irnos yo estaba completamente borracho. Caminamos por la Alameda, sintiendo el aire fresco de la noche de invierno que se mezclaba con el olor a cigarrillo. Hacía unas horas había llovido, las veredas todavía estaban mojadas y en las esquinas se acumulaban las hojas que empujaba el viento. El auto de Raimundo estaba estacionado cerca del metro. Un Toyota color crema del año 82. Yo tenía las llaves porque él me había dicho que esa noche quería tomar hasta emborracharse; en la semana había reprobado un ramo importante y quería olvidarse del asunto. Le cargaba el derecho y siempre decía que su sueño era estudiar cine. Veía todos los días una o dos películas y podía hablar durante horas sobre cine oriental o la nueva ola francesa. Entramos en el auto. Yo había conducido borracho un montón de veces y nunca había tenido problemas. Raimundo me preguntó si tenía ganas de fumar hierba. Tengo un amigo que siempre tiene, dijo, cerca del Cajón del Maipo, y abrió la ventana del auto. Okey, dije, doblé la llave y aceleré.

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La segunda vez que la visité tampoco me hizo pasar. Esta vez le llevé pan amasado y alfajores. Tenía la esperanza de que me invitara a tomar el té, pero no hubo caso. ¿Cuántos años tienes?, preguntó la mujer. Veinte, le dije. Como Raimundo, dijo ella, si estuviese vivo. ¿Dónde vives? En La Reina, le dije, cerca de la Plaza Egaña. ¿Raimundo conoció a tus padres? Sí, los conoció. Varias veces lo invité a almorzar. ¿Y qué te decía?, preguntó ella. ¿Qué te decía sobre tus papás? Nada, respondí, nunca me hizo ningún comentario sobre ellos. Esa fue la primera y última vez que la mujer me preguntó por su hijo.

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He intentado reconstruir la noche del accidente en mi memoria cientos de veces, pero siempre siento que se me va algo. Me cuesta precisar de qué hablamos dentro del auto o qué música íbamos escuchando. A veces me da por pensar que la radio estaba apagada o que yo le confesé algo importante, algo relacionado con mis intereses o con mis temores, el tipo de cosas que uno se dice cuando se despide de alguien que ha querido mucho. Pero la verdad es que solo estábamos riéndonos de los profesores de la universidad, como casi siempre, ansiosos por conseguir marihuana y fumar un poco en algún mirador de Santiago. Enfilé rapidísimo por la Alameda y luego por Vicuña Mackenna. Una suave llovizna había comenzado a cubrir las calles. Quizá Raimundo dijo algo sobre la niña que le gustaba o quizá yo me quejé de mis padres y el sacrificio insistente que hacían para que yo saliera adelante en la universidad. Sí recuerdo con claridad que no me sentía mal. No tenía ganas de vomitar ni de parar el vehículo. Solo manejaba, alegre y despreocupado.

Me salí de la carretera en una curva, ya fuera de Santiago. Sucedió todo muy rápido. El auto patinó un par de metros y la barrera de contención no pudo impedir que volcáramos. El Toyota rodó por una especie de pendiente y se ensartó en unas ramas. Mientras el auto caía tuve la sensación de que nos habíamos salido del tiempo, como si estuviésemos dentro de una burbuja. Conchatumadre, alcancé a escuchar que dije, y de pronto el movimiento de la caída fuera del tiempo frenó en seco contra los árboles. Los vidrios no se quebraron. Me quedé paralizado, incrédulo. Raimundo, dije, susurré apenas, en realidad, aún sin mover un músculo. A lo lejos se veían pequeñas luces, quizá casas u otros autos. Raimundo, insistí, esta vez con más energía, pero solo oí el silencio de la noche.

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La tercera vez que visité a la madre de Raimundo conseguí pasar al jardín. Un jardín sin ninguna planta, pero no se me ocurre una palabra que no sea «jardín» para denominar ese espacio intermedio entre la rejita y la casa. El jardín: chatarra y cajas. Vivo desde hace años aquí, dijo la mujer. Le convidé un cigarrillo. Afuera, a un par de cuadras, había una fiesta. Quizá una kermesse de escuela pobre. La cumbia llegaba a ratos, una frase muy tonta o muy triste de una melodía que alguien cantaba en algún lugar. Con Raimundo no conversábamos mucho, dijo la mujer. Él me había contado que con su madre casi no hablaban. Quizá por eso nunca me llevó a su casa ni me la presentó. Se limitaba a decirme que era una mujer extraña que en su infancia lo había abandonado innumerables veces, dejándolo al cuidado de una tía.

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Cuando conocí a Raimundo en la universidad no me obsesionaban las historias como ahora. Las historias y la génesis de las historias, que suelen ser las mentiras.

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La mujer tenía un tic extraño: cada cierto tiempo inclinaba la cabeza y la movía torpemente, como si el cuello y su pequeña cabeza fuesen dos piezas separadas. El mentón bajaba apenas y el cuello parecía torcerse un poco hacia la izquierda; luego inclinaba la cabeza hacia el lado, en diagonal, acercando la oreja al hombro.

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Raimundo murió por un golpe en la cabeza. No hubo sangre. Un golpe seco y silencioso. Cuando me volteé tenía la cara apoyada en la guantera. Le toqué el brazo, luego la cara, lo llamé, bruscamente, sin obtener respuesta.

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Yo estuve con él, le dije a la mujer, estuve en el auto. Era la primera vez que la madre de Raimundo me hacía pasar a su casa. El living era pequeño y estaba atiborrado de adornos, plantas de plástico, ceniceros, figuritas de greda, cojines y revistas que se confundían, aquí y allá, con ropa lavada y ropa sucia, ropa que la mujer iba tendiendo en cualquier sitio. Ropa y revistas. Eso es lo que más vi aquella noche. Revistas viejas y amarillentas que la mujer apilaba al lado del sofá, encima del televisor, debajo de la mesa y frente a las cortinas. El ambiente era cálido, incluso hogareño, y todo permanecía en penumbra. La poca luz que ingresaba era la del tendido eléctrico que se colaba entre las cortinas. Toma asiento, me dijo la mujer, pero ya me había sentado. Tengo té y pan con paté, dijo, haciendo caso omiso de mis palabras, como si le importara un rábano que hubiese estado al lado de su hijo el día del accidente. Si quieres te hago un pan, dijo ella. Bueno, dije, y me acomodé en el sofá.

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Estudiaba derecho y sabía que me culparían. Cuasidelito de homicidio: estaba borracho y me había salido de la carretera, provocando una muerte. En ese momento pensé que no tenía alternativas. Yo quería ser abogado, anhelaba que mis padres sintiesen admiración por mí, y no dudé en hacer lo que hice. La llovizna ahora era lluvia y las pequeñas luces que se movían a lo lejos ahora parecían difusas manchas estáticas. Me di cuenta de que pese a la borrachera era capaz de actuar con cierta calma. Abrí la puerta y saqué medio cuerpo fuera del auto. Apoyé una rodilla en mi asiento, me incliné hacia mi amigo, lo sujeté por las axilas y tiré con todas mis fuerzas hasta arrastrarlo al asiento del piloto. Lo que más me costó trasladar fueron las piernas: tuve la sensación de que concentraban todo su peso corporal. Era como si algo dentro de mí hubiese reaccionado sin un análisis previo: simplemente apoyé los pies de Raimundo en los pedales, estiré sus brazos hasta el volante y apreté los dedos para aferrarlos al manubrio. Con un pañuelo limpié mis huellas, incluidas las de la llave del auto. Luego lo tomé de la nuca y le azoté dos veces la cabeza contra el volante. Fue un sonido espantoso. Revisé la escena. Me senté en el asiento del copiloto y lo miré de soslayo, nervioso. No pensé en lo que hacía, quizá producto del alcohol, pero sí pensé en la cárcel y en el sacrificio que mis padres habían hecho para que llegara a la universidad. Me quedé quieto, sudando frío. Luego me impulsé hacia adelante con fuerza, sin miedo, y sentí cómo mi cara se estrellaba contra el parabrisas. Las cejas me sangraron mucho y pequeños trozos de vidrio se incrustaron en mis mejillas. Quedó un hueco enorme en el vidrio y el aire frío de la noche se coló dentro. La lluvia se mezcló con mi sangre y con el vidrio y solo ahí, en ese momento, pensé en lo que había hecho y sentí verdaderamente la pérdida de mi amigo. También supe, de una forma muy clara, que la vida no me daría una segunda oportunidad. Estaba condenado.

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No sé por qué visité a la mujer. Solo quería verla. Ya había pasado más de un año desde la muerte de Raimundo y mi vida, a ojos de todos, parecía totalmente normal. Era un buen estudiante, tenía una novia que no quería y me llevaba bien con mis padres. Sin embargo, no pasaba noche en que no pensara en el accidente y en la cabeza de Raimundo sobre el volante. En el día actuaba, me mostraba encantador y responsable, pero no era más que un mentiroso. Yo había matado a mi mejor amigo y eso me pesaba, me dolía, no me dejaba seguir en paz. La primera semana después del accidente dormí pocas horas, y cuando lograba conciliar el sueño tenía terribles pesadillas. La tristeza y la culpa me estaban carcomiendo, silenciosamente, y yo sabía que no había vuelta. Quizá por eso fui donde la mujer.

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Raimundo leía mucho. No sabía expresar con claridad sus ideas sobre lo que leía, pero se la pasaba pidiéndome novelas y sacando libros de bibliotecas. Más de alguna vez leímos juntos. Él sentado en la terraza de mi departamento y yo intentando concentrarme con los pies apoyados en la baranda del balcón. Siempre pensé que es extraño leer acompañado.

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La madre de Raimundo se sentó frente a mí en una mecedora. Apenas le veía la cara. Era de noche y sus ojos nerviosos los distinguía con dificultad. Usted se acuesta tarde, le dije. Yo apenas duermo, dijo la mujer. Son las pastillas. Tengo la guata llena de pastillas.

Esa noche me quedé una hora conversando con ella. Prometí volver dentro de una semana.

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Las visitas se transformaron en una rutina. La madre de Raimundo nunca me preguntó por qué iba y yo nunca le dije cuáles eran mis intenciones. Casi siempre llegaba entre las diez y las once de la noche, la mujer me hacía pasar, nos instalábamos –ella en la mecedora y yo en el sofá– y conversábamos hasta tarde frente al televisor encendido. Ella no se perdía los programas de concursos y las noticias, sobre todo las noticias policiales y de deporte. Mañana hay tenis, decía. O, mañana hay fútbol. Una vez estuve tentado de preguntarle qué hacía durante el día, si salía de vez en cuando o si tenía alguna amiga, pero me arrepentí y no lo hice.

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Luego de estrellarme contra el parabrisas salí del auto. La sangre esparcida por toda la cara me cubrió de un extraño calor. Estaba temblando. Tomé el celular y llamé a los carabineros. Vi la lata doblada y una de las ruedas fuera de su eje. Vi la cabeza de Raimundo y me puse a llorar como un niño.

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Los brazos y la voz de la mujer. Sus brazos eran muy delgados y la piel arrugada le colgaba encima del codo. Tenía rasguños en el antebrazo, rasguños que parecían hechos por un gato, pequeñas heridas que se rascaba con insistencia. Su voz: una vocecita, más bien, un chiflido de loro que se desvanecía entre pausas que no conducían a ninguna parte, giros totalmente inesperados.

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Hace muchos años, en el Psiquiátrico, conocí a un hombre, dijo. ¿El padre de Raimundo?, pregunté. No, dijo la mujer. Otro. Otro tipo. Ah, dije, y me fijé en sus uñas. Nunca se las había mirado con detención. Las tenía muy negras y sucias. Estaba loco, el hombre ese, dijo la mujer. Loco como yo. Estábamos sentados frente al televisor, viendo las noticias. El hombre ese había cometido un crimen, dijo la mujer. Los demás enfermos le tenían miedo y los auxiliares lo respetaban. Pero cada dos o tres semanas le cambiaban el crimen. ¿Cómo así?, dije. Una semana decían que había matado. Y a la siguiente, como si nada, decían que había robado. Después a alguien se le ocurría que era un violador, continuó la mujer. Y todos nosotros creíamos, admitió, creíamos cada crimen que se le achacaba. ¿Y quién cambiaba la historia?, pregunté. Nadie, dijo ella. Todos. Todos cambiábamos la historia. Asesino, ladrón, violador. Pero no hay muchos delitos, le dije. ¿Cómo así? La cantidad de delitos es limitada, respondí. Si cambian el mote cada dos semanas, en unos seis meses se quedan sin delitos. No entiendo, dijo la mujer. ¿Qué delitos conoce?, le pregunté. Varios. He visto mucho, aseguró. ¿Más de diez delitos? Más de diez. ¿Más de veinte? ¿Más de veinte?, repitió la mujer, preguntándose a sí misma. No, dijo al cabo de un rato, no conozco más de veinte delitos. ¿Ve?, dije yo. Ella guardó silencio y se llevó la mano a la boca. Luego pasó la lengua ligeramente por el dorso de la mano. Los repetíamos, dijo. Repetíamos los delitos. Primero asesino. Después ladrón, violador, secuestrador, pedófilo, estafador, lo que sea. Alguien echaba a andar el rumor. Y nosotros repetíamos. Como loros… Después de un tiempo, dijo la mujer, cuando se acababan los delitos volvíamos a repetir la serie. Nos pisábamos la cola. Alguien, un loco, un enfermero, a lo mejor yo misma. Alguien cambiaba la historia. Ese que va ahí es ladrón. Y todos rumoreábamos y repetíamos: ese es ladrón. Y así con todos los delitos, dije yo. Sí. Los rumores hacían la historia de ese tipo, dije. Y nosotros repetíamos, concluyó la mujer.

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Me hice el propósito de llevarle revistas. Cada semana una o dos revistas nuevas. Las de ella eran muy antiguas y se las regalaba una peluquera que vendía libros usados. Revistas del corazón y de moda. Revistas que encerraban historias dispersas y fragmentarias, como suelen ser las buenas y verdaderas historias.

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Quizá la mujer estaba realmente loca. Me era difícil juzgarla. A veces repetía lo que decía. Incluso llegaba a contarme tres veces una misma noticia deportiva. Cada vez que tomábamos té le preguntaba por las pastillas. Sí, decía ella, con voz de niña, sí, me las tomé. ¿Y fue al consultorio? Acuérdese que debe ir dos veces al mes. Sí, me gustan los doctores de ese consultorio. No tratan mal a la gente. Y yo seguía pensando en que me era difícil calificar a la mujer y me costaba imaginar a Raimundo viviendo con ella, en esa pequeña casa mal iluminada y desordenada, sobre todo porque solo conocía el living y ahí no había nada que me lo recordara, salvo una pequeña foto de carné que descansaba apoyada en una planta, encima de la tierra de hoja, una foto que mostraba a un Raimundo chico y risueño con el pelo pegoteado sobre la frente.

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La madre de Raimundo me dijo una noche que quería invitarme a ver algo fuera de la casa. Un sitio al que ella iba de vez en cuando. Bueno, dije. ¿Es un lugar? Sí, dijo ella, podría decirse que sí. ¿Dónde queda? En República, contestó, cerca de
avenida España.

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La mujer se quejó de su refrigerador. Hace un ruido, dijo. Un ruido feo. Es como un motor de camión. Yo no he escuchado nunca un motor de camión, dije, y sorbí el té cargado y excesivamente dulce que me preparaba la mujer. La verdad es que yo tampoco lo he escuchado, dijo ella y sonrió, mostrando apenas los dientes, una sonrisa apagada casi en el acto, como la sonrisa de Raimundo cuando se reía de algunos de los profesores de la universidad.

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Era la primera vez que salía de la casa junto a la madre de Raimundo. Casi siempre la veía de noche y solo ahora pude distinguir lo sucio que usaba el pelo y lo arrugado que tenía el rostro. Las canas se veían amarillentas y pegoteadas en los bordes de la nuca. Llevaba un vestido distinto, un vestido rojo oscuro que le daba, pese a todo, un aire elegante. La pasé a buscar a las seis de la tarde. Era invierno y a ratos llovía. Caminamos hasta un paradero de micros, a la vuelta de su casa. Ninguno llevaba paraguas. No hace frío, dijo ella. Paramos una micro muy vieja que hacía tanto ruido como su refrigerador y nos sentamos en los asientos de la última fila. Es un lugar al que voy de vez en cuando, dijo la mujer.

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Avisar la muerte. Es algo que todos hacen. Uno muere y al rato todos se enteran. Murió Raimundo, tienen que haberle dicho a la mujer, y la cadena de avisos y llamadas no se detuvo. Quizá incluso hoy, en algún lugar, en otro país o en otro tiempo, alguien está contando la historia de un accidente, la historia de la muerte de Raimundo, y la está repitiendo a partir de una llamada telefónica. Una serie interminable que comenzó conmigo, cuando cambié de posición el cadáver y llamé a la policía. Y los demás repitieron. Como repetía la mujer, en el Psiquiátrico, los rumores que hablaban de un asesino que también era violador y secuestrador y estafador.

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En el entierro, Raimundo me había parecido una persona triste. Pero en situaciones así todo se vuelve triste. Raimundo prácticamente no tenía amigos y al funeral fueron muy pocas personas. Recuerdo que un hermano de la madre fue el que más lloró. La madre de Raimundo y yo no lloramos.

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Bajé de la micro con la madre de Raimundo. Recorrimos el Barrio Universitario. Las nubes se veían pesadas. Comenzaron a caer gotas ovaladas y gotas redondas. La madre de Raimundo se cubrió con una revista que sacó de su bolso. Era una revista de hojas grandes que desprendía un olor agrio. Los brazos delgados de la mujer, apenas cubiertos por el vestido rojo, se movían de una forma divertida bajo la lluvia, esos pequeños brazos que hacían lo posible por sostener la revista abierta encima de la cabeza. Falta poco, dijo, dando pasos cada vez más largos. Caminamos varias cuadras. Los árboles retenían la lluvia que se hacía más consistente. Yo llevaba chaqueta de cuero y zapatillas blancas. Estaba completamente mojado. El aire estaba frío y las hojas se apilaban en los rincones, en las esquinas de Santiago, como aquella noche terrible. Casi no había gente en las calles. Tampoco muchos autos. Después de media hora llegamos a una comisaría de Carabineros ubicada entre caserones antiguos y callejones. Aquí es, dijo la madre de Raimundo, y señaló una especie de estacionamiento, enorme, que se extendía frente a la comisaría. Era un espacio de tierra, tierra muy roja, que abarcaba toda la mitad de la cuadra hasta llegar a la esquina. Allí se apilaban autos chocados y destruidos. Los carabineros los traen en una grúa, dijo la mujer. Cientos de autos destruidos y apachurrados. Nadie los vigilaba. Solo estaban ahí, bajo la lluvia, como dormidos. La mujer caminó entre los autos, pisando esa tierra muy roja, y yo iba detrás de ella. Manubrios, pedales, trozos de goma, tubos de escape, chatarra apilada. Me costaba ver por la lluvia. La gotas caían verticalmente, con fuerza, revolviendo la tierra roja y golpeando la revista de la mujer. La vi andar entusiasmada entre los autos, como si fuese una muchacha. Ventanas, anillos asientos sin forro, puertas abolladas, esponja humedecida. La mujer tocó el techo de un Toyota que parecía un acordeón. Era el auto de Raimundo, pero le habían sacado el parabrisas. Es como una lata de bebida, dijo la mujer, una lata apretada. Sí, dije apenas, y me acerqué al Toyota, deteriorado y sucio, me acerqué como quien se acerca a algo sagrado. Aquí hubo gente, dijo la mujer, señalando los autos, gente como mi hijo… Hubo vida, insistió. Sí, dije, entiendo. Yo he visto la grúa que trae los autos, dijo la mujer. Me acerqué a ella y apoyé una mano abierta en el techo del Toyota. Raimundo siempre hablaba de usted, le dije. Ella me quedó mirando. No se lo esperaba. Yo tampoco lo esperaba. Pero lo dije. Las historias solo avanzan con mentiras. Raimundo la quería mucho, siempre hablaba de usted. La mujer se cubrió la cara con una mano y se puso a llorar. Tenía el cuerpo inclinado y lloraba en silencio, sin mirarme. La lluvia ya casi había roto su revista. Después de un rato, dejó caer la revista rota al suelo, entre la chatarra. En la casa hay más, dije. Sí, siempre hay revistas en la casa. Tengo frío, agregó, y esbozó una sonrisa. Yo también, dije. A veces vengo, dijo la mujer. La grúa los trae. Vamos a casa, dije. A veces vengo acá y veo el auto de Raimundo. Sí, la entiendo. En la casa hay más revistas, dijo la mujer. La ayudé a salir del erial de tierra roja. Caminamos bajo la lluvia, de vuelta al paradero. Caminamos en silencio. No dejó de llover. No la conozco, pensé. Caminamos. Había caminado con su hijo y ahora caminaba con ella.